Extractivismo en Latinoamérica: Una historia de expoliación imperialista

La naturaleza del extractivismo se nos revela como un modo de dominación inscrito en la geografía, basado en la división jerárquica de unos territorios mineros, al servicio de otros, concebidos como centros de destino y centros de realización. Por eso, el extractivismo no es solo esa economía de rapiña que se practica en las zonas coloniales y neocoloniales, sino que es la práctica económico-política, cultural y militar, que une ambas zonas; el modo de relaciones que hace posible el crecimiento insustentable de una, a costa de los subsidios ecológicos y la degradación biopolítica de la otra.

“Yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vide que algunos dellos traían un pedazuelo colgando en un agujero que tenían a la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un Rey que tenía grandes vasos dello, y tenía muy mucho… del oro se hace tesoro, y con él quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo y llega a que echa las ánimas al Paraíso”. Cristóbal Colón, Diario de Viaje

Cristóbal Colón, Diario de Viaje

La sed de oro nos habla de la fuerza motriz y el principio estructurador tanto de las nuevas subjetividades como del emergente sistema de relaciones sociales, no apenas locales, sino crecientemente desplegadas como dominantes a escala mundial. El oro como afección, como fiebre, revela la naturaleza de la energía que mueve a los sujetos ya propiamente modernos; es el dato microbiopolítico clave de lo que, con gran clarividencia histórica, Karl Polanyi llamara la Gran Transformación; esto es, un cambio fundamental en el devenir de la humanidad, en el que “la motivación de la acción de los miembros de la sociedad deja de estar ordenada a asegurar la subsistencia y pasa a ser sustituida por la motivación de la ganancia”.

Sobre ese sustrato mineral-motivacional se erigirá todo el andamiaje institucional del orden moderno (capitalista-colonial-patriarcal): la formación de los Estados territoriales y de la razón de Estado como forma de apropiación, control y gobierno de las poblaciones; la constitución del valor de cambio, como modo revolucionario de concebir la riqueza social, y la correlativa acumulación de valor, como principio, fin y sentido supremo de la vida social; en fin, la estructuración de la ciencia, como práctica oficial (esto es, estatuida por el Estado y al servicio de la razón de Estado) de concebir y organizar el conocimiento en tanto régimen de verdad consagrado a “poner el mundo bajo el imperio de la voluntad humana, al efecto de lograr todas las cosas posibles e imaginables”, como señaló Francis Bacon en su Novum Organum de 1620.

A consecuencia de aquellas representaciones de Colón, la existencia humana se transformó en una carrera aparentemente infinita por la apropiación y el control del mundo. De allí en más, adelantados, mercaderes y guerreros, aventureros inescrupulosos al servicio de los primeros agentes de la acumulación, sean éstos reyes o banqueros, protagonizarán una nueva era en la historia de la humanidad, ahora consistente en una continua guerra –también en principio infinita–, en la que ciertas minorías se disputarán –sea con las armas del Estado, del mercado y/o de la ciencia– el dominio y la disposición monopólica del orbe.

Tal es la historia del mundo moderno; sus bases. Esa historia, que se nos revela como el proceso de formación geológica del suelo epistémico, político y geográfico sobre el cual hoy estamos parados, es una historia cuyos orígenes se remontan a aquella primera mirada de Colón sobre la isla de Santo Domingo. Esa mirada, sin exageración alguna, está en los orígenes. Ahora bien, los hechos y procesos desencadenados por esa mirada experimentaron en 1545 un vuelco determinante, para la configuración histórico-política de la geografía que hoy habitan las sociedades contemporáneas. En tal sentido, el descubrimiento del Cerro Rico del Potosí (1545) constituyó la gran bisagra histórica que marca el pasaje de la minería como botín de guerra, a la minería como actividad extractiva racionalizada. Localizado a más de 4.000 metros de altura, en condiciones climáticas extremas, una población aledaña exigua, bajos niveles de aprovisionamiento superficial de agua y de recursos energéticos, la extracción de las entrañas de plata del Cerro Rico del Potosí constituyó un desafío ecológico-político de gran envergadura para la voluntad imperial. Su puesta en explotación requirió una sustancial mudanza de la lógica conquistadora aplicada hasta entonces, para desarrollar un conjunto de tecnologías sociales y ambientales mucho más vastas y complejas. La producción de las condiciones de posibilidad de la explotación del Potosí demandó la creación de grandes obras de infraestructura (viales, energéticas, de almacenamiento y transporte); innovaciones tecnológicas y de ingeniería; sistemas de aprovisionamiento masivo, regular y eficiente de enormes cantidades de fuerza de trabajo, agua y energía; grandes burocracias administrativas, de gestión, control y disposición de cuerpos y objetos; el salto cuantitativo y cualitativo de un aparato jurídico-político y militar para hacer eficaz la voluntad de gobierno sobre vastísimas extensiones geográficas y demográficas; en fin, una nueva ingeniería simbólica lo suficientemente sólida como para producir las condiciones de legitimación moral y política de semejantes actos.

El Cerro Rico del Potosí proveyó el sustento material de la maquinaria de guerra más poderosa de la época; financió el Imperio “donde nunca se ponía el sol”. La riqueza de Potosí fue decisiva para la formación del primer Estado territorial moderno y la primera potencia hegemónica mundial. Todo el impresionante aparato burocrático militar del Imperio español se nutrió de sus socavones; la moderna tecnología de gobierno sobre las poblaciones se forjó como producto emergente de los ingentes esfuerzos de la Corona por extender el control eficiente sobre la vida en las colonias, de donde provenían los medios de su poderío.

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El Estado territorial moderno nace así como un Estado minero, y correlativamente, la minería moderna nace como razón de Estado. El plomo y el hierro que permitieron la apropiación originaria de la plata se acrecentaban con cada nuevo cargamento de metales preciosos que alimentaban una maquinaria de guerra en continua expansión. La plata financiaba los ejércitos y las empresas de conquista de nuevas fuentes de tributo. Se forjaba así una extraña aleación de hierro y plomo con el oro y la plata como sólida base mineral del poder imperial moderno: el comercio y la guerra; el poder financiero y el aparato jurídico-policíaco del soberano; Estado y Capital son, hasta hoy, dos formidables estructuras de poder sólidamente asentadas en bases mineras.

La minería gestada en Potosí produjo ambos bandos de esa abismal fractura metabólica a escala planetaria; la fractura que distingue los lugares subalternos de aprovisionamiento, de los centros imperiales de apropiación y consumo diferencial del mundo. De un lado, quedó una zona de tierra arrasada e incontables víctimas anónimas, riquezas efímeras y deshumanización y carestía crónica; del otro lado, el poder y la gloria, la gesta histórica (eufemismos de genocidio y expoliación).

En su La Riqueza de las Naciones Adam Smith decía: “No encontrando en los países descubiertos, tanto entre animales como entre vegetales, cosa grande que pudiese justificar una pintura digna de tan admirable descubrimiento, dirigió Colón su mirada hacia la parte Mineral: y en la riqueza de este tercer reino del mundo se lisonjeó de haber hallado una completa compensación… Los pedacitos de oro puro con que sus habitantes adornaban sus vestiduras (…) fueron causa bastante para que se representara la isla de Santo Domingo como una tierra abundante en oro. (…) A consecuencia pues de las representaciones de Colón, determinaron los Reyes de Castilla tomar posesión de aquellos países, no dudando que sus habitantes no dificultarían en reconocerles por dueño, cuando, por otra parte, se hallaban incapaces de defenderse…”.

América padece otra vez la arremetida de las oligarquías. Acontece en la región una triste realidad de peligrosa convulsión e inestabilidad política y social, promovida desde Washington. Las fuerzas más reaccionarias del hemisferio aplican contra los gobiernos soberanos un guion de golpes de Estado, fórmulas de guerra no convencional, represión policial brutal, militarización, medidas coercitivas unilaterales, procesos judiciales amañados contra líderes progresistas, y proclaman la vigencia de la Doctrina Monroe y el Macartismo.

¿Cuál es el verdadero interés los monopolios en la región? ¿La supuesta libertad, la democracia, los derechos humanos? No. Es preservar la dominación imperialista sobre los recursos naturales.

Desde que los imperios europeos encontraron en América importantes recursos, saquearon y colonizaron nuestras tierras, la historia de los países de la región ha sido la del despojo de sus riquezas naturales, página similar a la de otras zonas geográficas del planeta. En nuestro caso, primero lo hicieron España, Francia, Portugal e Inglaterra en la etapa colonial; más tarde, Estados Unidos y las grandes transnacionales. Conquistada la independencia, continuó la dominación económica imperialista hasta nuestros días en la mayoría de las naciones del hemisferio.

“Como los primeros conquistadores españoles, que cambiaban a los indios espejos y baratijas por oro y plata, así comercia Estados Unidos con América Latina. Conservar ese torrente de riqueza, apoderarse cada vez más de los recursos de América y explotar a sus pueblos sufridos: he ahí lo que se ocultaba tras los pactos militares, las misiones castrenses y los cabildeos diplomáticos de Washington”, advertía Fidel Castro en la Segunda Declaración de La Habana, el 4 de febrero de 1962.

Los gobiernos progresistas al nacionalizar o recuperar para los pueblos gran parte de sus recursos naturales afectaron los intereses monopólicos. Estos últimos no aceptaron renunciar a la jugosa tajada de América Latina y el Caribe.

Muchos países de la región poseen una proporción importante de las reservas minerales del planeta: el 68 % de las reservas mundiales de litio (Chile, Argentina y Bolivia), el 49 % de las reservas de plata (Perú, Chile, Bolivia y México), el 44 % de las reservas de cobre (Chile, Perú y, en menor grado, México), el 33 % de las reservas de estaño (Perú, Brasil y Bolivia), el 26 % de las reservas de bauxita (Brasil, Guyana, Surinam, Venezuela y Jamaica), el 23 % de las reservas de níquel (Brasil, Colombia, Venezuela, Cuba y República Dominicana), y el 22 % de las reservas de hierro (Brasil, Venezuela y México), entre otros, recoge el informe Recursos naturales: situación y tendencias para una agenda de desarrollo regional en América Latina y el Caribe, una contribución de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal, 2014).

De ahí la relevancia estratégica de esta parte del mundo para los intereses monopólicos transnacionales. Por cierto, también la zona más cercana a sus fronteras nacionales, y por consiguiente cualquier intervención directa o indirecta, bajo cualquier pretexto, sería más barata en comparación con otra llevada a cabo en África o Asia, aunque tampoco renuncien a estas últimas. Una mirada retrospectiva a la historia regional demuestra la claridad meridiana de aquella frase de Simón Bolívar: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.

La petroagresión alude a la tendencia de los estados ricos en petróleo de ser el blanco de agresiones foráneas, con excusas de cualquier tipo. Las guerras recientes en el Oriente Medio (Afganistán, Irak, Libia y Siria) impulsadas por Estados Unidos y sus aliados tienen este carácter.

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De acuerdo con datos de la corporación venezolana Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA), la Faja Petrolífera del Orinoco Hugo Chávez Frías es el reservorio más grande del mundo. El 31 de diciembre de 2010, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) oficializó el trabajo de certificación de las reservas petroleras realizado por el Ministerio de Petróleo y Minería. De esta manera, la OPEP “reveló la verdadera situación de las reservas petroleras que existen en la Faja Petrolífera del Orinoco Hugo Chávez Frías, con la certificación de 270.976 millones de barriles (MMBlS) de crudos pesados y extrapesados (…). Con esta certificación, además de la reserva igualmente certificada de 28.977 mmbls de crudos livianos y medianos, la República Bolivariana de Venezuela totaliza 299.953 mmbls, hecho que coloca al país con la mayor reserva de crudos en el planeta”, señala la Colección Cuadernos de Soberanía Petrolera de PDVSA. De acuerdo a dicha publicación la publicación, Venezuela cuenta con el 25 % de las reservas de la OPEP y el 20 % de las que corresponden a escala mundial, posee el petróleo necesario para impulsar su desarrollo durante los próximos 300 años, a una tasa de recuperación del 20 %.

Por otra parte, en 2007 la empresa Petróleo Brasileiro s. a. (Petrobras) anunció el descubrimiento de sustanciales recursos de petróleo y gas natural en reservorios ubicados bajo una capa impermeable de sal en el litoral del país, depositados hace 150 millones de años. Los descubrimientos en el Presal de Brasil se encuentran entre los más importantes a nivel mundial en la última década. Esta zona está formada por grandes acumulaciones de aceite ligero de excelente calidad y alto valor comercial, de acuerdo con informaciones de Petrobras. Presal es actualmente una de las fuentes de petróleo y gas más importantes del planeta, alrededor del 70 % de esas reservas nacionales se encuentran en esa zona.

¿Habrá alguien que dude, a esta altura, que el golpe de Estado en Bolivia, contra Evo Morales, fue promovido por Estados Unidos, motivado por intereses económicos y políticos? La nacionalización de los hidrocarburos y de las empresas estratégicas protagonizada por Morales significó la libertad económica para Bolivia, pero también una estocada a los monopolios energéticos. Para el imperialismo fue intolerable que el pueblo boliviano recuperara las ganancias del petróleo y el gas y, especialmente, quedarse fuera del jugoso negocio del saqueo de un codiciado mineral del que la nación sudamericana tiene el 30 % de las reservas internacionales: el litio. A este recurso se le denomina como el oro blanco pues su relevante potencial electroquímico lo convierte en un material ideal para la fabricación de baterías eléctricas para el almacenamiento de energía (baterías Li-Ion), con un rol imprescindible en la fabricación de dispositivos electrónicos (celulares, tabletas, etc.) y automóviles eléctricos, entre otros usos. El acceso a este mineral resulta hoy centro de las disputas globales. Las mayores reservas mundiales se encuentran en el llamado Triángulo del Litio en la región fronteriza entre Bolivia, Chile y Argentina. Ese territorio concentra alrededor del 68 % de las reservas globales –Bolivia posee el 30 % de las reservas mundiales y la mayor reserva de litio del planeta, ubicada en el salar de Uyuni; Chile el 21 %, y Argentina el 17 % del total–, según un estudio publicado en la Revista Latinoamericana Polis.

Algunos analistas pronostican ya las futuras guerras por el litio, como en su momento ocurrió por el petróleo. Otra señal para mantenernos alertas al sur del río Bravo hasta la Patagonia, y defender la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, frente a la voracidad de Estados Unidos y las oligarquías. Solo la unidad regional impedirá una nueva guerra de rapiña y la balcanización en Nuestra América.

La naturaleza del extractivismo se nos revela como un modo de dominación inscrito en la geografía, basado en la división jerárquica de unos territorios mineros, al servicio de otros, concebidos como centros de destino y centros de realización. Por eso, el extractivismo no es solo esa economía de rapiña que se practica en las zonas coloniales y neocoloniales, sino que es la práctica económico-política, cultural y militar, que une ambas zonas; el modo de relaciones que hace posible el crecimiento insustentable de una, a costa de los subsidios ecológicos y la degradación biopolítica de la otra. En ese sentido, el extractivismo constituye una función geometabólica del capital: un efecto y una condición necesaria para la realización de la acumulación a escala global. El extractivismo, por lo tanto, es indisociable del capitalismo, así como este lo es de la organización neocolonial del mundo.

Al decir de John Bellamy Foster, la explotación de clase, el imperialismo, la guerra y la devastación ecológica no son, cada una por separado, meros accidentes de la historia, sino características intrínsecas e interrelacionadas del desarrollo capitalista.



Jorge Molina Araneda

Pressenza

Créditos a la foto de cabecera: Imagen de Jeff Anders en Unsplash

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