Contamos mariposas para entender cómo el cambio climático afecta a la biodiversidad

Durante el último milenio, la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, la temperatura y la precipitación han sufrido cambios continuos.

Las especies han tenido que evolucionar y adaptarse continuamente a un clima en constante variación. Sin embargo, la velocidad de cambio actual, debida a la actividad humana, supone un desafío sin precedentes.

La capacidad de adaptación de las especies puede ser insuficiente ante las proyecciones de cambio climático y podría suponer pérdidas abruptas de biodiversidad en este mismo siglo. Por este motivo, en las últimas décadas, los científicos han puesto el foco en el cambio climático y sus efectos en las especies.

Las mariposas, indicadores de salud ambiental

Desde que los científicos empezaron a tratar de entender cómo el cambio climático puede repercutir en la biodiversidad, las mariposas han recibido gran atención, convirtiéndose en un grupo modelo de estudio. Este hecho no es fortuito; se debe a su carácter bioindicador.

Al ser organismos ectotermos (la temperatura corporal depende del medio externo), el ciclo biológico de las mariposas se ve estrechamente ligado al clima. Además, su corta vida y las múltiples generaciones que se pueden suceder en un mismo año permiten detectar rápidamente el efecto de perturbaciones ambientales en sus poblaciones.

Red del butterfly monitoring scheme de Cataluña. / Ferran Páramo, Author provided

En los años 70 del pasado siglo se creó el primer programa de seguimiento de mariposas en el Reino Unido. En los siguientes años, estos programas se fueron extendiendo por toda Europa. En la región mediterránea comenzaron a aplicarse a mediados de los 90 con el establecimiento del proyecto de ciencia ciudadana Catalan Butterfly Monitoring Scheme (CBMS).

La iniciativa pretende conocer con precisión la evolución de las especies a partir de la repetición semanal de censos visuales realizados en itinerarios fijos desde marzo hasta septiembre. Desde 1994, una red extensa de voluntarios ha contado casi 3 millones de mariposas de 188 especies diferentes en 185 localidades de Cataluña, Andorra y Baleares.

Gracias a la gran cantidad de datos que obtenemos de estos proyectos a gran escala espacio-temporal, podemos plantearnos preguntas que de otro modo tal vez no podríamos responder: ¿cómo se ven afectadas las especies por el cambio climático? ¿Es el cambio climático una amenaza real para las especies?

Las mariposas aparecen antes

Uno de los primeros efectos detectados del cambio climático fueron los cambios en la fenología de las especies, es decir, cambios en el momento en que ocurren las diferentes fases del ciclo biológico (huevo, larva, pupa y adulto) a lo largo del año.

Contar mariposas semana tras semana nos permite conocer el momento en que aparecen las mariposas adultas cada temporada. Con estos datos, en el año 2000 se documentó en el Reino Unido cómo a lo largo de dos décadas las especies de mariposas británicas habían avanzado de 2 a 10 días su aparición.

Poco más tarde, dichos avances en la fenología de las especies se confirmaron en otras regiones como Cataluña o California. La explicación es clara: una mayor temperatura supone un desarrollo más rápido de las diferentes fases inmaduras de las mariposas (huevo, larva y crisálida) y, por tanto, una emergencia más temprana de las mariposas adultas.

Cada vez más al norte y a mayor altitud

Son numerosas también las evidencias de que muchas especies están cambiando su distribución como respuesta al cambio climático.

La movilidad que comporta ser un insecto volador permite a las mariposas desplazarse hacia el norte en busca de un clima más suave. Este patrón de desplazamiento hacia latitudes más altas fue observado ya en 1999 en las especies de mariposas europeas y posteriormente se ha observado en muchos otros grupos de especies.

Las especies también se están desplazando hacia zonas más elevadas. Por ejemplo, se ha documentado cómo 16 especies de mariposas han aumentado unos 200 metros su distribución altitudinal media en tres décadas en la sierra de Guadarrama.

Además, en un trabajo reciente documentamos cómo en islas con orografía escasa como Menorca una respuesta habitual de las especies al incremento de la temperatura podría ser la dispersión hacia barrancos con condiciones microclimáticas más suaves.

Ejemplar de blanca esbelta (‘Leptidea sinapis’). / Imagen de Pau Colom, Author provided

Las especies, en declive

Los datos que genera el CBMS cada año nos permiten conocer con precisión la evolución de las poblaciones de mariposas mediterráneas.

Los datos continentales (Cataluña y Andorra) evidenciaron que, en 20 años, el 70 % de las especies había sufrido tendencias regresivas. Las especies especialistas –aquellas con una menor movilidad y menos capacidad para colonizar hábitats diversos– son las más afectadas.

Sin embargo, en islas (como Menorca) donde encontramos una mayor proporción de especies generalistas –mayor movilidad y capacidad de ocupar ambientes distintos–, las tendencias poblacionales de las mariposas también son alarmantes. ¿Pero a qué se debe este declive? ¿Es esto consecuencia del cambio climático?

Cuatro ejemplos de especies de mariposas en regresión. / Imagen de Pau Colom

El cambio climático no es el único culpable

En la región mediterránea, la disponibilidad de agua es un factor limitante para las especies. El incremento de la temperatura, conjuntamente con una menor precipitación, parece estar relacionado con las tendencias negativas de las mariposas, especialmente en los ambientes más áridos.

Sin embargo, otros motores de cambio están probablemente añadiendo un efecto sinérgico al del cambio climático. Por ejemplo, los cambios en los usos del suelo tienen un efecto claro en muchas especies de mariposas.

El abandono de la agricultura y la ganadería extensiva tradicional de las últimas décadas ha supuesto un proceso de transformación de muchos ecosistemas. Hábitats abiertos con gran diversidad de flores y habitados por una gran diversidad de mariposas y otros polinizadores se han ido transformado en matorrales y hábitats forestales más pobres en recursos disponibles para estos insectos.

Asimismo, muchos ambientes agrícolas se han convertido en hábitats hostiles debido a la intensificación que ha transformado la agricultura (uso de pesticidas, extensión de monocultivos, utilización de maquinaria pesada, desaparición de márgenes entre campos, etc.) y fragmentado los hábitats en los últimos 50 años.

Todas estas amenazas de origen humano, además del cambio climático, suponen un desafío para la conservación de la biodiversidad.

En el futuro deberemos indagar en las causas del declive de las especies a partir de análisis multifactoriales que engloben el conjunto de los factores mencionados. Solo así podremos determinar causas, evaluar efectos y realizar proyecciones fiables en torno a la relación entre cambio global y biodiversidad. En última instancia, ello facilitará a los gestores la optimización de los esfuerzos destinados a la mitigación de los efectos del cambio global.

Pau Colom
Investigador Predoctoral en Laboratorio de Ecología Terrestre, Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA – CSIC – UIB)

Constantí Stefanescu Bonet
Investigador asociado en ecología de insectos, CREAF – Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Créditos a la foto de cabecera: Náyade (‘Celastrina argiolus’). / Imagen de Pau Colom, proporcionada por el autor

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