Europa en emergencia y con toque de queda

En la mayoría de los países de Europa occidental la segunda ola es ya mucho peor que la primera a nivel de efectos directos. Un ejemplo muy de terreno: si entre marzo y agosto el Cantón de Berna -uno de los principales de toda Suiza- había registrado un total de 99 decesos, desde agosto a la actualidad cuadriplicó esa cifra en una espiral casi indetenible.

Todas las precauciones a media tinta fracasaron. A partir de mediados de diciembre Europa comenzó a dar pasos hacia atrás similares al del primer confinamiento decretado en el primer trimestre del 2020. La tensión entre salud y economía se manifiesta hoy con más virulencia que durante la primera oleada. Y la explosión de la nueva cepa complica aún más la situación de un continente sobresaltado y cansado.

Alemania amaneció confinada el miércoles 16 de diciembre. Luego de una negociación nada simple de la canciller Angela Merkel con los 16 Estados regionales (Länder) el país vivirá como las marmotas hasta el 10 de enero.

Todos los comercios permanecen cerrados a excepción de los de alimentos, farmacias, droguerías. Las vacaciones escolares de fin de año se anticiparon y se prolongarán una semana adicional. De nuevo, quedarse en casa, repica como principal consigna estatal en medio de un aumento explosivo de infectados y muertos. Los más de 32 mil casos el 18 de diciembre ponía los pelos de punta en el país del continente que mejor había saldado la primera ola.

La “pandemia esta fuera de control”, reconoció públicamente al inicio de la semana pasada Markus Söder, dirigente de Baviera. Y por eso las fiestas serán atípicamente celebradas. Del 24 al 26 de diciembre se autorizan los encuentros de máximo cinco adultos de dos grupos habitacionales diferentes. Privilegiándolos entre familiares próximos pero que hayan reducido sus contactos sociales al menos siete días previos. Es decir, el Estado recomienda una auto- cuarentena preventiva de al menos una semana para asegurar ese modelo de Navidad íntima y con mascarillas.

Los hospitales, en particular los servicios de cuidados extensivos -como en muchos de los países europeos- están ya al límite de sus capacidades. Y para contrarrestar el parate económico en puerta, el ministro alemán de Finanzas prometió desbloquear mensualmente 11 mil millones de euros (casi 13,4 mil millones de dólares estadounidenses). Objetivo:  sostener a los sectores golpeados por las medidas, mientras se mantenga este nuevo confinamiento. El home office o teletrabajo es altamente recomendado, exceptuándose del mismo, únicamente, aquellos actores productivos y de servicios que no pueden ser reemplazados en sus actividades laborales presenciales.

La banalización de la tragedia

En la mayoría de los países de Europa occidental la segunda ola es ya mucho peor que la primera a nivel de efectos directos. Un ejemplo muy de terreno: si entre marzo y agosto el Cantón de Berna – uno de los principales de toda Suiza- había registrado un total de 99 decesos, desde agosto a la actualidad cuadriplicó esa cifra en una espiral casi indetenible. A pesar de las restricciones parciales impuestas por las autoridades cantonales hace tres semanas, como el cierre temprano de bares y restaurantes.

Berna registra al 20 de diciembre factor R -el que mide el potencial de reproducción- de 1.11. Es decir, cada infectado podría contagiar a más de una persona. Lo que casi coincide con la media nacional helvética en igual fecha (1.06). Mucho más alta que un mes atrás que era de 0.74, a nivel nacional, el 8 de noviembre.

Con tasas de ocupación en los cuidados agudos e intensivos hospitalarios de más del 80%, las autoridades sanitarias del país vienen pegando gritos en el cielo desde hace días. Muchos de los cuales parecen ser apenas susurros en oídos sordos. En particular, los de los sectores concentrados de la economía, las fuerzas políticas de extrema derecha, algunos movimientos antivacunas, y un sector minoritario, pero para nada despreciable, de la sociedad, que exige “normalización ya”.

A diferencia de la primera ola de marzo, abril y mayo de este año, en la actualidad, el discurso de la economía prevalece al de la salud, ante una cierta desesperación del mundo científico-intelectual, que alta su voz pero no siempre es suficientemente tenido en cuenta en los ritmos y la contundencia de las medidas a tomar.

En los últimos días, hecho inaudito en la historia reciente de la Confederación, los directores de los cinco más prestigiosos hospitales universitarios del país, así como los expertos de la Task Force que asesora al gobierno, lanzaron mensajes dramáticos en relación a la sobrecarga hospitalaria. Anticipando que el sistema sanitario suizo -uno de los más desarrollados del continente-, no podría sobrevivir a una nueva duplicación de casos. Buena parte de las operaciones “normales” se postergan desde semanas a causa de la prioridad COVID-19.

Otros elementos “subjetivos” condicionan la percepción de esta segunda ola prácticamente en toda Europa. La sociedad parece hoy haber banalizado el sufrimiento y la muerte pandémica a pesar que los casos ya se viven prácticamente en cada grupo familiar.

El personal sanitario, reconocido por su labor en la primera ola con los aplausos ciudadanos cotidianos, hoy pasa casi desapercibido para la sociedad. En tanto los Estados no han implementado una coherente política de reconocimiento salarial y social ni a ellos ni a la-os trabajadora-es de servicios, transporte público, logística, de la venta etc.

Los hospitales, aunque mejor equipados y con mayor experiencia ante esta enfermedad, padecen las consecuencias del desgaste físico-psicológico acumulado del personal y los efectos de los propios contagios resultado de estar en la primera línea de fuego. Un reciente informe de la Organización Mundial de la Salud constata que si el personal de salud constituye solo el 3% de la población mundial representa el 14% de los casos de infecciones.

Adicionalmente, importantes sectores de la sociedad pagan el precio del cansancio de un año tan complejo como irregular, tan inaudito como inimaginable, tan desafiante como exigente. Donde pandemia y la crisis económico-social van de la mano y condicionan todo el universo cotidiano. Una serie de reportajes de la TV pública suizo-francesa sobre el impacto de la situación en los sectores juveniles, denominó ya a los nacidos en el 2000 como “generación COVID”. Portadora de una cantidad de vivencias particulares en general complejas a nivel de estudio, trabajo, vida social, de comportamientos y de relacionamientos sexual y social. Marcada por la imposibilidad de desplazarse, ni siquiera en Europa misma, lo que ya representa una “necesidad básica” para un amplio sector de la juventud en estas latitudes.

Emergencia continental

Con distintas modalidades el toque de queda se han convertido en regla corriente en la mayor parte de Europa Occidental.

Francia, que flexibilizó a mediados de diciembre circulación interna entre regiones, impuso sin embargo el toque de queda a partir de las 20 horas hasta las 6 del día siguiente. Medida de restricción también establecida en la mayor parte de Suiza a partir de las 19 horas (hora máxima de cierre de bares, restaurantes y todo tipo de negocios) aunque es permitida la circulación en las calles sin límite horario.

Bélgica incorporó también el toque de queda entre 22 y 6 horas. Se autoriza durante las fiestas que cada habitante pueda ver a 1 persona exterior de su grupo familiar. Para la gente que vive sola, el número es de dos.  En los Países Bajos el confinamiento estricto decretado el 15 de diciembre durará cinco semanas. En tanto la tan particular Suecia -en cuanto a su concepción para confrontar la pandemia- desde hace dos semanas mantiene cerrado los liceos y limita los encuentros en épocas de las fiestas a 8 personas.

Noruega, con una de las tasas de contagios menos elevadas del continente, prolongó las medidas de confinamiento hasta mediados de enero. Casi en paralelo, Dinamarca, que había establecido fórmulas de control para la capital Copenhague, Aarhus y Odense el pasado 7 de diciembre, decidió ampliarlas a 31 municipios. Implica cierre de bares y restaurantes, colegios, centros deportivos y culturales.

Italia, que continúa teniendo el récord continental de muertos -69.214 desde el inicio de la pandemia al 21 de diciembre- dividió el país en zonas verde, naranja y roja. La mínima, implica restricción horaria para restaurantes y bares, así como cierre de museos, salas de espectáculos y deportivas. En zona roja, todo está cerrado, a excepción de los comercios de primera necesidad.

El toque de queda existe también en España, con diferencias de horario según las regiones. Varía, el inicio del mismo, de entre las 18 y las 22 horas. Los festejos del 24-25 y 31 de diciembre se podrán realizar con un máximo de 10 personas. Diez regiones continúan a aplicar restricciones significativas de circulación a la entrada y salida de sus territorios.

“Miles de muertos en silencio”, titulaba la edición del 15 de diciembre del cotidiano suizo Le Courrier presentando la situación helvética, pero que describe la cotidianeidad de un continente sumergido en una inmensa segunda ola pandémica. Y que ya comienza a calcular el potencial efecto de lo que podría ser la tercera, luego de las fiestas, si no se imponen medidas más rígidas en estos días.

El continente, que se relajó en el verano, subestimó el hecho que el virus no toma vacaciones. Pensó haber recuperado la “normalidad” y bajó la guardia en el trazado y en el autocontrol individual y colectivo.

Todo apunta a el peor invierno europeo desde después del fin de la Segunda Guerra mundial. Diciembre, enero y febrero serán meses tan largos como riesgosos. Y lleno de interrogantes, como por ejemplo en relación al potencial impacto de la nueva cepa más contagiosa aún que golpea principalmente a Gran Bretaña. De la cual se sabe poco y se especula mucho.

En este invierno el único horizonte medianamente optimista podría ser el dibujado por la vacuna, a punto de comenzarse generalizar en todo el continente.

Sin embargo, la vacuna no será a corto plazo la panacea para salir del empantanamiento sanitario continental actual. Se exigen dos dosis, con un mes de intermedio, para que comience a surtir efecto. Y el proceso de vacunación impone tiempos objetivos y tiempos subjetivos -procesos de convencimiento y aceptación – para que una parte importante de los 500 millones de europeos lleguen a inmunizarse.

La crisis pandémica, lejos de estar resuelta, transita en Europa el peor pico de la segunda ola. En medio de múltiples debates que develan las contradicciones más de fondo de su sociedad. Una principal, el de la primacía rectora de la salud o la prioridad de los intereses económicos.

Otra, no menos esencial, los plazos recortados de una vacuna cuyo impacto y efectos secundarios no pudieron ser analizados suficientemente. Hecho que confronta a la población, al mismo tiempo, al doble rol de “beneficiaria” y de “caballito de india”.

Y la tercera contradicción, tal vez la más vital, la que surge del nuevo mapa de prioridades que una sociedad dibuja en épocas de crisis. Y que se extiende a nivel mundial, con países enriquecidos que acaparan las dosis y naciones empobrecidas que podrían esperar meses, sino años, para recibirlas. Y por el momento todo indica que el equipo del egoísta sálvese quien pueda – en este caso referido a la Europa auto centrada y con recursos- parece ganarle por goleada al equipo del planeta solidario, justo, y viable para todos.



Sergio Ferrari

APU

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