Manual de instrucciones para identificar los bulos de la covid-19

Es el signo de los nuevos tiempos. Vivimos sometidos a un continuo bombardeo de información sobre la pandemia de covid-19. Los bulos sobre salud se han incrementado desde 2019. Estos contenidos falsos no son una novedad, como tampoco lo es la búsqueda de información sobre salud en Internet, ya que constituye una práctica habitual –lo que se conoce como el fenómeno “Dr. Google”–, pero es evidente que el inédito impacto sanitario, social, económico y político de esta pandemia ha multiplicado la desinformación.

El flujo permanente de noticias actualizadas sobre los casos, las vacunas, los efectos o los síntomas provoca que, como ciudadanos, estemos llegando a un punto de exposición y saturación informativa en el que ya no sabemos cómo diferenciar las historias verdaderas de los bulos.

Así, aparte de los medios tradicionales, internet representa la segunda vía de acceso a informaciones de contenido pseudocientífico, inexacto o engañoso. En el caso concreto de España, dos de cada tres ciudadanos buscan información sobre salud a través de la red, lo cual ha llevado a hablar de la fake-science, ante la necesidad de curación de contenidos científicos, observada ya antes del estallido del coronavirus.

El tiempo de la infodemia

Es precisamente en este marco en el que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha utilizado la palabra “infodemia”, término acuñado previamente por David Rothkopf, que hace referencia a la “sobreabundancia de información, cierta, una precisa y otra no, que dificulta que las personas encuentren fuentes y orientación confiables cuando la necesiten”.

Dada la magnitud de la crisis sanitaria, social y económica, y debido a la tecnología de que disponemos para conectarnos e informarnos, es fácil acceder a contenidos falsos o rumores, que surgen cuando existen noticias ambiguas.

Para evitar esta confusión, los organismos internacionales, los gobiernos y los propios medios de comunicación deben aportar datos verídicos y confiables en aras de la transparencia, para lo cual deben multiplicar los canales oficiales para emitir la información y, al mismo tiempo, rastrear las noticias falsas para poder desmentirlas y aportar claridad, haciendo un llamamiento a la ética de quienes lanzan y distribuyen rumores y falsedades.

Las consecuencias de esta infodemia pueden llegar a ser muy graves, ya que pueden desembocar en un peligro aun mayor sobre la salud pública (caso de la ingesta de determinadas sustancias para combatir el virus), puede promover la radicalización de la sociedad (mediante la exclusión de enfermos, infectados, sanitarios, etc.) y, por supuesto, derivar en una crisis de confianza en los medios de comunicación y en las instituciones públicas.

Los filtros son necesarios

Esto no quiere decir que se deban establecer límites sobre la libertad de prensa y la libertad de información, pero sí debemos ser conscientes de nuestra vulnerabilidad ante esta situación de emergencia y de la necesidad de la existencia de filtros de veracidad que luchen contra la desinformación. Con ese espíritu ha nacido la International Fact-Checking Network (IFCN), cuyo objetivo es la promoción de la veracidad y transparencia en la información y contenidos de internet.

También en esa línea se han producido avances gracias a la prohibición de publicidad de falsas curas para combatir el virus por parte de empresas como Youtube, Facebook, Google o Twitter. Incluso han surgido organizaciones sin ánimo de lucro, caso de Maldita.es , que se dedican a desmontar bulos y falsedades.

Todas estas acciones parecen correctas, pero no suficientes. ¿Qué más podemos hacer?

Parece evidente que los emisores de información, los gobiernos y organizaciones supranacionales deben seguir aportando información veraz y ser transparentes con los datos; deben también rastrear y aislar las noticias falsas y/o ambiguas.

Por su parte, los principales transmisores de esa información –los medios de comunicación– deben acudir a fuentes fidedignas y verificar los datos que les ofrezcan.

Y los usuarios o receptores, ¿cómo podemos actuar?

En primer lugar, debemos ser conscientes de que recibimos mucha información ambigua. Nos quedamos en los titulares y no continuamos la lectura para verificar la fiabilidad de los datos y de las fuentes que los aportan.

Pero, ¿qué aspectos pueden llevarnos a sospechar de la noticia? Podemos desconfiar en los siguientes casos:

  • Si no se citan fuentes o si desconocemos a los autores de la misma (por ejemplo, con una cadena de whatsApps);
  • Las noticias falsas suelen tener titulares sorprendentes y exagerados para llamar nuestra atención;
  • Muchas veces están redactadas de forma poco coherente;
  • Incluyen apoyo audiovisual sin autoría conocida;
  • Cuentan con un formato de procedencia extraño, por ejemplo, utilizando URLs parecidas a las de medios de comunicación consolidados y fiables pero les cambian una letra.

En segundo lugar, es necesario verificar la fiabilidad del autor de la noticia y de los transmisores de la misma. En la medida de lo posible, debemos confirmar la información en los perfiles y páginas oficiales que se citan.

Y tercero, debemos evitar compartir automáticamente las informaciones. Si no verificamos los datos y compartimos en “modo automático” contribuimos a la expansión de la mentira y la duda.

Autores como Nielsen y Graves señalan una serie de contenidos que las audiencias relacionan con las fake news, que van desde el periodismo superficial, sensacionalista y poco preciso, pasando por la propaganda, las mentiras políticas y el contenido hiperpartidista, así como distintas formas de publicidad, como la esponsorización de contenidos, hasta llegar a las noticias falsas propiamente dichas.

Por su parte, Claire Wardle estableció una especie de cinta métrica de gradualidad, de menor a mayor, desde la información errónea involuntaria o fruto del ejercicio de un periodismo deficiente, pasando por la parodia, la provocación, el partidismo y provecho, la búsqueda de poder o influencia política, hasta llegar a la propaganda.

El fenómeno del clickbait

En la misma línea, Melissa Zimdars elaboró otra escala y orden, desde la simple búsqueda de visitas e incremento de tráfico de noticias a través de la exageración de titulares llamativos (clickbait), pasando por los rumores, noticias basura, sátira, noticias políticas falsas, teorías de la conspiración, discurso del odio y propaganda estatal.

Algunas de las normas comúnmente aceptadas para guiar a periodistas y usuarios, a fin de evitar la proliferación de noticias falsas, emplean el acrónimo FACTS, en alusión, en sus iniciales inglesas, a:

  1. Filtrar / Filter: Distinguir entre afirmaciones basadas en opiniones y hechos contrastados;
  2. Prevención / Avoidance: Evitar seguir a grupos o enlaces a páginas web que puedan afectar a la reputación personal del periodista;
  3. Consecuencias y contexto / Consequence and Context: Considerar las consecuencias de los contenidos que difundimos, antes de que éstos permanezcan en nuestras redes, teniendo en cuenta también que el contenido sin contexto es un pretexto.
  4. Comprobación / Test: Mostrar evidencias y evitar suposiciones sin fundamento.
  5. Fuente / Source: Evitar el recurso o empleo de fuentes conflictivas o ya cuestionadas previamente.

En cualquier caso, lo cierto es que toda operación urgente de verificación digital de noticias pasa por las 6W´s o, lo que es lo mismo, atender a las preguntas clásicas del periodismo:

  • Quién (lo cuenta y firma)
  • Qué (profundizar en el contenido de lo que dice)
  • Cuándo (fecha y zona horaria, si es una publicación antigua)
  • Dónde (referencias y contexto del lugar)
  • Cómo (es una información u opinión, una difusión masiva y repentina, de cuentas recién abiertas o con escasa actividad previa)
  • Por qué (si hay motivos ocultos tras la difusión de esa información o es una crítica contra alguna persona, colectivo o institución).

No hay duda de que la manipulación en la difusión de información o la utilización de datos y argumentos tendenciosos, incluyendo la desinformación, la propagación de mentiras, medias verdades y noticias falsas, no es nueva y dispone de numerosas referencias y antecedentes a lo largo de la historia del periodismo .

Nada nuevo bajo el sol, por lo tanto, aunque también es cierto que este calienta –y hasta abrasa– cada vez más y con mayor presión.

Ana Belén Fernández Souto
Profesora de Comunicación, Universidade de Vigo
José Rúas Araújo
Profesor de comunicación electoral e institucional de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación de la Universidad de Vigo, Universidade de Vigo

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Créditos a la foto de cabecera: Imagen de Markus Spiske en Unsplash

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