Los extremos no se tocan

Existe una moda en los tiempos que corren de mantenerse en la equidistancia absoluta y renegar de toda etiqueta ideológica, muy a pesar de que, todo el mundo, guste o no, tiene ideología, incluso el que asegure no tenerla.

El típico “yo no soy ni de izquierdas ni de derechas” que, por algún motivo, parece sinónimo de expresar libertad o renegar de ataduras.

Pero hay quien llega a afirmar que “los extremos se tocan”. Que dos ideas, completamente diferentes, solo por encontrarse en las antípodas dentro de su propio campo semántico, son lo mismo, o bien tienen mucho en común.

Lo peligroso no es que quien no esté versado en la política o en la Historia diga esto. Eso sería lo normal. Lo peligroso es cuando formaciones políticas con amplio apoyo popular son capaces de, por ejemplo, decir que el comunismo y el nazismo son lo mismo, como sucede en el caso del Partido Popular (PP) y Vox en España, o incluso desde determinados grupos parlamentarios europeos.

Incluso llegan a ir más allá y decir que “la extrema izquierda y la extrema derecha se tocan”, o que “son lo mismo” o ya, directamente, que “todos los extremos son malos”, una versión edulcorada del “todos los -ismos son malos”.

¿Por qué rechazamos las ideologías?

Se entiende perfectamente que en una sociedad individualista como en la que vivimos y donde la política sufre un desprestigio constante, más aún en un momento donde el debate está terriblemente crispado y polarizado, exista un rechazo a identificarse con ideologías concretas, o no saber muy bien dónde ubicarse.

A esto se le añade que las ideologías políticas son bastante complejas y los referentes que hay, a menudo partidos políticos u organizaciones con intereses propios, no siempre son coherentes con estas ideas. Un claro ejemplo es el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), históricamente identificado con la izquierda, que ha protagonizado grandes políticas de recortes en servicios públicos y privatizaciones. Claro, si eso es la izquierda, pues yo no soy de izquierdas.

Hasta hoy en día asistimos como, a un gobierno que es tildado de nada más y nada menos que “socialcomunista”, o “socialcomunistarra”, como dice el líder del partido ultra por excelencia, aprueba medidas que, sí, pueden tildarse de izquierdistas, pero bastante tibias, con numerosas correcciones y “peros”, como el gran fracaso del Ingreso Mínimo Vital. Por no hablar de cómo se aprovechan los partidos para consolidar el poder e influencia de ciertas personas.

Entiendo que se expresen afirmaciones como las anteriores expuestas porque a casi nadie le gusta que le cuelguen una etiqueta ni le gusta sentirse atado a un grupo o a una idea. De hecho, prácticamente nadie (por no decir nadie) comparte una idea en su conjunto.

Lo más probable es tener una tendencia pero conformar un conglomerado heterogéneo de ideas. Así que vaya por delante que no pretendo juzgar a nadie, sino incitar a la reflexión sobre lo que decimos y sobre por qué lo decimos.

Iré un poco más lejos: el propio Movimiento 15-M, del que me declaro absolutamente participe y promotor en su momento allá por el año 2011, creó varias consignas, entre ellas, “PSOE, PP, la misma mierda es”, “Generación NiNi: Ni PP ni PSOE” o “No somos ni de izquierdas ni de derechas: somos los de abajo y vamos a por los de arriba”. Consignas que más tarde fueron apropiadas por Podemos en 2014, como el famoso “Sí se puede” de la plataforma Stop Desahucios, hoy Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH).

Aunque en aquel momento estas consignas tenían una intención performativa, pues la crítica conjunta al bipartidismo y el rechazo al espectro ideológico era un intento por aunar fuerzas contra una serie de injusticias manifiestas, probablemente contribuimos sin querer al desprestigio ideológico del que ahora se ha apropiado la extrema derecha para ganar apoyo popular.

La cuestión es que es entendible, aunque mi opinión sea que tener ideología y luchar por ellas es uno de los aspectos más admirables y maravillosos de la Humanidad, siempre y cuando no se utilicen de manera impositiva y se actúe desde el respeto.

¿Qué significa que una ideología sea extrema?

Cuando alguien me dice que “todos los extremos son malos”, lo primero que me viene a la cabeza es lo radical era el concepto de democracia o de asistencia social en el siglo XI.

Plantear en pleno feudalismo algo como votar al gobierno de tu país, que hubiera una pensión para cuando dejaras de trabajar, que todo el mundo debería tener derecho a una educación gratuita o que las medicinas fueran accesibles, era mucho más que una utopía: era pura fantasía. Por mucho menos juzgaron a Galileo Galilei y eso que fue mucho después, en el siglo XVII.

Miembros del Ku Kux Klan con sus vestimentas típicas delante de una bandera de la Confederación de Estados Unidos. / Imagen de Martin Flickr. (CC BY-ND 2.0.).

La reflexión que podemos sacar de esto es que lo que se considera “extremo” lo es siempre con respecto a algo. Si todo el mundo asumiera posturas extremistas (ideológicamente hablando) durante décadas, el espectro político se vería necesariamente modificado.

Por lo tanto, calificar como “malo” o “bueno” una idea solo por su posición con respecto a otras es falaz. Una idea es positiva o negativa en base a sus propias características, no en base a su distancia de todas las demás.

Y voy a añadir un pequeño matiz: el radicalismo (que viene de la palabra “raíz”), tiene muchas implicaciones, aunque demasiadas connotaciones negativas. Sin embargo, cuando hablo de extremismo ideológico no me refiero a asumir una actitud tajante, orgullosa, impositiva, directiva e intransigente con una determinada forma de pensar.

Tener ideas radicales o extremistas no te empuja a coger un cóctel molotov o a negarte a llegar a acuerdos o a consensos con otras personas. La incapacidad para el diálogo tiene que ver con las personas y no necesariamente con las ideas.

Aclarado estos puntos, tanto la extrema derecha como la extrema izquierda son espectros muy amplios, con un buen número de corrientes entre ellas. Por poner algunos ejemplos, dentro de la extrema izquierda tenemos el anarquismo, el socialismo y el comunismo.

Y, dentro del anarquismo, el anarcosindicalismo, el ecoanarquismo, el anarcofeminismo, el anarquismo mutualista, el municipalismo libertario… mientras que, dentro del comunismo, tenemos el comunismo marxista-leninista, el comunismo maoísta, el comunismo trotskista, el comunismo de izquierdas o eurocomunismo… que a su vez se dividen en función del revisionismo o no… o también hay mezclas de ideas, como el anarcocomunismo o el comunismo libertario.

Esto lo podríamos aplicar a casi cualquier parte del espectro. ¿Te parece una tontería? Para cada uno de estos planteamientos existen raíces históricas y organizaciones que han luchado porque se hicieran realidad, a veces con rivalidad hacia el resto, llegando al extremo del comunismo bolchevique, más aún cuando llegó Josef Stalin al poder de la extinta Unión Soviética.

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Dentro de la extrema derecha pasa exactamente lo mismo: no es lo mismo el fascismo que la alt-right o nueva derecha radical, igual que dentro de las corrientes fascistas y neofascistas tenemos el nazismo, el nacionalsindicalismo, el nacionalcatolicismo, el nacionalpopulismo, el anarcocapitalismo… hasta existe el ecofascismo.

Por supuesto, lo fácil es decir “de aquí para allá, todo comunismo” y “de aquí para allá, todo fachas”. Luego vemos a nacionalsindicalistas (falangistas) y nacionalcatólicos (franquistas) discutir y pelearse en medio de un homenaje al dictador Francisco Franco por el aniversario de su muerte. O vemos a los anarcocomunistas enfrentarse a los comunistas en medio de la Guerra Civil Española.

Porque, aunque los en un caso ambos sean de ultraderecha y en el otro caso ambos sean de ultraizquierda… no son lo mismo, ni defienden lo mismo, ni desde los mismos planteamientos.

¿El nazismo y el comunismo son lo mismo?¿Los extremos se tocan?

Un porcentaje muy importante de la gente identifica el comunismo con horribles dictaduras totalitarias, falta de libertades, pobreza, persecuciones y muerte, entre otras muchas lindezas. Comunismo es Corea del Norte, la URSS, Cuba y Venezuela. Y poco más. Bueno, ya que estamos, Podemos, Bildu, ERC, PSOE… ah, no, espera, ERC son “nazionalistas”. Entonces son también nazis. Porque nazismo y comunismo es lo mismo. Son comunistas nazis fascistas bolivarianos…

Bueno, al margen de esta pequeña y humorística comparación, no, me temo que extrema izquierda y extrema derecha no se tocan, ni tampoco el nazismo y el comunismo son lo mismo.

Para empezar, dentro de la extrema izquierda se encuentra el anarquismo, una ideología que propugna una sociedad igualitaria y autogestionada donde no existe el Estado, ni hay un gobierno, ni leyes como tal. Por lo tanto, en una sociedad anarquista no existe posibilidad de coerción ni se legitima a nadie para ejercer el poder o la autoridad sobre nadie.

El anarquismo, pues, es la antítesis de la extrema derecha, que en todas sus corrientes, incluyendo el fascismo y el nazismo, apuestan por una jerarquización vertical a través de un Estado fuerte, clasista y corporativista.

“Bueno, pero el anarquismo avala el uso de la violencia, igual que la ultraderecha”. No exactamente. Aunque es evidente que no es lo mismo usar la violencia para conseguir la libertad que usar la violencia para quitarla, Mijaíl Bakunin, ideólogo del anarquismo, hablaba de conseguir una sociedad sin estado mediante “acciones espontáneas surgidas de la iniciativa personal”, en referencia al rechazo de la creación de partidos políticos, como proponía Karl Marx, ideólogo del comunismo.

Es más, Bakunin proponía que los movimientos sociales activistas no debían tener ni siglas, ni cabezas visibles, sino mandos colectivos y compartidos. Por estas cuestiones y por rechazar participar en la organización de la revolución rusa (ya que tenía que usar la violencia para ello) llegando a ser acusado por Marx de “conspirador”, abandonó la Primera Internacional de los Trabajadores (AIT).

Por lo tanto, que grupos anarquistas recurrieran a la violencia tiene más que ver con circunstancias concretas y con las personas, no con los ideales del movimiento o de las ideas.

Ya tenemos pues un ejemplo de que los extremos no se tocan.

Pero vamos a centrarnos en el nazismo y en el comunismo.

Las tesis del nazismo (y en general prácticamente todos los principios del fascismo) se basan en la creación de un sistema político y económico en el cual, un Estado corporativista, estructura todos los ámbitos de la sociedad en base a una jerarquía totalmente vertical, divida en grupos sociales donde cada uno tiene su rol del cual no puede escapar.

Esta estructura y estos roles, que Franco llegó a comparar con el funcionamiento de un cuerpo humano (y por eso lo llamó “democracia orgánica”), tienden a estar basados en un “orden natural” justificado por criterios raciales, étnicos, culturales y/o religiosos. Desafiar ese orden natural, tratar de romperlo o no encajar en él por cuestiones personales (como la orientación sexual o el color de la piel) implica o bien ser utilizado como herramienta, o bien ser marginado o excluido, o bien eliminado.

Para perseguir este orden social, el Estado controla hasta el último rincón de la vida personal de la gente, eliminando todos los derechos humanos y libertades para servir al Estado, a la “nación”, personificada en sus símbolos y su gran culto al líder, quien dirige el Estado con mano de hierro.

Así, el nazismo se caracteriza por el ultraconservadurismo, la homofobia, la xenofobia, el racismo, el imperialismo y el ultranacionalismo, además de por el antisemitismo. No se puede entender ni el fascismo ni el nazismo sin todas estas acepciones, tal y como se desprende de los escritos de Adolf Hitler y de Benito Mussolini, los principales ideólogos de estas aberraciones.

Sin embargo, el comunismo, como punto de partida, rechaza todos los adjetivos anteriores.

El objetivo del comunismo no es otro que el de poner fin a la desigualdad que genera el sistema capitalista a partir de los propiedad de los medios de producción (fábricas, etc.). Busca crear una sociedad plenamente igualitaria, con justicia social y económica, basada en la planificación económica y el rechazo a las desigualdades justificadas no solo por el sistema capitalista, sino también por el conservadurismo, la religión, etc.

Es decir, el comunismo rechaza ese orden natural que implica en el fascismo la justificación de la xenofobia, el racismo o la homofobia, centrándose en los aspectos materiales.

Para alcanzar eso y para establecerlo, se han desarrollado diferentes métodos y doctrinas, algunas que han resultado en regímenes autoritarios (algunos que se han alejado de hecho de las tesis comunistas) y otros que incluso buscan el encaje en el parlamentarismo liberal de tipo europeo.

Amén de varios mitos sobre el comunismo que son falsos, como que todo el mundo tiene que cobrar lo mismo, que está mal o está prohibido ser rico o que te quitan todas tus propiedadesel hecho de que algunos países hayan tenido derivas autoritarias e incluso dictatoriales no hace que el fascismo y el comunismo sean lo mismo: el fascismo no se entiende sin totalitarismo, mientras que el comunismo por supuesto que sí.

Tampoco los objetivos ni las políticas son las mismas. Por ejemplo, se suele aludir a que ambos regímenes son represores, pero se obvia que la represión en el fascismo procede de la voluntad de realizar una limpieza cultural y/o étnica, mientras que el comunismo (salvo excepciones), cuando esta represión se ha dado, se enfoca en los grupos de poder y en la disidencia política.

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A menudo se olvida también que las democracias también han ejercido y/o ejercen represión, o que cuando un país comunista o socialista ha intentado ser democrático, abierto y diplomático, ha sido destruido por injerencias externas, como en los 60 y en los 70, o como ha sucedido recientemente en Bolivia.

A menudo, defendemos en el capitalismo lo que no defendemos en el comunismo, justificando la represión cuando sucede en democracia (o cuando la ejercen “los míos”) y no cuando sucede en un régimen comunista. O defendiendo que la democracia es esta suerte de parlamentarismo al servicio de poderes fácticos que han terminado siendo países como España, Italia o Grecia.

Pero mi objetivo no es defender el comunismo, sino aclarar que es un sistema radicalmente opuesto al fascismo. Que no tiene ningún sentido poner a gente como Alberto Garzón, Julio Anguita, José Mujica, Evo Morales o Camila Vallejo a la misma altura que Adolf Hitler, Benito Mussolini, Viktor Orbán o Nigel Farage.

Y por supuesto, el destacado papel del Partido Comunista de España en la lucha contra el franquismo, su adhesión a los principios de la “reconciliación nacional” y su impulso de la corriente eurocomunista en contraposición a la corriente soviética son iniciativas que, aunque controvertidas, son dignas de admiración, respeto y reconocimiento.

También se comparan ambas ideologías en que las dos poseen una economía planificada. Sin embargo, esto no es así del todo. El comunismo busca que sea la clase trabajadora quien se encargue de la economía, ya sea mediante modelos de colectivización horizontal, o bien desde una única organización centralizada.

En cambio, el fascismo y el nazismo buscan poner la economía al servicio de los intereses del Estado y no de los trabajadores, apoderándose de la industria que le interesa y dejando que el libre mercado opere en otras. Y, siempre, manteniendo los privilegios de los empresarios, de la clase alta y de los propietarios, manteniendo una poderosa jerarquía.

No veréis nunca a un gobierno fascista, por ejemplo, repartiendo la tierra entre los campesinos que la trabajan.

También se ha llegado a decir que Mussolini y Hitler eran de izquierdas, o que Joseph Goebbels dijo que el comunismo y el nazismo se diferenciaban poco. La mayoría de estas afirmaciones son mitos y/o frases sacadas de contexto que forman parte de las muchas mentiras que se promueven desde la ultraderecha. De hecho, hubo un intento de que el partido nazi tuviera un “ala izquierdista” y Hitler los pasó todos a cuchillo.

Pero el comunismo y el nazismo han matado

Así es. Y bajo gobiernos democráticos y capitalistas se han cometido actos verdaderamente atroces, como apoyar guerras y golpes de estado, sostener dictaduras, generar desigualdad, apoyar programas de esterilización, defender el esclavismo… por no hablar de la miseria que genera el capitalismo, eso sí, bien lejos de los países del llamado Primer Mundo.

Por acción o por omisión, gobiernos de ideologías diversas han vulnerado los derechos humanos y las libertades civiles. Es terriblemente simplista decir que los extremos se tocan en base a estos parámetros sin tener en cuenta el conjunto, sin analizar todos los datos y sin toda la información.

Imágenes comparativas de Adolf Hitler y Joseph Stalin, dictadores contemporáneos de Alemania y de la URSS. / Imagen de Earlyspatz

El problema de esta retórica es que se comparan movimientos antagónicos como si ambos, en el fondo, persiguieran lo mismo pero con cierta diferencia.

“Ni fascismo ni antifascismo”, “ni machismo ni feminismo” o “ni racismo ni antirracismo” son algunos ejemplos. Mientras, Ángela Merkel, muy poco sospechosa de ser comunista, se ha declarado abiertamente antifascista sin ningún problema.

No quiero que este artículo se malinterprete. No se trata de hacer una defensa a ultranza de ninguna postura ideológica concreta. Se trata de que cada idea y cada corriente tiene sus características, su Historia y sus objetivos y, a menudo, es injusto establecer relaciones o definiciones simplistas.

Por supuesto, al comunismo se le pueden hacer innumerables críticas. Por eso tiene tantas corrientes, versiones y maneras de llevarse a cabo. Es más, a menudo, anarquistas y comunistas no se pueden ni ver, como he dicho anteriormente.

Así que, en pos de la rigurosidad conceptual y del conocimiento, reflexionemos un poco, dejemos de reproducir estos mitos y tomemos partido. Participemos de los movimientos sociales, de las ideas, de las organizaciones, de los partidos políticos.

Si creemos que, por ejemplo, el feminismo no está acertado en un punto, no ataquemos: aportemos. Aboguemos entre todos y todas por un mundo mejor, en lugar de señalar lo que no nos gusta, prejuzgar y lanzar consignas carentes de profundidad. Es muy fácil poner memes riéndonos de Irene Montero, por ejemplo, pero muy difícil realizar aportaciones útiles para conseguir la igualdad entre mujeres y hombres.

Por último, esta equidistancia no deja de ser falsa: si no nos ponemos del lado de las injusticias, sin querer las estamos alimentando. Cuando decimos que “todos son iguales” o que “los extremos se tocan”, estamos alimentando una línea argumental favorable al establishment y a que, en definitiva, las cosas no cambien.

Yo no tengo ningún miedo ni ningún problema en declararme abiertamente antifascista, a favor de la democracia, la libertad y los derechos fundamentales. En decir que apoyo el feminismo, el antirracismo y los derechos LGTB, de adherirme a la izquierda política y de abogar por un mundo social y ambientalmente justo. Entre muchas más ideas que tengo.

En los tiempos que corren, donde la extrema derecha está en pleno auge y no deja de multiplicarse y donde incluso se llega a decir que las políticas públicas dentro de la lógica capitalista son sinónimo de comunismo (como impedir un desahucio o nacionalizar un sector de la economía), posicionarse es más importante que nunca.

Los extremos no se tocan.



Adrián Juste

Al Descubierto

Créditos a la foto de cabecera: Bandera del Partido Nacional Bolchevique

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