El capitalismo de desastre al asalto de la educación

La desorientación de la sociedad es una de las primeras victorias, aunque desgraciadamente no será la única, del capitalismo salvaje-tecnológico.

Su gestación ha sido lenta, su penetración progresiva, la pandemia ha ofrecido el marco perfecto para imponerla. A día de hoy ya es una realidad asfixiante:  bajo el pomposo “mantra” de “la sociedad de la información” nace una sociedad cada vez peor informada, saturada de información la mayor parte banal, e incapaz de gestionar el aluvión de mensajes que recibe. Esta saturación y el monopolio en el control de los medios de comunicación son dos de las características básicas del nuevo orden. La inexistencia de alternativas globales tiende a fraccionar las resistencias permitiendo la expansión de los neo-conceptos prácticamente sin oposición organizada.

Las fundaciones se erigen hoy como los actores centrales de un nuevo orden político-económico. Las grandes corporaciones,  algunas financieras como el Deutsche Bank, la Caixa o el BBVA , o prestadoras de servicios como  Google o  TESLA están fuertemente desacreditadas[1]; por ello se hizo necesario un cambio radical de imagen que vino de la mano de la creación de las Fundaciones. Muchas de ellas, publicitadas como “filantrópicas y sin ánimo de lucro”, son fuentes de enormes beneficios obtenidos de “forma legal”, normalmente a través de la evasión de impuestos. Se evaporan por esta vía ingentes cantidades de dinero legalmente y por otra parte se  evitan los “conflictos de intereses” entre patronos y directivos, lo que permite establecer acuerdos monopolísticos entre empresas obviando los controles estatales.

Es en el ámbito de la información y su control , como hemos explicado en otras reflexiones[2], donde las Fundaciones han penetrado con gran intensidad; son entes en apariencia abstractos, pero que conforman una auténtica maraña de intereses y relaciones muy difícil de aprehender. Es una estructura casi “líquida”, usando el símil propuesto por Zygmunt Bauman. Comandadas por las mismas personas que dirigen los bancos y ordenan los desahucios y las grandes multinacionales que abusan en nuestros recibos de la luz o el teléfono, se presentan públicamente como “benefactores sociales”.

La pandemia está generando el escenario perfecto para que las megacompañías del sector de la comunicación, disfrazadas de filántropos, pretendan gestar y controlar una sociedad cada vez más distópica. El beneficio que se obtiene de la tele-enseñanza y sus negocios asociados a la educación es inimaginable.

En nuestro país estas grandes empresas, a imitación de los grandes conglomerados que operan internacionalmente, presentes desde hace décadas en el mundo educativo, han constituido la HAZ, “Alianza por la Educación”[3]. Una iniciativa de la fundación Vodafone a la que se suman otras muchas (ENDESA, la Fundación de La Caixa, etc.) aunque algunas aparecen y desaparecen, como el Guadiana de los títulos de crédito. El “alma mater” de la nueva alianza no podía ser otra que Google. La nueva asociación cuenta con el beneplácito y las bendiciones del Ministerio de Educación. La propia Ministra de Educación Isabel Celaá clausuró la presentación el pasado 22 octubre. La ministra hizo una auténtica profesión de fe a favor de la cooperación pública-privada en la educación, lo que sin duda nos ayuda a comprender porqué el borrador de la nueva ley de educación se parece tanto a la LOMCE, y porque los famosos fondos europeos van condicionados mayormente a la implantación de las tecnologías digitales en la escuela. En definitiva, los bancos prestarán al estado un dinero que éste repartirá entre las grandes empresas del sector, poniendo como argumento fundamental las urgencias educativas de la era COVID. El objetivo en realidad es que el alumnado y las familias se conviertan en rehenes de las pantallas y de las compañías de telecomunicaciones. En definitiva, los fondos europeos beneficiarán a estas grandes empresas que evaden tributos legalmente en España, y las futuras generaciones se harán cargo de la deuda.

Como hemos dicho, en el filantrocapitalismo no hay “conflicto de intereses”, así la jefa de recursos humanos de Vodafone Remedios Orrantia es la gran benefactora y presidenta de la “caritativa fundación” de la empresa de telecomunicaciones  promotora de la alianza . Lo mismo sucede con el que fuera hasta hace poco jefe de Google España, Javier Rodríguez Zapatero[4], actualmente director de una empresa, el ISDI[5], dedicada a promocionar los negocios digitales con sede en Silicon Valley, pero que naturalmente también actúa “altruistamente” en nuestro país . Y esto solo por citar algunos ejemplos.

Siguiendo esta lógica, poco antes del estallido de la pandemia, en febrero, el Ministerio de Educación ya llegó a un acuerdo con la poderosa AMETIC. La patronal de las empresas tecnológicas que incluye a los fabricantes de videojuegos y la representación en España de las grandes del sector con Accenture o Amazon a la cabeza. Una de tantas muestras de lo que se ha querido llamar tendenciosamente la “colaboración público-privada”. Mejor llamada en otras ocasiones parternariado público-privado, aunque quizás fuera más correcto hablar de compadreo público-privado, pues no es otra cosa que transferir fondos públicos a empresas privadas para que sean ellas las que provean los servicios que debe ofrecer el Estado, en un marco de competencia donde los actores sociales tengan una voz decisiva.

El covid 19 ha creado la tormenta perfecta para que el capitalismo de desastre en su versión más elegante prospere y ejecute el asalto a la educación. La excusa es proporcionar educación a distancia a todo el alumnado para salvar las desigualdades sociales que, curiosamente, ellos mismos han ayudado a crear. En realidad y como hemos dicho, están ampliando exponencialmente su negocio.

El caso de Google es paradigmático: aprovechando el desastre educativo que ha generado la pandemia ha penetrado ya, a través de su google classroom, prácticamente en todas las aulas de España. La información que recibe del profesorado, del alumnado y de los contenidos que se manejan lo convierten de hecho en el gran protagonista de las próximas décadas. Será capaz a través de sus ofertas educativas de construir un sistema de enseñanza propio adaptado a sus intereses. El debate público en torno a la educación y sus objetivos queda subsumido por la inmediatez y la aceleración que genera la aplicación de estos programas, obligando a una continua provisionalidad; este cambio perpetuo la convertirá en la empresa imprescindible.  Paradójicamente y a pesar del enorme valor económico que tienen los datos que esta empresa acumula, este gigante se presenta como el “gran benefactor social”.

Todas las empresas-fundaciones esconden un propósito escabroso, como  muy bien ha descrito Anand Giridharadas[6], las élites crean el problema  y luego proponen soluciones que aparentan solucionarlo haciéndose imprescindibles para seguir manteniendo su posición de privilegio. A la ya cacareada por ellos “crisis de la educación”, exista esta o no, ahora se añade la del covid, de la que supuestamente nos salvaran las máquinas. La evidencia es que después de años de introducción masiva de lo digital en las aulas, no se evidencian mejoras cognitivas en el alumnado, sino al contrario, lo reconoce incluso el controvertido hombre de la OCDE-PISA Andreas Schleicher. Por otra parte la literatura científica crítica sobre el tema se fortalece, aunque intentan acallarla. Solamente las referencias que ofrecen  las dos obras de divulgación más conocidas sobre el tema, la de los neurocientíficos Michel Desmurget y la de Manfred Spitzer[7], constituyen ya un cuerpo teórico sólido. Es urgente abrir un debate sobre la incidencia del mundo digital y especialmente sobre su impacto sobre el conocimiento y la salud de nuestros jóvenes. La pandemia está provocando un desconcierto en las familias que empuja a los atribulados padres a aceptar la nueva situación como inevitable y necesaria, despreocupándose de las consecuencias posteriores. La lucha contra la pandemia y las batallas de la compleja vida día a día tienen ocupada, indefensa, y distraída a la población. Mientras padres y madres se afanan por aguantar el tirón, las megaempresas y sus fundaciones, se dedican a tiempo completo a diseñar el nuevo futuro y a promover la mentalidad social necesaria para que este sea aceptado acríticamente.

El capitalismo tecnológico ha generado un pensamiento único en el que se mezcla la fantasía de la conquista del futuro con las pantallas en la escuela. Cuando termine esta pandemia, se habrán producido tantos cambios discretos y/o burdos, que no reconoceremos el panorama educativo, pero habremos aterrizado sin darnos cuenta en el orwelliano covid “19”84.

Notas:

[1]. Google ha sido multada en varias ocasiones por uso de su posición monopolista en el uso de la información. Mientras que a TESLA se le ha relacionado con la financiación del golpe de Estado contra Evo Morales en Bolivia, que ocasionó más de un centenar de muertes.

[2]. https://tienda.elviejotopo.com/revistas/3128-revista-num-375-abril-2019.html

[3]. https://www.fundacionendesa.org/es/prensa/news/d202010-presentacion-haz-alianza-por-la-educacion

[4]. Sin parentesco con el anterior presidente de gobierno socialista.

[5]. https://www.isdi.education/es

[6] . Winners take all the elite charade of changing the world. Anand Giridharadas, Vintage 2019. Sin traducción al castellano

[7]. Los peligros de las pantallas para nuestros hijos. Michel Desmurget, Península, 2020. Demencia digital Manfred Spitzer, Ediciones B, 2013



Ana M. Valencia Herrera
Eduardo Luque


El Viejo Topo

Créditos a la foto de cabecera: Imagen de Annie Spratt en Unsplash

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