“Petrocalipsis”

El científico Antonio Turiel es licenciado en Físicas, Matemáticas, doctor en Física Teórica e investigador en el Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona. Pero lo que nos interesa, sobre todo, es que es un buen divulgador científico. Su blog “The Oil Crash” es uno de los más reconocidos sobre agotamiento del petróleo (y otras energías fósiles y materiales).

Hacía falta un libro que, de manera sencilla y razonada, sin un aluvión de datos o cifras, explicara las alternativas que hay al agotamiento progresivo y rápido de los materiales que nos proporcionan energía hoy en día. Y el petróleo es la máxima expresión de esos recursos…y también el primero que se agota. Mejor dicho: hacía falta un libro que desmontara las supuestas alternativas que se están ofreciendo. Ese es Petrocalipsis.

Por tanto, estamos ante un libro que, paso a paso, capítulo a capítulo, explica el “por qué no” hay soluciones milagrosas, ni fáciles, ni económicas. Vamos, que no es la promesa de un New Green Deal que nos tranquilice pensando en una transición energética controlada, que asegure nuevos puestos de trabajo que sustituyen a los anteriores, ni en una justicia ambiental y social. Nada de eso. Turiel desmonta un tipo de supuestas soluciones que palian, pero no resuelven.

¿Es un libro “pesimista”? Quizás muchas personas lo verán así por la crudeza de sus planteamientos. Cuando Turiel va descartando la ilusión de que montando placas solares resolveremos la energía que perdamos con el agotamiento del petróleo; cuando dice que el coche eléctrico es una ilusión que, en el mejor caso, sólo llegaría a los ricos y sería una transferencia de recursos hacia ese sector de la población; o que ni la energía del carbón, ni del hidrógeno, ni de la electricidad obtenida de cualquier manera, nos va a poder solventar la falta de petróleo, es un mazazo tras otro.

Sin embargo, hacia el final del libro uno entiende que sus afirmaciones se basan en sólidos principios de la física. Uno entiende que son más importantes las leyes físicas que toda la propaganda y los discursos sobre un futuro verde y con crecimiento económico. Que no es posible un crecimiento infinito. Es decir, que no es posible, que no hay salida a un sistema económico que se basa precisamente en ese dogma. El capitalismo es precisamente lo que no es compatible con la vida humana.

Por tanto, al final del libro uno entiende que el problema no es técnico. No es que “aún no ha salido la tecnología” adecuada para resolver el agotamiento de los recursos fósiles que hemos dilapidado en 500, 200 años, y cada vez más aceleradamente en las tres o cuatro últimas décadas de “globalización”. Es que la tecnología no puede superar las leyes físicas. Como con la pandemia, se saben las respuestas de los científicos desde hace tiempo. Pero el sistema capitalista las oculta y obliga a seguir el camino que ha trazado para el enriquecimiento de unos pocos, cada vez menos y cada vez más ricos, mientras por el camino se van quedando cada vez más y más millones de seres humanos, de especies, de hielo, de biodiversidad. No hay tecnología capaz de superar la destrucción que produce el sistema capitalista.

Entender que “no hay alternativa” -si es dentro de este sistema- es quizás lo más importante del libro. Es pensar al revés el famoso TINA ( There Is No Alternative) de Margaret Tatcher, en su defensa del modelo de capitalismo neoliberal que introdujo la nueva subfase de la globalización capitalista actual. Eso desmonta todos los cuentos sobre la posibilidad de proseguir con el crecimiento y, a la vez, vivir con el mismo nivel de despilfarro de energía y materiales de la pequeña parte de la población que es hoy rica o muy rica. Aunque eso se traduce, a otro nivel, en aumento de la pobreza, muerte, enfermedades, para la mayoría de las clases y capas trabajadoras en todo el mundo, incluidos los continentes ricos.

El libro no tiene un final feliz. Lo dice claramente en sus últimas páginas: “dejen de pedirnos a nosotros (los científicos) la solución a todos esos problemas. Estamos planteando un problema sin solución: el de crecer indefinidamente en un planeta finito…No pidan cosas que son físicamente irrealizables esperando que algún día el progreso científico-técnico solvente unas contradicciones generadas por un grave error de concepción y enfoque social”.

La idea o ilusión en una solución técnica, en el avance científico que nos resolverá todos los problemas que ahora no tienen solución, es siempre tentadora. Y las izquierdas han (hemos) participado de ella. El sistema nos obliga a vivir por encima de nuestras posibilidades biofísicas y a patear la pelota hacia adelante: el futuro nos lo resolverá. Es más fácil eso que afrontar la realidad: que hay que desmontar el sistema económico-social que tenemos, de arriba a abajo. Porque eso es muy fuerte. Sobre todo, porque hay que “decir la verdad a las masas”: que hay que reequilibrar y bajar el consumo energético (y todos los materiales), mientras cambiamos los valores, las seguridades y hasta las zonas de población por otras; hay que pasar a vivir en fraternidad e igualdad y en armonía con la naturaleza.

Es cierto que “es más fácil imaginar el fin de la humanidad que el del capitalismo”. Emprender esa tarea, a nivel teórico y político, es una cuesta arriba muy pronunciada. La etapa decadente del capitalismo ha arrastrado a millones de seres humanos, incluidos millones de gente trabajadora, a un no-pensar en el futuro, a seguir el camino trazado como el único posible, a tragar con fake news e ideas completamente reaccionarias o atrasadas, anticientíficas. Es duro mostrar entonces que estamos a un paso del abismo y que debemos parar y girar lo antes posible.

En mi opinión lo más duro es imaginar un escenario político en el que se puedan tomar decisiones valientes y arriesgadas para “echar el freno a la locomotora” del irracional crecimiento capitalista. Precisamente porque ahí está el hueso duro de roer: los grandes bancos, multinacionales y poderes económicos, mediáticos y políticos, ligados a ellos. Es el poder de los Estados capitalistas. Porque sí es posible avanzar localmente, y debe hacerse, pero más allá de un cierto límite se choca con esos “verdaderos poderes”.

El límite local y a pequeña escala es normalmente al que consiguen llegar científicos y divulgadores, que ofrecen ejemplos y soluciones que no detienen la destrucción del sistema. Porque sólo si se utilizan todas las palancas de cambio: de leyes, de apuesta por medidas enérgicas que paren los gases y la extracción de fósiles, podemos llegar a tener una cierta garantía de que no vamos a caer en el caos. Eso significa que la política debe resumirlo todo, que el poder debe pasar de las actuales pocas manos a un poder de tipo democrático, popular, republicano, feminista, anticolonialista, antirracista, socialista, internacionalista.

A los técnicos y científicos hay que pedirles que digan e ilustren la realidad de manera entendible. En ese sentido Petrocalipsis cumple con su cometido. Pero lo demás tenemos que hacerlo entre todas y todos. En particular las izquierdas tenemos la mayor responsabilidad pues se trata de educar políticamente no temiendo la verdad científica; y elaborar y ofrecer una alternativa global al sistema capitalista. La pandemia es una buena ocasión para empezar. No tenemos mucho tiempo.



Alfons Bech

SinPermiso.info

Créditos a la foto de cabecera: Imagen de Zbynek Burival en Unsplash

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