A 103 años de la Revolución rusa, un aporte desde la historia

Un nuevo aniversario de la mayor gesta revolucionaria del siglo XX es la excusa perfecta para leer la Revolución rusa en clave histórica.

I

Al momento de la revolución, Rusia era el país más grande del mundo, gobernado por Nicolás II, heredero una dinastía de “zares”, la familia Románov. Contaba una población heterogénea de casi 180 millones de habitantes y se encontraba rodeada por los imperios turco, austro–húngaro y japonés. En términos económicos, era un país cuasi feudal, con altísimos niveles de pobreza, una enorme población campesina no poseedora de la tierra  y grandes niveles de analfabetismo. A finales del siglo XIX y principios del XX, el Imperio sufrirá una serie de transformaciones. Comenzará un incipiente proceso de industrialización comandado por el Estado y capitales franceses, con lo cual la estructura productiva y comunicacional del país irá creciendo. De la mano de esto, surgirá una numerosa clase obrera en las ciudades, sometida a niveles de explotación infrahumanos así como una “clase media” liberal.

Las ideologías revolucionarias habían ingresado en el país a mediados del siglo XIX y se organizaron en sectores conocidos como “populistas”, socialistas que pensaban al campesinado como sujeto de la revolución. Integradas por jóvenes intelectuales, veían la necesidad de “ir al campo”, a consustanciarse con las masa campesinas y sus prácticas comunales. Sin embargo, el rechazo del campesinado y la represión estatal, acrecentada a partir del asesinato del Zar Alejandro II por parte de un grupo populista, mermaron su actividad.

 El marxismo comenzará a entrar al país a finales de siglo XIX y, siguiendo la línea articulada por Karl Marx y Friedrich Engels, verá en el proletariado urbano que comenzaba a surgir el sujeto revolucionario por excelencia. De los grupos marxistas rusos emergerá como dirigente revolucionario Vladimir Illich Ulianov, mejor conocido en la posteridad como Lenin. Su militancia entre grupos obreros, a la vez que su enorme desarrollo intelectual, le valdrá en 1900 el destierro a Siberia junto a otros dirigentes revolucionarios junto a quienes en 1902 fundará el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). A la vez, en 1902 publicará un panfleto fundamental para su pensamiento: el “¿Qué hacer?”, donde se afirmará la necesidad de construir un partido revolucionario de vanguardia, conformado por “profesionales” para la revolución, con altos niveles de centralidad, verticalismo y cohesión ideológica. El POSDR sufrirá un proceso de ruptura interna en esos años, en dos líneas diferenciadas: los bolcheviques, dirigidos por Lenin, quienes planteaban la necesidad de un partido disciplinado y de vanguardia, y los mencheviques, quienes planteaban una organización menos dura. 

II

En 1904 estallará la guerra de Rusia contra Japón. En un contexto donde crecía la pobreza y  las huelgas de los sectores campesinos y obreros aumentaban de la mano del trabajo de los grupos de izquierda, comenzó la insurrección. La represión del “domingo sangriento” del 9 de enero de 1905, donde una manifestación pacífica –con una enorme participación femenina- iba a entregar al zar una petición de derechos civiles y representación democrática, fue respondida por el zarismo con balas. Los muertos fueron contados por montones. Se declaró la huelga en una gran cantidad de ciudades y se tomaron tierras, mientras algunos revolucionarios (entre quienes estaba Lenin) emigrados llamaban a la insurrección armada para terminar con el zarismo. A la vez, iban naciendo los “soviets”, consejos de representantes obreros, que poco a poco fueron ganando lugar como espacios de canalización de las demandas populares. Al mismo tiempo, se fueron conformando como estructuras de poder paralelas al Estado. El mayor era el Soviet de San Petersburgo.

La insurrección fue derrotada y, para pacificar la tensión, el Zar firmará la creación de una “Duma”, un órgano representativo parlamentario. Sin embargo, en los hechos este órgano tendrá funciones limitadas, a la vez que el régimen zarista seguirá ejerciendo una enorme represión sobre los sectores críticos. Quienes habían participado en los soviets fueron reprimidos, encarcelados y exiliados. Frente a esta concesión, los revolucionarios seguían debatiendo cómo hacer la revolución. El sector menchevique consideraba que la etapa “democrático – burguesa” de la misma todavía no estaba realizada. Los bolcheviques, por su parte, consideraban que debían ser los campesinos y los obreros quienes tomaran la tarea de avanzar por encima de la burguesía y el zarismo.

En 1914, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, la socialdemocracia organizada en la II Internacional quedó dividida en dos posturas: por un lado, la de quienes apoyaban la guerra y por otro, quienes la denunciaban como un conflicto interimperialista que nada tenía que ver con los intereses obreros. La postura de Lenin y los bolcheviques frente a este debate será la segunda, a la vez que llamaban a derrocar a la burguesía y acabar con la guerra.

III

En 1917, estalló la crisis nuevamente en Rusia. Los problemas políticos y sociales arrastrados desde antes del conflicto, pero también las dificultades económicas y el costo humano para las mayorías en el marco de la nueva situación internacional, tornó la situación insostenible. El 8 de marzo de 1917, las mujeres rusas confluirán en la movilización por el Día de la Mujer junto con obreros y obreras que protestaban por las condiciones laborales en las fábricas de Petrogrado. El Estado ordenó la represión de la enorme movilización, pero los soldados no respondieron sino que al contrario, confraternizaron con la misma. La crisis estalló y a los pocos días, el zar Nicolás II abdicaba. Nacía el Gobierno Provisional.

Para algunos sectores, esto implicaba la revolución burguesa. El Gobierno Provisional, encabezado por Kerensky, otorgó el derecho a libertad de expresión, de participación política, libertad sindical, etcétera. Pero en términos materiales, la situación de los sectores populares seguía en caída libre, en el marco de la inflación y el desabastecimiento, sumado a la negativa a retirarse de la Primera Guerra Mundial. Los nacionalismos tensionaban al Imperio con la amenaza de la desintegración. Mientras tanto, los soviets iban ganando poder y popularidad como herramienta política y de representación. Los revolucionarios exiliados, entre los cuales se encontraba Lenin, iban regresando del extranjero. En sus “Tesis de Abril” consideraba que había que comenzar a organizar la otra etapa de la revolución, comandada por los bolcheviques y en colaboración con los soviets de obreros, campesinos y soldados.

El sector comandado por Lenin, vale decirlo, era el único que leía –en ese contexto- a los órganos de poder popular como actores claves del proceso revolucionario: la consigna “¡Todo el poder a los soviets!”, esgrimida por los bolcheviques, es una clara muestra de esto. El diálogo del sector de Lenin con los soviets, sumado a la propuesta de armisticio, iba ganando apoyo entre los sectores populares, los cuales eran interpelados por una constante campaña de agitación. En junio de 1917 se realizará el Primer Congreso Panruso de los soviets, que fue dominado por mayoría menchevique. Sin embargo, el ala bolchevique afirmó la necesidad de tomar el poder.

La nueva ofensiva bélica de junio emprendida por el Gobierno Provisional fue desastrosa, con una enorme cantidad de deserciones en el frente de batalla. En las ciudades, la tensión social crecía más y más, con tomas de fábricas por parte de los sectores obreros y de tierras en los campos. Los militares de la base naval de Kronstadt se sublevaron ante los oficiales. El Gobierno Provisional acusó de esto a Lenin, quien debió partir al exilio en Finlandia. En este marco de caos, Alemania avanzaba en el territorio y los frentes de batalla se desmoronaban. Los sectores de la derecha llevaron adelante una intentona golpista en agosto, comandada por el general Kornilov, que fue desarticulada por el trabajo conjunto de los bolcheviques y los soviets. El bolchevismo crecía en las ciudades y en los sectores militares, a la vez que profundizaba sus planteos de “paz, tierra y pan”, como la estrategia de entregarle el poder a los soviets. Frente a la indecisión y debilidad de las demás fuerzas de izquierda, Lenin y un sector de los bolcheviques van a plantear la necesidad urgente de la toma del poder. Se conformó un Comité Militar Revolucionario bajo la influencia del Soviet de Petrogrado, dirigido por Trotsky y conformado por obreros y soldados.

El 24 de octubre se lanzó la ofensiva. Los revolucionarios tomaron control de puestos estratégicos militares y comunicacionales y avanzaron sobre el Palacio de Invierno, sede del gobierno previsional. Luego de una débil resistencia, Kerensky huyó. Era el fin del Gobierno Provisional. La toma, más que un asalto masivo (relato construido a posteriori) fue más bien un ingreso gradual, casi sin víctimas. Mientras tanto, sesionaba el II Congreso Panruso de Soviets. En el mismo, con mayoría bolchevique, se creó un nuevo gobierno de “obreros y campesinos” comandado por el “Consejo de Comisarios del Pueblo”. Lenin sería el presidente y estaría acompañado por otros revolucionarios como Trotsky, Stalin y Lunacharsky. Leyendo las condiciones objetivas apoyándose en el movimiento popular y también, forzando el curso de los acontecimientos, triunfaba la revolución cuyo devenir sería fundamental para el siglo XX.

“Eran exactamente las 8.40 del 26 de octubre de 1917 cuando una atronadora ola de aplausos anunció la entrada de Lenin (…) estaba de pie, (…) recorriendo con los ojos entornados la masa de los delegados y esperaba, sin reparar en la creciente ovación que duró varios minutos. Cuando ésta cesó, dijo breve y simplemente: ‘Ha llegado el momento de emprender la construcción del socialismo” (John Reed – Diez días que conmovieron al mundo)

“Tras la captura del Palacio de Invierno” Petrogrado, 26 de Octubre de 1917. / Imagen de Pyotr Novitsky, Public domain, via Wikimedia Commons

IV

La Revolución Rusa, posteriormente, tendría su propio devenir histórico hasta la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en el año 1991. Más allá del mismo  -que no podríamos llegar a relatar en una sola nota-, fue, sin lugar a dudas, la experiencia revolucionaria más importante del siglo XX. Fue la primera vez en la historia en que las clases populares llegaron al poder y lograron mantenerse en el mismo, a la vez que fue la primera experiencia de construcción de un estado socialista. Sin embargo, y a partir de algunas lecturas, es interesante repensar algunos “mitos” construidos a posteriori por la historiografía y en este sentido, los aportes del historiador argentino Ezequiel Adamovsky son fundamentales al momento de complejizar las miradas sobre el proceso.

Es necesario entender a las revoluciones como procesos de desborde y superación de las diferencias de los distintos grupos sociales y de construcción de un “terreno subjetivo compartido”.La construcción histórica posterior a la revolución  la relata como un suceso fundamentalmente obrera y campesino.  Sin embargo, la investigación nos permite complejizar esta mirada. El aporte de los artistas, por ejemplo, fue fundamental para disputar el terreno simbólico (más allá de las desavenencias con los dirigentes revolucionarios, a quienes las experimentaciones de la vanguardia les parecían actitudes pequeñoburguesas).

El rol de las mujeres, aparte de ser las iniciadoras de los movimientos de 1905 y 1917, fue clave: el nivel de participación de las mismas en los partidos socialistas era de alrededor de un 15% durante los años previos a la revolución. Las consignas en relación a la igualdad de géneros y a la abolición del orden patriarcal estuvieron en el proceso ruso desde el primer momento. Las ideas del amor libre, la libertad sexual, así como la necesidad de repensar la organización familiar, la aprobación del derecho al aborto y al divorcio, hablan de un poderoso movimiento feminista, encarnado en la figura de Alexandra Kollontai. A su vez, la enorme cantidad de estudiantes e intelectuales que ofrecieron su apoyo a la misma fue enorme, organizando soviets propios. En síntesis, la Revolución Rusa fue un momento de amplia participación popular y de agendas y prácticas diversas.

Otro mito es el de las “dos revoluciones”, en primer lugar una revolución “burguesa” en febrero y otra “obrera” en octubre. Sin embargo, una lectura que integre lo afirmado anteriormente, a la vez que sea capaz de leer el proceso de radicalización de las masas desde principios de siglo XX, nos permite afirmar que en 1917 hubo una sola revolución que comenzó en febrero y alcanzó su punto de máxima radicalidad en octubre. A partir de este momento, los bolcheviques comenzarán un proceso de centralización política como resultado de la posterior Guerra Civil (1918 – 1921) contra el “Ejército Blanco”, que fue apoyado por las potencias extranjeras y los resabios zaristas para acabar con la revolución. Para esto, se aseguraron el control de diversos ministerios, venciendo huelgas y limpiando de opositores al soviet de Petrogrado y de los Congresos Panrusos. A su vez, acabaron con los ejércitos populares como el de Néstor Makhnó en Ucrania, de tendencia anarquista, que fue fundamental en la lucha en la Guerra Civil entre 1918 y 1921. Reprimidos también fueron los soldados de la base de Kronstadt, quienes en 1921 protestaron contra el “autoritarismo  bolchevique”. Más de 2.500 personas fueron fusiladas  bajo las fuerzas militares comandadas por Trotsky. A partir de 1921 se consolidará, entonces, una dictadura de partido que impuso sus intereses.

V

Con todas las complejidades que presenta un proceso humano total como una revolución, 1917 y la Revolución Rusa marcaron un antes y un después en la historia de la humanidad. La enorme energía y creatividad desplegada por las masas desde tiempos anteriores a la revolución (pero también durante) el éxito del modelo organizativo de los bolcheviques, la capacidad de lectura de la  situación y la arriesgada apuesta encabezada por Lenin en pos de la construcción de un estado socialista nos hablan de un proceso múltiple, plebeyo y fundamentalmente, revolucionario. El mundo no volvería a ser el mismo.

Las masas oprimidas del mundo verían en Rusia la posibilidad de un mundo nuevo. Las clases dominantes temblarían frente al huracán rojo que parecía soplar con todas las fuerzas de la historia. En un nuevo aniversario de la Revolución Rusa, la recordamos como una ruptura en el continuo histórico, como la construcción de otra realidad posible. Parafraseando a Ezequiel Adamovsky, “todavía tenemos mucho para aprender de la Revolución rusa (…) el itinerario de los distintos movimientos sociales que la protagonizaron (…) sus pruebas y errores todavía tienen la capacidad de iluminar caminos hacia la emancipación en el presente”.



Juan Manuel Soria

Notas

Créditos a la foto de cabecera: Imagen de Steve Harvey en Unsplash

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