Los colectivos perseguidos por Trump se preparan para el día después del “posible golpe de Estado”

Para muchos de los colectivos más atacados por la administración Trump la cuestión no es si gana Biden o Trump, sino cómo organizar la respuesta a un posible intento golpe de Estado, a una guerra civil….

Nueva York es una ciudad zombi en la que el día más bullicioso y alegre de esta última semana ha sido el sábado de Halloween. La pandemia, la nueva ola de contagios y la consecuente crisis económica, ha dejado buena parte de sus comercios cerrados por la ruina. Pese a no haber un confinamiento obligatorio, a determinadas horas, las calles reverberan un aire postapocalíptico en el que los únicos supervivientes son las miles de personas sin hogar que ahora no ocultan las hordas de turistas ni los neoyorquinos que antes iban y venían en un incesante sin parar.

El día antes de las elecciones más trascendentales de las últimas décadas, la bajada de temperatura anuncia las inminentes muertes por hipotermia, mientras obreros -la inmensa mayoría, latinos y, en un alto porcentaje, indocumentados– tapian los escaparates de los bajos comerciales con tablones de madera.

Así se prepara la capital del mundo y del capitalismo, en la que más multimillonarios residen, el emblema del imperio estadounidense, para conocer el nombre de su próximo presidente. Con miedo y frío en muchos casos, mientras los edificios más lujosos de los que rodean Central Park han elaborado planes adicionales de seguridad con la Policía de Nueva York y empresas privadas para protegerse de lo que pueda ocurrir a partir del día después de las elecciones. No preocupan los resultados: aquí casi todo el mundo da por sentada la victoria de Joe Biden. Preocupa, y de ello es de lo que se habla en cada reunión, que Trump intente dar “un golpe de Estado”, de que estemos ante el “fin de la democracia de Estados Unidos”, de “una nueva guerra civil”. Se acabaron las cábalas y comenzó la preparación del día después.

“Tengan cuidado porque hay gente que nos odia mucho. Nos quieren muertas. Estoy dispuesta a morir por nuestra liberación porque si no… Si no estaría muerta en vida”, advierte Miss Tahtianne a las 200 personas que, aproximadamente, se han dado encuentro frente al mítico bar Stonewall, emblema de la lucha trans, para manifestarse bajo la bandera del movimiento Black Trans Queer Lives Matter.

Es jueves 29 de octubre y la única actividad que congrega pequeñas multitudes a lo largo de toda la isla de Manhattan son las organizadas por la “comunidad”, esa palabra omnipresente en cada conversación y que están encabezadas, sobre todo, por personas ‘BIPOC’, acrónimo utilizado para designar por sus siglas en inglés a las  Negras-Indígenas-Personas de Color. Y lo que se escucha en estas concentraciones, reuniones, manifestaciones, concentraciones… no son discursos cómodos ni conciliadores: hay tanta rabia como hartazgo, y el abandono que han sufrido durante este año de pandemia por parte de las instituciones -también por parte de la alcaldía y el Estado de Nueva York- se traduce, con diferentes palabras, en el conocido dicho de “solo el pueblo salva al pueblo”. Escuchar continuamente este mensaje en la Gran Manzana no deja de resultar paradójico.

“Se acabó eso de los centros de acogida y los alojamientos públicos para los negros y los hogares para los blancos, se acabaron los colegios sin recursos para nuestros niños y niñas, y los centros con la mejor educación para los de los blancos…”, grita a la multitud Qween Jean, una actriz y activista que se ha convertido en una reconocida líder del movimiento LGTBQ con su discurso interseccional, en el que cuando habla de combatir el supremacismo blanco está hablando también de lucha de clases. Por eso es difícil escuchar en cualquiera de estos mítines improvisados un apoyo explícito al candidato Joe Biden, liberal más que moderado que lleva toda su vida como político. Si hay una cita explícita a los demócratas, será a favor de la congresista por Nueva York Alexandria Ocasio-Cortez. 

Bajo la lluvia, las manifestantes trans y queer marchan acompañadas por jóvenes vestidos de negro del movimiento antifascista. Muchos y muchas de ellos han acudido con sus bicicletas, con las que se suelen cortar las avenidas para el avance de la marchas y que tiene su símil entre la policía, que también escolta las protestas con parte de sus oficiales subidos a los pedales.

Como en la mayoría de las concentraciones de las que he sido testigo, el número de policías supera al de manifestantes: en este caso, unas 200 personas fueron rodeadas por varios centenares de policías y decenas de coches policiales mientras los activistas pedían la abolición de este cuerpo cuyas raíces se hunden en las patrullas que controlaban y perseguían a los esclavos. Los principales sindicatos de la Policía de Nueva York, cuyo presupuesto anual supera los 6.000 millones de dólares, han manifestado su apoyo a la candidatura trumpista. La violencia supremacista blanca está en el corazón fundacional de esta nación y atraviesa su cultura hasta tal punto que el derecho a la posesión de un arma, la famosa segunda enmienda redactada en el siglo XVIII, es uno de los aspectos que más adhesión genera entre los votantes trumpistas, republicanos y entre las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

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Mientras la mayoría de los restaurantes solo venden comida para llevar en buena parte de Manhattan, en TriBeCa, el barrio de moda entre las clases acaudaladas progresistas, parejas y grupos de amigos, blancos mayoritariamente, cenan en las terrazas climatizadas. Cuando los manifestantes deciden parar ante una de ellas para declamar los nombres de las personas negras asesinadas por la Policía en el último año, los oficiales se interponen entre ambos grupos formando una barrera. Los guardias empuñan sus porras. Los manifestantes miden exactamente hasta dónde pueden llegar antes de ser golpeados. Cuando la tensión es máxima por la cercanía entre ambos, reanudan su marcha entre cánticos. 

“Cuando vienen los votantes de Trump a la ciudad no les tratan así. Está claro de qué lado están”, le espeta un manifestante a uno de los policías. Este sonríe.

Prepararse para parar un golpe de Estado

“Cuando hablamos de abolición de la Policía estamos hablando de su refundación. Pedimos que parte de su presupuesto se destine a servicios sociales, a la educación, a la salud física y mental…. No es posible que cada vez que hay un problema en un colegio o en la calle, la primera respuesta sea policial”, explica el sábado por la mañana Vivian Stein en Times Square, entre cuyos letreros luminosos se encuentran el de Yvanka Trump y su marido, Jared Kushner, ideólogo de buena parte de las políticas más radicales de su suegro y presidente Donald Trump.

Stein, de 27 años, forma parte del movimiento Rise and Resist, que ha elegido este lugar para manifestarse este gélido sábado de Halloween. El colectivo nació en 2016 integrado mayoritariamente por mujeres queer para defender los derechos del colectivo LGTBIQ de los ataques trumpistas. De hecho, uno de los asuntos que están utilizando los republicanos para acaparar votos es la supresión del derecho al aborto, lo que ha llevado a implicarse activamente a buena parte de las iglesias católicas, evangelistas y judías en la campaña.

Cuando el presidente, en plena pandemia, sembró las dudas sobre la legitimidad de los resultados electores al hablar de un posible fraude y que, en el caso de perder, no había decidido si aceptaría los resultados, Rise and Resist, como otros grupos a lo largo del país, comenzaron a reunirse por videoconferencia para organizar la respuesta a un posible golpe de Estado. 

“Con el movimiento Black Lives Matter hemos visto cómo la Policía ha optado por la respuesta más violenta contra las protestas pacíficas. Así que desde hace meses estamos pensando cómo va a ser la respuesta en las calles si Trump no acepta los resultados: cómo vamos a conseguir que las manifestaciones sean accesibles y seguras para todo el mundo”, explica esta joven que recuerda el miedo que muchas de las decisiones de esta administración le han provocado en estos cuatro años. “Lo he vivido con mucho estrés y pensado todo el tiempo no solo en cómo podía protegerme ante lo que se avecinaba, sino también en cómo podía involucrarme para conseguir que quienes no están teniendo voz, la tengan”.

A su lado, sosteniendo una pancarta en la que leemos “Trump miente, la gente muere”, se encuentra Jamie Bauer, veterana activista de 59 años, que insiste en la importancia del voto con antelación para que “los resultados se sepan cuanto antes y dificultar así que Trump pueda decir que ha ganado. Si el recuento se alarga, dirá que es el vencedor y podrá dar un golpe de Estado ordenando que se pare el recuento de votos”. Y añade: “Si eso ocurre, solo nos quedará salir en masa a las calles para proteger los resultados y que no los pueda llevar a los tribunales”. Quienes hablan así no son activistas trasnochados apocalípticos, sino que es un discurso que se escucha entre intelectuales, periodistas, analistas y ciudadanos y ciudadanas defensoras del orden y la ley.

En el caso de que el presidente llevase la decisión de aclarar el resultado electoral a la Corte Suprema, con mayoría reforzada conservadora tras el nombramiento de la jueza ultraderechista Amy Coney Barret, en sustitución de la recientemente fallecida progresista Ruth Bader Ginsburg, Trump podría ver renovado su mandato sin el apoyo mayoritario de las urnas. Y, entonces, el escenario de una guerra civil es un peligro que aparece en la boca de muchos. 

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Una decena de detenidos en una marcha antifascista en Nueva York 

El domingo por la mañana, decenas de miles de partidarios de Trump marchaban a pie y en coche por la mayoría de las ciudades del país bajo el lema de ‘Make America Great Again’, el llamado movimiento MAGA. En el Estado de Nueva York, el destino del rally era Manhattan, por lo que el movimiento United Against Racism and Fascism NYC (Unidos contra el racismo y el fascismo Ciudad de Nueva York, en inglés) convocó una marcha para “hacerles saber que el fascismo no es bienvenido y que no pasarán”, como gritaron algunos de sus integrantes a lo largo del recorrido.

“El auge de Trump es consecuencia de que la ciudadanía no podemos incidir en los macroprocesos económicos y políticos, de que durante décadas las grandes decisiones se han tomado en organismos internacionales y en reuniones a puerta cerrada, de que el paradigma global no es democrático. Por eso hay gente que ahora vota a la ultraderecha que hace ocho años votó a Obama igual que la izquierda radical ha crecido”, explica Ángel, un joven sindicalista neoyorquino de familia de origen latino.

Este activista antifascista baraja varios escenarios a partir del día 4, aunque cree que el más probable es el que se dio en 2000 con la contienda entre el demócrata Al Gore y el republicano Bush Jr: “Creo que, como entonces, el recuento de votos se dilatará hasta diciembre; y entonces lo cancelaron y nombraron a un ganador ‘por sus huevos’. Pero está claro que en ese tiempo de espera va a haber un auge de confrontación y violencia. Por eso hay que plantar ahora la bandera de las comunidades inmigrantes, de la clase trabajadora, de los afroamericanos… de quienes componen realmente esta ciudad”.

Apenas una hora más tarde, justo cuando los organizadores disolvían la marcha tras confirmar que los partidarios de Trump cambiaban sus planes iniciales y desistían de entrar en la Gran Manzana, la Policía ordenó que abandonasen la calle de inmediato y se trasladaran a las aceras. En apenas un par de minutos, cargaban contra varios de sus integrantes y detenían a una decena de ellos, entre los que se encontraban dos periodistas y un hombre sin hogar.

Mientras, decenas de miles de seguidores de Trump interrumpían el tráfico en buena parte del país sin encontrar apenas oposición policial.

Somos una sociedad tan dividida que, si Trump pierde, sus votantes no van a aceptar el resultado. Estamos perdiendo nuestra democracia y esto empezó cuando aceptamos su primera presidencia: había indicios de intervención en los resultados por parte de otros países y de grandes corporaciones. Ahora tengo mucho miedo porque la opción de una guerra civil es una realidad”, explica Derek, un joven trans neoyorkino, cuya pareja, Miranda, es una joven trans mexicana que lleva seis años en el país sin papeles. Ahora espera que le concedan el asilo político dado el peligro que corre su vida en México. 

“La gente está muriendo por hambre, por covid, por frío, mientras Trump no paga impuestos y hay quien le sigue apoyando. Es todo tan triste…”, lamenta Derek, en un acto organizado el domingo por la comunidad latina para movilizar a los votantes en Staten Island, el único distrito de la ciudad de Nueva York en el que ganó el presidente republicano en 2016. 

“Los demócratas metieron la pata cuando dejaron atrás a Berni Sanders, pero es que realmente son muy conservadores. No confío en que puedan dar una respuesta contundente a un posible intento de golpe de Estado por parte de Donald Trump”, concluye Derek, trajeado de muerto viviente. Como muchos de los entrevistados ven a la democracia estadounidense, como luce buena parte de la ciudad de Nueva York.

A la misma hora en que muchos de los estadounidenses guardaban sus disfraces terroríficos, las calaveras y las calabazas con sonrisas diabólicas, la Casa Blanca se encerraba más en sí misma: a las vallas que ya la rodeaban desde que comenzaran las manifestaciones en mayo por el asesinato de George Floyd, se le suman ahora un muro blanco ‘inescalable’ y el anuncio del despliegue de la Guardia Nacional para su protección. En palabras del activista antifascista Joshua Potash, no parecen las decisiones de “alguien interesado en una transferencia de poder pacífica”.

Patricia Simón

La Marea

Créditos a la foto de cabecera: Imágenes de Patricia Simón

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