Fachas, ‘freaks’ y apropiación política

El discurso ultraderechista no es una novedad nacida con Vox. Se trata de las mismas ideas desquiciadas cuya reproducción te convertía, hace bien poco, en uno de esos freaks tan atractivos para la televisión que nos hacen renegar con la cabeza al tiempo que reímos, incrédulos.

Todos y todas tenemos muy claro que las situaciones de incertidumbre, miedo y frustración colectiva son ideales para el ascenso de partidos de corte fascistoide. Es una realidad asumida que, en dichos fenómenos, coloca el foco sobre el marco sociopolítico y no sobre quienes se aprovechan de él; es decir, supedita la estrategia política de quien arruina una democracia a la predisposición de una población que, a la postre, sufrirá las consecuencias.

Sin embargo, en más de una ocasión, y dejándonos llevar por el tormento que supone para cualquier demócrata ver lo que se está viendo en España, hemos olvidado este axioma y hemos caído en la trampa de culpar solo a Vox del terrible incremento del machismo, el racismo, la homofobia o cualquiera de los odios a los que se aferran para conseguir votos.

Como, para ellos, esta acusación supone un mérito del que enorgullecerse, debemos rectificar: no han inventado nada de eso. Su trabajo ha sido instrumentalizarlo y amplificarlo, utilizando su pertenencia a una élite aristocrática que campa por los medios de comunicación de masas con la pulserita de “todo incluido” —rojigualda, por supuesto— bien reluciente en sus muñecas.

Esta es una reflexión esencial, puesto que acudiendo al caldo de cultivo que ha permitido que la extrema derecha invada la política española se puede observar, sin el engañoso influjo mediático que envuelve ahora sus apariciones públicas, de dónde procede el ideario que hoy pone en jaque a nuestro país. Y el resultado ayudará, sin duda, a empezar a tratarlos como lo que son.

MISMOS DESQUICIADOS, DIFERENTE TRATAMIENTO MEDIÁTICO

Es importante demostrar que el discurso ultraderechista no es una novedad nacida con Vox, sino que se trata de las mismas ideas desquiciadas cuya reproducción te convertía, hace bien poco, en uno de esos freaks tan atractivos para la televisión que nos hacen renegar con la cabeza al tiempo que reímos, incrédulos. Nadie en su sano juicio se plantearía siquiera regalar su voto a un personaje de tales características, así que el triunfo del ideario neofascista ha requerido de un cambio en la percepción de la opinión pública.

La estrategia del partido filofranquista es sencilla: necesita revestir su demencia con un halo de solemnidad para lograr que aquel movimiento horizontal de cabeza no vaya acompañado de una carcajada, sino de un ceño fruncido y unos dientes apretados en señal de rabia. En señal de odio; es decir, de adhesión al suyo.

Tal operación solo será exitosa si cuenta con la imprescindible presencia de dos colaboradores necesarios: un periodismo que simpatice —la aceptación y priorización son dos formas de simpatía, si quieren, pasiva— con los preceptos neofascistas y una audiencia para la que la política del odio sea una opción igual de válida que las alternativas democráticas.

En realidad, la única diferencia entre esos monstruitos tan rentabilizados por los programas de media tarde y los Abascal, Espinosa de los Monteros, Ortega Smith o Monasterio es la relevancia que les han otorgado los medios de comunicación, pasando de la condescendencia y la mofa a un respeto reverencial y casi religioso. Si bien tanto unos como los otros proceden de la marginalidad ideológica, los primeros lo hacen también de una marginalidad material muy lejana a la posición de absoluto privilegio económico de quienes hoy se declaran “la España que trabaja” sin haber pegado un palo al agua en su vida. Es lo que tiene vivir en un país con una carga aporofóbica tan inmensa: si cuentas con un apellido compuesto, podrás repetir en prime time las barbaridades que siempre quedaban relegadas a El diario de Patricia.

Así, la herencia cultural y educativa de una sociedad que, tras casi medio siglo, sigue sin ser capaz de sacudirse 40 años de franquismo, no se activaba al presenciar la ridiculización pública de quien verbaliza una serie de ideas que, en el fondo, encajan con la mentalidad propia. El miedo al qué dirán ha contenido, durante décadas, a muchos de los fascistas que hoy enarbolan banderas anticonstitucionales y acosan a cualquiera que piense diferente. Hasta que, de pronto, el “con Franco se vivía mejor” de un pobre diablo utilizado para ganar audiencia se transforma en acusar al Gobierno actual de ser “el peor en 80 años” desde un asiento del Congreso, y la recepción cambia radicalmente. Ya no existe la amenaza del ridículo; ahora hay tres millones de freaks, que es lo mismo que cero freaks, puesto que un aspecto fundamental de dicho concepto es la excepcionalidad.

AUNQUE LA MONA SE VISTA DE SEDA…

De la misma forma en que ciertos artistas son acusados de apropiación cultural por utilizar una serie de códigos estéticos que, en teoría, no les pertenecen, el comportamiento de la ultraderecha española podría definirse como apropiación política. Rosalía recibe innumerables críticas por “mancillar” el flamenco al combinarlo con elementos de la música urbana, pero nadie está echando en cara a Vox la usurpación de unos espacios políticos que de ninguna manera les corresponden, en cuanto que lugares de debate e instituciones públicas creadas precisamente con el objetivo de evitar el totalitarismo que ellos promulgan desde sus tribunas. Lo preocupante de todo esto es que, mientras que las canciones de la estrella catalana quebrantan —según los y las más puristas— algo tan abstracto las normas del buen gusto musical, el repertorio de la extrema derecha atenta directamente contra vidas humanas.

Por suerte, la idiotez de su discurso no es el único factor que apunta hacia la verdadera naturaleza cómica de estos acomplejados venidos a más; solo hay que observar las pintorescas mascarillas utilizadas por su amado líder, trasunto político de looks disparatados que a todos y todas nos vienen a la mente en formato de gag televisivo: desde tirantes con la bandera española hasta tricornios, pasando por carrocerías de coches bañadas en rojo, gualda, toros y demás simbología patria.

No pertenecen a la esfera política, y mucho menos a la intelectual; son carne de programa de variedades, de recopilación de momentos que oscilan entre la risa y la vergüenza ajena, de meme. Y por más que intenten ocultarlo, su origen siempre termina saliendo a la luz. Ocurrió el 12 de octubre del pasado año, cuando un grupo de franquistas intentó, sin éxito, entrar en el Valle de los Caídos para rendir homenaje al genocida. Allí se pudieron observar escenas surrealistas tales como la que protagonizó el ya famoso legionario del megáfono loando a la muerte y a Franco, o la cadena humana de miradas perdidas y “queremos ir a misa” como himno machacón.

Poco más de un año antes, en el mismo escenario, los pucheros de un falangista declarado, al reconocer que la exhumación de Franco y Primo de Rivera le hacían sentir “abandonado”, hicieron las delicias de los programas de humor. El chino franquista o el difunto dueño de Casa Pepe continúan una lista interminable de personajes cuya aparición en pantalla es equiparable a las del movimiento terraplanista, el negacionista que exigía “ver” el cambio climático o Ramón de Pitis afirmando que “la droga es la auténtica salud”. Esa es la categoría a la que pertenece una ideología que, tras ser apropiada por unos cuantos niños y niñas bien, ha logrado reunir más de tres millones de adeptos en un país que se pretende democrático y maduro.



Diego Delgado Gómez

El Salto

Créditos a la foto de cabecera: Manifestación en vehículos convocada por Vox el pasado 23 de mayo. / Imagen de David F. Sabadell

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