¿Pero de qué va esto?

“Es justo ahora, cuando se nos va borrando el susto, cuando más falta hace que recordemos aquello que vimos tan claro que no íbamos a olvidar”.

Escuchando las noticias últimamente una se siente un poco como esas moscas que, desorientadas y ansiosas, tratan de salir de la habitación a través de lo que no entienden que no es cielo abierto sino una ventana. Golpes y golpes contra el cristal mientras escuchamos que la situación es urgentísima y que ya nos dirán algo en unos días, que la medida pertinente es sin duda tal cosa pero que justo por eso van a hacer tal otra.

Vemos imponerse soluciones que todo el mundo sabe que es imposible que funcionen, se transparentan las agendas ocultas, relucen las contradicciones y las diferencias flagrantes. Topetazos, topetazos contra una salida que no entendemos muy bien por qué está cerrada.

“¿Pero de qué demonios va esto”? –nos preguntamos.

Y lo cierto es que es una pregunta pertinente.

Pasa hasta en las mejores familias: cuando nos llevamos un susto, todo lo demás parece arreglarse durante un rato. Una discusión entre hermanos, por ejemplo: y de repente irrumpe la enfermedad y todo el mundo olvida el motivo del enfado. Un amor en el alambre reparado por un accidente lo suficientemente grave como para imaginar la ausencia. Una amistad deslavada que remonta el vuelo por una muerte en común. La desgracia tiene el poder de poner todo lo demás en segundo plano.

Con la llegada de la pandemia pasó algo así. En el tiempo suspendido recordamos que lo importante era la vida. La vida, es decir: el abastecimiento y los cuidados y los hospitales. Entendimos que solo saldríamos adelante si nos protegíamos entre todos, nos preocupamos unos por otras, intentamos entender los mecanismos de la responsabilidad por lo común. Se nos llenaron los ojos de lágrimas al aplaudir a quienes se estaban poniendo en riesgo, nos emocionamos de verdad pensando en las noches largas de los enfermeros y las mañanas tempranas de las reponedoras. 

Creímos realmente que después del susto íbamos a ser mejores, igual que creemos siempre que después del soponcio o el accidente no volveremos a discutir por tonterías. Pero pasa también en todas las casas que a todo nos acostumbramos: a las ausencias y a los cánceres y a las angustias. Y volvemos a discutir, claro que volvemos a discutir, y a alejarnos, y a agobiarnos por aquello que una vez vimos claro que no tenía importancia

Parece, de igual modo, que la pandemia ha perdido su aire de catástrofe, su totalizadora capacidad de ponerlo todo en segundo plano, y ahora la cara que le vemos nos da más bien aburrimiento. Nos hemos acostumbrado a las mascarillas y al goteo de muertos, a la distancia social y a los negocios que cierran. Esas ruedas de prensa que antes mirábamos con la religiosa atención de quien tiene miedo, ahora ni sabemos a qué hora son. Situaciones que hace unos meses nos parecían hitos que cambiarían el mundo para siempre ya se nos han vuelto anodinas.

Y lo mismo parece haber pasado entre quienes salen en esas noticias que nos tienen como moscas contra el cristal. Como si la vida no siguiera siendo tan frágil como hace tres meses, vuelven a escena impúdicos los juegos de trileros, los concursos de banderas, el intercambio de acertijos habitual.

Esta forma de cansancio, en realidad, viene mucho más de largo que esta crisis en concreto. A fuerza de desencantos, se nos ha cambiado el significado de la palabra “política”. Ha ocurrido: ha pasado a significar “politiqueo”. Creemos –cómo no lo vamos a creer – que se trata de eso: del toma y daca de trucos y trampas, del juego de estrategia sobre los cuadros de nuestros manteles. Así que decimos, claro, que estamos hartos, hartas. Que la política no nos interesa.

Pero es importante recordar que la palabra, en realidad, tiene otro sentido; y que al convencernos de que la cosa va de eso, también nos estamos dejando robar algo. Nos estamos dejando robar las posibilidades y las responsabilidades que implica su significado real: la gestión de lo común, la forma de articularnos para vivir en sociedad, las decisiones que se toman para organizar el mundo

No podemos dejarnos engañar por el aburrimiento al que llevan las competiciones de relato, el hidrogel a deshora y el tráfico de cartas entre palacios. Tenemos que recordar lo que significaban las palabras en ese momento crucial en que nos llevamos un susto. No olvidar aquellas cosas que atisbamos: que, en verdad, la política va de desentrañar qué es lo esencial y salvaguardarlo, de proteger a quienes se quedan a la intemperie, de intentar entender de qué modo puede sumar cada cual al empeño colectivo de poner la vida por delante. 

Porque, aunque a todo se acostumbre una, la cosa sigue estando jodida: no deja de estarlo nunca. Y por debajo de los juegos que nos aburren, lo que se juega realmente son nuestros días.

Como escuché una vez decir al dramaturgo tunecino Fadhel Jaïbi, “mientras dices que no te interesa ocuparte de la política, la política está ocupándose de ti”. No podemos permitirnos el hastío. Es justo ahora, cuando se nos va borrando el susto, cuando más falta hace que recordemos aquello que vimos tan claro que no íbamos a olvidar.



Laura Casielles

La Marea

Créditos a la foto de cabecera: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso. / Imagen de la Comunidad de Madrid

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