Otra vez el Estado organizado por el endeudamiento

Con la presente operación de endeudamiento, la de mayor envergadura jamás realizada en tiempos de paz, y las reglas del juego actuales se está creando un paraíso capitalista sobre el que la izquierda haría bien en reflexionar.

La deuda es ahora el gran consenso: ¡equilibrio presupuestario nunca jamás! La izquierda, que siempre tuvo que defenderse contra las acusaciones de contraer déficits del modo más irresponsable, triunfa ahora cuando la derecha se alinea o incluso protagoniza la operación de endeudamiento de mayor envergadura jamás realizada en tiempos de paz. En realidad, se oye poco a la derecha en estos meses. ¿Se hallará realmente tan deprimida ante el fin de su amada austeridad?

Para muchos analistas, la enorme nueva ola de endeudamiento público efectuada como consecuencia de la pandemia del coronavirus equivale a la victoria del keynesianismo, pero téngase en cuenta que la deuda keynesiana debe ser pagada con cargo a los ingresos fiscales una vez que ha prestado sus servicios consistentes en mover la economía de la recesión a la expansión. Sin embargo, la nueva deuda europea, nacional y pronto supranacional, se añade a la tremenda montaña de deuda pública acumulada ya existente, repartida sin excepción por todo el mundo capitalista desde la década de 1980 de un modo cuasi lineal respecto al menguante crecimiento económico registrado incluso en los mejores años de este periodo. Con independencia de cuál sea el carácter de esta deuda, lo cierto es que no es keynesiana.

Si atendemos al debate público, constatamos que la derecha, donde todavía se deja oír, insiste en que la nueva deuda supranacional contemplada a escala europea tiene que ser reembolsada en un periodo que oscilaría entre los diez y los veinte años en vez de ser refinanciada mediante un nuevo endeudamiento. Este tipo de creación de deuda europea ha de ser un hecho puntual característico de una situación de emergencia y no convertirse en un hábito como ha sucedido con la deuda de carácter nacional. En este caso, es la izquierda la que guarda silencio a no ser para sugerir explícitamente que en realidad la deuda no es un problema, especialmente en el momento presente cuando los tipos de interés rozan los mínimos por todos conocidos. Si los tipos se hallan próximos a cero, ¿no está la deuda gratuita careciendo de todo coste fiscal? Y, ¡sorpresa, sorpresa!, si las tasas de crecimiento económico son mayores que los tipos de interés, el ratio deuda/dimensión de la economía disminuye por definición y ni la austeridad ni el reembolso son necesarios.

El incremento de los intereses de la deuda pública en tan solo uno o dos puntos porcentuales puede provocar, si los niveles de deuda son equivalentes o superiores al PIB, como de hecho con frecuencia lo son, la quiebra de un presupuesto nacional

Ojala las cosas fueran tan sencillas. En el momento presente no dejan de aparecer nuevas teorías que insisten en que los tipos de interés se mantendrán en niveles ínfimos durante un periodo prácticamente indefinido. Pero, ¿y si estas teorías son erróneas como sostienen otras? ¿No debería el enorme endeudamiento público consecuencia del coronavirus provocar por sí mismo el alza de los tipos de interés? El incremento de los intereses de la deuda pública en tan solo uno o dos puntos porcentuales puede provocar, si los niveles de deuda son equivalentes o superiores al PIB, como de hecho con frecuencia lo son, la quiebra de un presupuesto nacional. Y dado el penoso crecimiento de la mayoría de las economías nacionales desde 2008 (excepto Alemania, que ha absorbido hasta dejar secos al resto de países de la unión monetaria), ¿quién puede garantizar que el crecimiento estará por encima de los tipos de interés en vez de por debajo? Incidentalmente, el nuevo dinero generado por el coronavirus únicamente puede provocar crecimiento siempre que sea invertido en proyectos que mejoren el comportamiento económico agregado, medido en función del PIB, en lugar de ser consumido (se oye decir que el dinero europeo ha de invertirse primordialmente en “digitalización”, la cual puede costar innumerables puestos de trabajo a falta de una política efectiva que regule el mercado laboral y de la existencia de sindicatos fuertes).

Por otro lado, el fondo de “reconstrucción” del coronavirus financiado mediante el endeudamiento de la UE, cuyo volumen proyectado inicial asciende a 750 millardos de euros destinados a ser gastados entre 2021 y 2027, devengará intereses con cargo al presupuesto regular de la Unión a partir de 2028 a no ser que los veintisiete Estados miembros acuerden nuevos impuestos de alcance europeo, lo cual, sin embargo, parece improbable entre otras cosas porque reduciría su propia base imponible.

Así pues, el servicio de la deuda puede ser pagado bien emitiendo más deuda, lo cual convertiría la deuda de la UE en deuda externa, seguramente creciente, o bien puede ser atendido con cargo al presupuesto ordinario de la UE financiado por los Estados miembros mediante contribuciones superiores o a costa de recibir un menor apoyo por parte de la misma. ¿O bien aparecerá un caballero andante y sacará su cartera? Es célebre la afirmación de Yannis Varoufakis, recién nombrado ministro de Finanzas de Grecia, hecha a la revista francesa La Tribune el 26 de enero de 2015: “Con independencia de lo que digan los alemanes, al final pagarán”. Se trató de un error de cálculo en ese momento y es probable que lo sea también siete años después.

El capital que posibilita el endeudamiento del Estado se ha acumulado básicamente en las cuentas bancarias de los ricos, que muestran una gran habilidad a la hora de colocarlo en paraísos fiscales y de arrancar beneficios fiscales de los gobiernos

Sin embargo, lo creamos o no, estos son problemas menores. Merece la pena preguntarse qué pueden hacer 750 millardos de euros, por muy enorme que a primera vista parezca esta cifra, por veintisiete Estados durante un periodo de siete años. Originalmente, la Comisión esperaba transferir 172,7 millardos a Italia y 140,4 millardos a España, coincidiendo con el inicio del periodo presupuestario que concluirá en 2027. Comparativamente, Alemania ya ha aprobado dos presupuestos nacionales de emergencia para 2021 de no menos de 374 millardos de euros. Dejando de lado el hecho, tan a menudo observado por analistas como quien esto escribe y con igual frecuencia rápidamente eludido por los atareados hombres y mujeres que gestionan el por ellos denominado “proyecto europeo”, de que las ayudas puntuales no pueden remediar las condiciones estructurales que las han hecho necesarias. Y recordemos que vivimos en un mundo capitalista, no en un mundo de “solidaridad”, queriendo decir con ello que cuando llega una situación crítica el fuerte sufre menos que el débil y dispone de más recursos para aminorar su sufrimiento, de modo que, cuando la emergencia concluye, el fuerte siempre es más fuerte y el débil, más débil (el PIB alemán disminuirá tan solo el 6% en 2020, mucho menos que el de los países mediterráneos y Francia).

Esto finalmente nos trae al punto crucial del asunto: la relación existente entre deuda pública y desigualdad económica. La deuda pública es capital privado. Los Estados tienen que endeudarse habitualmente porque no tienen el poder de gravar a sus sociedades para financiar los bienes colectivos que estas requieren. El capital que posibilita el endeudamiento del Estado se ha acumulado básicamente en las cuentas bancarias de los ricos, que muestran una gran habilidad a la hora de colocarlo en paraísos fiscales y de arrancar beneficios fiscales de los gobiernos. El hecho de que hoy verifiquemos la existencia de la denominada “superabundancia de ahorro”, al mismo tiempo que una permanente situación de déficits públicos, es el resultado del rápido crecimiento de la desigualdad en las diversas economías nacionales verificado durante las últimas décadas.

El capital privado está creciendo, pero no puede encontrar oportunidades de inversión, dada la falta de poder de compra —de demanda agregada— provocada por el mismo diferencial de renta que ha hecho posible la acumulación de ese capital excedente. Empresas como Apple y Google disponen de enormes reservas de recursos monetarios, que mantienen a modo de seguro contra la incertidumbre global o para recomprar sus propias acciones. Un modo de mantener ese capital seguro —una especie de lavado de dinero, si queremos enunciarlo así— es invertirlo en deuda pública. Lo que el Estado debería haber confiscado es objeto ahora de endeudamiento, salvaguarda y, en tiempo normales, incluso de devengo de intereses.

Los ricos, en vez de ser privados de sus beneficios excesivos, pueden conservarlos, hacer que el Estado vele por ellos en su nombre en lugar de gravarlos y obtenerlos como ingresos tributarios, y, cuando mueren, transmiten sus títulos públicos a su descendencia, fortaleciendo de ese modo la estructura de clase que les permite prosperar. Un paraíso capitalista como nunca ha existido sobre el que la izquierda haría bien en reflexionar.



Wolfgang Streeck
Director emérito del Max Planck Institute for the Studies of Societies de Colonia

El Salto

Créditos a la foto de cabecera: Imagen de Sancho R. Somalo

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