¿Las vidas de las estatuas importan?

Mirar al pasado no nos convierte en estatuas de sal. Lo que más determina cómo el mundo es hoy es cómo este fue ayer, por lo que interrogar al pasado y a la historia es condición necesaria para construir el presente y sentar las bases de un futuro mejor. Hacerlo, sin embargo, tiene costes y genera resistencias. Es importante, por ello, intentar desentrañar de qué formas la historia actúa sobre el presente y de dónde surgen esos costes.

Que George Floyd se quedara sin respiración después de que una rodilla uniformada blanca estrangulara durante casi nueve minutos su cuello negro podría no haber tenido ningún significado más allá de constituir un punto adicional en una vasta serie de datos de larga duración sobre violencia policial contra las personas negras en Estados Unidos. Sin embargo, ha encendido la mecha de un movimiento que se inició en varias ciudades estadounidenses como reacción violenta a la violencia, que continuó y se masificó hasta llegar a lugares recónditos de la geografía norteamericana, que está exigiendo a nivel local cambios radicales en la organización de la policía, y que ha terminado por tornarse un movimiento transnacional de acción solidaria contra el racismo.

Una de las acciones emprendidas por manifestantes en varios rincones del planeta que más polvareda ha levantado ha consistido en vandalizar y, en ocasiones, hasta derribar estatuas de figuras que se entienden como representativas de la violencia racista. Así, en Filadelfia, una ciudad en la que en 1985 la policía lanzó una bomba con explosivo plástico C-4 desde un helicóptero contra las casas que ocupaba en el barrio del oeste de Filadelfia el grupo radical de liberación negro MOVE, asesinando a 11 personas —incluyendo 5 niños— y destruyendo más de 60 viviendas, se atacaron durante las recientes protestas y, finalmente, fueron retirados, los murales y estatuas que conmemoraban al jefe de policía y exalcalde de la ciudad, Frank Rizzo.

Ya son famosas también las imágenes de manifestantes en Bristol, Reino Unido, lanzando al río la estatua del esclavista Edward Colston. En Oxford ha resurgido la iniciativa, siempre latente, para retirar la estatua del millonario supremacista Cecil Rhodes que figura en la fachada de su añeja universidad. En Bélgica continúa la campaña para eliminar del espacio público las estatuas del genocida Leopoldo II, que en ciudades tan importantes como Amberes ya han sido retiradas. En Londres, la estatua del eminente Winston Churchill fue decorada con una pintada en la que se leía: “Era un racista” y a día de hoy permanece blindada.

Es fundamental en la discusión sobre qué hacer con las estatuas, que no nos quedemos en la superficialidad de una frase tan manida como que “la historia importa”. Lo que debemos dilucidar es cómo la historia actúa sobre el presente

Las actuaciones contra las estatuas y elementos conmemorativos de personajes y eventos pasados, ya sean espontáneas o promovidas desde las instituciones, han sido recurrentes a lo largo de la historia. En cada sitio, además, suelen plantar, recoger y cocer sus propias habas. Hace tres años, en nuestra vecina Portugal, un movimiento por la “descolonización” y contra el racismo intentó realizar una protesta contra una estatua del misionero jesuita António Vieira, en la que aparece este blandiendo una cruz y rodeado de niños amerindios. La protesta fracasó cuando un grupo de extrema derecha se situó al pie de la estatua al grito de “los portugueses, primero”, custodiando así la estatua y, con ella, también las esencias y el buen nombre del pasado portugués. Hace unos días, la estatua fue vandalizada. En España, una de las últimas situaciones polémicas de este tipo se solventó con la a veces deliciosa nocturnidad que concede el Boletín Oficial del Estado.

Se suele achacar a estos actos un desprecio por la historia, una falaz y anacrónica reinterpretación de esta sobre la base de valores presentes, y un menoscabo de figuras que fueron importantes por hechos y razones que no necesariamente tienen que ver con aquellos que hoy valoramos. Quizá, sin embargo, sean más una constatación de que la historia es un elemento vivo, de que el conocimiento histórico es un proceso acumulativo y de que hemos adquirido mayor conciencia de que la historia, y lo que decimos y escondemos de ella, tiene importancia tanto para constituir el presente como para edificar las bases del futuro. También, la reacción frente a estas acciones nos indica que navegar a contracorriente de la deriva histórica genera costes y violencia.

LA MUJER DE LOT Y LOS ÁNGELES DE LA HISTORIA

En el libro del Génesis se narra una conocida leyenda sobre dos ciudades, Sodoma y Gomorra, centros neurálgicos del vicio y la corrupción de las almas y los cuerpos. Al entender que en estos lugares la situación es ya insostenible, y previa consulta con el patriarca Abraham, Yahvé toma la determinación de enviar a dos ángeles, que destruirán las ciudades salvo que allí se encuentren personas justas. Cuando los ángeles llegan a Sodoma se hospedan en casa de Lot, sobrino de Abraham. Después de la cena, el pueblo sodomita, sediento de pecado, rodea la casa de Lot para que los ángeles, varones, les sean entregados para así sodomizarlos. Con ánimo de proteger a los ángeles, Lot conmina a la muchedumbre a tranquilizarse y les ofrece a sus dos hijas, aún vírgenes, para que satisfagan con ellas sus deseos más carnales. El pueblo sodomita rechaza que Lot les marque la pauta y no ceja en su intento de que les sean entregados los huéspedes. Finalmente, los ángeles de Yahvé intervienen dejando ciego al pueblo, lo que permitirá a la familia de Lot descansar esa noche. A la mañana siguiente, los ángeles toman la determinación de reducir Sodoma y Gomorra a cenizas, pero antes permiten a Lot y su familia huir, a condición de que su huida sea siempre hacia adelante: son advertidos de que nunca deben mirar hacia atrás. Mientras huyen, sin embargo, la mujer de Lot mira hacia atrás y, de forma instantánea, se convierte en estatua de sal.

Muchísimos años más tarde de que se escribiera esta leyenda, en 1940, el filósofo alemán Walter Benjamin moría mientras huía de la persecución nazi contra los judíos. Murió de una forma algo más ortodoxa —aunque no menos dramática—que la mujer de Lot: logró cruzar como refugiado la frontera entre Francia y España, paso previo a su exilio en Estados Unidos, pero ante la negativa franquista de permitir el tránsito a refugiados como él y la posibilidad de ser devuelto en caliente a Francia, decidió quitarse la vida en la localidad de Portbou (Girona). Benjamin miró hacia atrás y hacia adelante y solo vio destrucción. Antes de morir, sin embargo, dejó algunos textos que todavía hoy son buenos compañeros de viaje para pensar sobre la relación entre historia y progreso.

Los actos contra estatuas y símbolos conmemorativos no miran con desdén hacia ese pasado, sino más bien hacen algo mucho más difícil: lo afrontan

Uno de esos textos son sus crípticas y algunas veces indescifrables Tesis sobre la teoría de la historia. En una de esas tesis, Benjamin se refiere a un cuadro de Paul Klee, el Angelus Novus. Benjamin ve en el ángel pintado por Klee al “ángel de la historia”. Ese ángel, describe Benjamin, mira hacia atrás, hacia el pasado, y solo ve una acumulación de ruinas. El ángel querría pararse a reconstruir sobre esos restos, pero un viento le empuja irremediablemente hacia adelante. A ese viento huracanado se le ha venido llamando “progreso”.

Escribía hace unos días Vicente Rubio-Pueyo en CTXT que las protestas de estos días, en tanto que rebelión, son una reacción contra el tiempo presente, pero también que el ataque a las estatuas tenía algo de “fiesta de resurrección” de cosas pasadas. Se puede ir mucho más allá. El cariz que han tomado las protestas sugiere que hay una toma de conciencia de que el mundo en el que hoy habitamos y que se nos presenta en muchos sentidos violento e injusto ha sido moldeado por las acciones y omisiones de las personas que habitaron el pasado y que tuvieron en sus manos haberlo hecho mejor. Los actos contra estatuas y símbolos conmemorativos no miran con desdén hacia ese pasado, sino más bien hacen algo mucho más difícil: lo afrontan.

La generación presente, en su rebelión, mira hacia atrás sin temor a convertirse en estatua de sal, como la mujer de Lot. Pero va más allá: los manifestantes, con sus cuerpos, actúan de paravientos contra la presunta irremediabilidad del devenir de los acontecimientos históricos. Han entendido que, como sugirió Benjamin, a veces el verdadero progreso requiere accionar el freno de mano de la historia, pararse a reconstruir sobre las ruinas que nos deja el pasado y no dejar que este sea la única fuerza que nos arrastre hacia el futuro.

LAS TECNOLOGÍAS Y LA ECONOMÍA DE LA HISTORIA

Es fundamental en la discusión sobre qué hacer con las estatuas que no nos quedemos en la superficialidad de una frase tan manida como que “la historia importa”. Lo que debemos dilucidar es cómo la historia actúa sobre el presente.

Cuando miramos a nuestros teclados, la primera sucesión de letras que aparece es Q-W-E-R-T-Y. Esto, como podemos sospechar, no es una casualidad. Paul David presentó en 1995 un artículo que, desde entonces, se ha convertido en un clásico de la historia económica. En él contaba que el teclado que hoy utilizamos en casi todos los países de alfabeto latino, con pequeñas variaciones, tiene su origen en Milwaukee (Wisconsin), en la segunda mitad del siglo XIX. En 1867, un hombre llamado Christopher Latham Sholes diseñó y patentó una nueva máquina de escribir. En los años siguientes, Sholes intentó perfeccionar la máquina para hacer más fácil y fluida la escritura, llegando en 1873 al teclado que empieza con QWERTY.

Si bien durante dos décadas se siguieron inventando máquinas diferentes y, quizá, mejores, a finales de 1880 se descubrió que la dactilografía (touch typing), una técnica que permitía mecanografiar con todos los dedos sin necesidad de mirar al teclado, era superior a la práctica de escribir con dos dedos y mirando al teclado (hunt-and-peck). La dactilografía fue incorporada sobre la base del teclado QWERTY y, así, técnica de escritura (software) y máquina (hardware) quedaron íntimamente ligadas.

Con el paso de los años se fueron inventando nuevos teclados propicios para la dactilografía y que se probaron más rápidos y eficientes que el QWERTY. Un ejemplo es el teclado conocido como DSK (Dvorak Simplified Keyboard), patentado por August Dvorak y W. L. Deadly en 1932. Sin embargo, el teclado QWERTY, probablemente por el hecho de que ha sido el que siempre se ha utilizado y el que más personas utilizan, se sigue utilizando.

Las actuaciones contra las estatuas y elementos conmemorativos de personajes y eventos pasados, ya sean espontáneas o promovidas desde las instituciones, han sido recurrentes a lo largo de la historia

Esta pequeña historieta sobre el QWERTY ilustra lo que los economistas suelen denominar como “dependencia del camino” (path-dependence). Por un lado, refleja que lo que vemos en el presente no es siempre la mejor de las opciones posibles. Por otro, nos deja entrever que, si eso es así, se debe en ocasiones simplemente a las cosas que ya eran antes, y a que cambiar (adoptar una nueva tecnología) puede conllevar unos costes enormes de adaptación y de aprendizaje. También, nos enseña que dos tecnologías que van de la mano tienden a perpetuarse mutuamente cuanto más se usan (lock-in).

EL RACISMO COMO TECNOLOGÍA DE DOMINACIÓN

Si uno de los mayores determinantes del tiempo presente es el pasado, indagar e incidir sobre el pasado (sobre la historia) debe permitirnos construir un nuevo tiempo presente. Esto no implica necesariamente caer en el anacronismo o el presentismo. Implica, fundamentalmente, reconocer cuáles son las condiciones materiales y las tecnologías que emergieron en el pasado y que se han arrastrado hasta el mundo tal y como lo conocemos hoy.

En ese reconocimiento la historia no es, ni mucho menos, unívoca. En la historia está que Winston Churchill fue una pieza clave para la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial —también, con toda su complejidad añadida, lo fue Stalin, y no por eso muchos justificarían estatuas conmemorativas al líder soviético—. Pero también está en la historia, como nos ha recordado en los últimos días el historiador Richard Toye, que Churchill transitó desde una inicial leve posición crítica frente al imperialismo hacia un supremacismo anglo y un conservadurismo imperialista recalcitrante, no muy diferente del promovido por Cecil Rhodes décadas antes.

Aunque se nos quiera hacer pensar lo contrario, en el tiempo histórico de Churchill y Rhodes no todo el mundo era supremacista ni imperialista. Lenin escribió en 1916 una crítica al imperialismo, al que entendió como un proceso necesariamente derivado (por tanto, endógeno) del proceso de acumulación capitalista. Unos años antes, el economista J. A. Hobson había publicado un estudio (prologado en una nueva edición de 2001 por el ya exlíder laborista Jeremy Corbyn y por el que recientemente ha sido tachado de antisemita) en el que concebía el imperialismo como una afrenta contra el interés general británico y una captura del Estado por una minoría con intereses económicos privados claros y definidos. Si el supremacismo blanco, tan extendido por Europa a finales del siglo XIX y la primera mitad del XX —y no por ello menos contestado— no hubiera tocado en su momento ninguna base material, quizá hoy no sería más que una rémora del pasado. Pero no es así.

Alrededor de 1850, el etnógrafo, geógrafo y explorador británico John Hanning Speke “descubrió” la zona de los Grandes Lagos, en África oriental. Su experiencia allí le llevó a formular su famosa hipótesis camita: algunos pueblos africanos, entre los que se incluían unos que se hacían llamar batutsi, habrían migrado desde la antigua Etiopía y Egipto y tendrían un linaje camito-semítico y, por ende, caucásico. Las personas de estos pueblos eran más altas y su nariz era más pequeña. Eran, en realidad, negros solo en apariencia. Eso convertía a los batutsi en un pueblo jerárquicamente superior en la escala evolutiva. En un lugar inferior, al contrario, estarían otros como los bahutu, es decir, los negros de verdad. Cuando la partición europea de África en 1885 adjudicó a la recién unificada Alemania la dominación de territorios entre los que se incluían lo que hoy llamamos Ruanda o Burundi, los exploradores, antropólogos y oficiales alemanes que llegaron a la zona se sirvieron de esta construida distinción étnica para determinar que, dado que esa minoría a la que se llamaba tutsi estaba preparada para la civilización, también lo estaría para ocupar cargos de gobierno. No así los hutu, que solo estaban naturalmente preparados para obedecer. En 1916, durante la Primera Guerra Mundial, los belgas ocuparon el territorio y distribuyeron tarjetas de identidad para diferenciar a los miembros de una “etnia” de los de la otra. Como lo del tamaño de la nariz no parecía estar tan claro, tomaron la determinación de atribuir la categoría étnica de tutsi a aquellos que poseían más de diez cabezas de ganado; los hutu serían aquellos que tenían menos.

La inmensa mayoría de las estatuas que hoy se vandalizan no se erigieron en el momento histórico en que los personajes conmemorados vivieron o lograron sus hazañas

En realidad, el significado original de hutu tendría más que ver, precisamente, con las labores que desempeñaba este grupo: pastores, agricultores, que trabajaban como siervos. Por su parte, tutsi eran originalmente aquellos que eran propietarios y que recibían servidumbre. Es decir, una distinción histórica de clase fue maleada por la maquinaria imperial europea (hardware), a través de una serie de tecnologías (entre ellas, el racismo científico) para tornar esa máquina más eficaz.

En los años 60, los hutu entendieron que las mayorías nacionales eran las que estaban legitimadas para gobernarse a sí mismas, así que incluyeron en el proceso de independencia contra los belgas la hipótesis camita (enteramente refutada a día de hoy) para justificar la exclusión de los tutsi de las posiciones de gobierno, en tanto que eran un grupo étnico venido de fuera. Todos guardamos en la memoria las imágenes del “genocidio” (en verdad, ¿hay entre hutu y tutsi una diferencia nacional, religiosa, étnica, o racial para definirlo como genocidio?) de Ruanda en 1994, pero la historia no son eventos desagregados y resulta difícil entender 1994 sin detenerse a observar los vientos históricos que soplaron en esa dirección.

No nos debe extrañar en este punto que, en cierta medida, los conflictos raciales en Estados Unidos se parezcan más a las luchas propias de un proceso de descolonización (¿cómo se explicaría, si no, una policía bombardeando y asesinando a su propia población?). El ataque a las estatuas en Europa también formaría parte de un proceso de descolonización de sí misma y, en tanto que tal, como sugirió Frantz Fanon, un proceso necesariamente violento.

Al igual que el QWERTY y la dactilografía, el hardware de la maquinaria del poder (económico, esclavista, imperial, colonial, etc.) y el software del racismo arrastran una deriva histórica de complementariedad (tecnológica) que hace muy difícil el desentrañamiento de este mirando solo al presente. Acudir a la historia se hace, por tanto, necesario. Desafiar las narrativas nacionalistas y autoindulgentes sobre el imperialismo (americano y europeo) y su relación con el racismo no es ir a lo fácil. Al contrario: es un proceso expurgatorio, doloroso y que genera resistencias, porque desaprender cosas que se llevan mucho tiempo utilizando por muchas personas y aprender de nuevo tiene costes.

¿SE DEBEN DERRIBAR LAS ESTATUAS?

La inmensa mayoría de las estatuas que hoy se vandalizan no se erigieron en el momento histórico en que los personajes conmemorados vivieron o lograron sus hazañas. La de Churchill en Parliament Square es de 1973 (y no de 1940). La de Colston en Bristol, de 1895 (más de 150 años después de su muerte). La estatua del jesuita António Vieira, personaje del siglo XVII, se instaló en Lisboa en 2017. El ejercicio que realizan las generaciones que erigen las estatuas es, cuanto menos, tan anacrónico como aquel que se quiere achacar a las que las vandalizan. En su momento presente, una generación decidió que se debía perpetuar la memoria de una figura o de un evento en el espacio público a través de una estatua. Eso, quizá, se pueda entender como un juicio con valores presentes (los suyos) del futuro (nuestro presente). Sabiendo además de la incidencia que tiene el pasado sobre el presente (y también, por tanto, el presente sobre el futuro), estaríamos de alguna forma ante un anacronismo con ciertas dosis de imposición.

Esto no justificaría, sin embargo, el derribo o la destrucción de esos elementos. La estatua de Leopoldo II de Bélgica con la cabeza y las manos llenas de pintura roja nos proporciona una imagen más fiel (y, en consecuencia, violenta) de la realidad histórica que la de un Leopoldo II pulcro y limpio a lomos de su caballo. Probablemente, también sea una imagen más fiel que la de una plaza sin estatua.

Las estatuas tienen varias vidas y todas ellas importan. No en el sentido de que tenemos que protegerlas y mantenerlas de una forma casi fetichista, sino en tanto en cuanto todas esas vidas (y muertes) nos construyen el presente y van a determinar, en mayor o menor medida, el futuro. Es por ello una responsabilidad generacional, colectiva, democrática e histórica decidir qué hacer con ellas.



Alberto Gamboa
Doctorando en Historia en la Universidad de Pennsylvania, Filadelfia

El Salto

Créditos a la foto de cabecera: Retirada de la estatua del traficante de esclavos Antonio López en Barcelona. / Víctor Serri

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