Black Lives Matter, también en el Mediterráneo central

La obsesión europea por su frontera no sólo está empujando a los miembros de la Unión a encontrar soluciones ilegales y extraoficiales, sino que también le está costando a la UE una fortuna, que podría destinarse mas bien a recibir dignamente a las personas que huyen de las guerras, la miseria y la persecución.

El racismo está en la base de las políticas migratorias a través de las cuales la UE evita sistemáticamente el rescate marítimo frente a Libia, dejando que innumerables personas se ahoguen o sean devueltas a la guerra civil, a la detención arbitraria y a la tortura. Carola Rackete, la reconocida capitana de Sea Watch, se dirige asi “a aquellos que creen que el racismo institucional es un problema de otros”, añadiendo su voz a las miles que en estos días se están juntando para afirmar que las vidas negras importan.

El Mediterráneo central —al cual la capitana se refiere— es una de las rutas más mortíferas emprendidas por los solicitantes de asilo en la actualidad, y uno de los lugares donde las vulneraciones de derechos en el mar se hacen más evidentes que nunca. En 2019 más de setecientas personas perdieron la vida en el mar, mientras unas quince mil llegaron a Europa. Sin embargo, el número de personas que llegan al continente a través de la costa italiana se ha reducido drásticamente en comparación con los ciento veinte mil que desembarcaron en la península en 2017, según ACNUR. 

Este considerable descenso es el resultado intencionado de una estrategia aplicada por los gobiernos europeos, con Italia a la cabeza, destinada a reforzar los bastiones de la frontera mediterránea, retirando progresivamente los medios de rescate gubernamentales y no gubernamentales en el mar y subcontratando el control de las fronteras a la llamada guarda costera libia —de facto milicias reclutadas en el frente de Trípoli— mediante la prestación de apoyo material, técnico y político ofrecido por Europa.

La inestable situación en las costas libias en pleno conflicto civil y la falta de fiabilidad de la llamada guardia costera libia empujaron a  varias embarcaciones a desviarse entre las patrulleras de las milicias libias y alcanzar a la bien conocida zona SAR maltesa, o sea las aguas internacionales bajo la coordinación de las autoridades de La Valletta.

Malta, que en 2017 registraba sólo veintitrés llegadas, en 2019 acabo recibiendo solicitud de asilo de unas 3.400 personas

Así, si por un lado la retirada de los buques de rescate internacionales en el Mediterráneo central dio lugar a una drástica bajada de las llegadas a Italia, por el otro provocó un aumento del número de llegadas al pequeño país insular de Malta. La isla, que en 2017 registraba sólo veintitrés llegadas, en 2019 acabo recibiendo solicitud de asilo de unas 3.400 personas.

Malta, un país autónomo insular de unos 300 kilómetros cuadrados, cuenta con menos de medio millón de habitantes; se abastece casi totalmente de importaciones y se ve obligado a producir agua dulce mediante sistemas de ósmosis inversa. Siendo las autoridades de La Valletta, la capital, responsables de coordinar las operaciones de rescate en esta zona marítima, las solicitudes de asilo de las personas rescatadas se acumulan en la isla.

Ninguna estrategia de redistribución sistemática de las solicitudes entre los miembros de la UE ha sido hasta ahora ofrecida por Bruselas. Sin embargo, la suposición de que Malta podría gestionar por sí sola esta dimensión de la crisis migratoria del Mediterráneo central —aunque sea sólo debido a las características geográficas de su área SAR— resulta simplemente inviable.

Recientemente, el periodista italiano Nello Scavo reveló cómo las autoridades de La Valletta acabaron respondiendo al creciente número de llegadas con algunas estrategias turbias y definitivamente ilegales. Entre el 10 y el 13 de abril, después de dejar la costa libia, cuatro barcos se pusieron en contacto con Alarm Phone, una línea telefónica de ayuda para quienes se encuentran en peligro en el mar.

Las cuatro pateras no tenían ninguna posibilidad de cruzar los cientos de millas de mar abierta entre Libia y la tierra firme italiana: la ruta es técnicamente imposible para una embarcación tan hacinada y de tan baja calidad como las que utilizan los traficantes en la costa libia, y la cantidad de combustible que se puede cargar a bordo es demasiado limitada para esa distancia.

Sin embargo, dos de las cuatro pateras llegan milagrosamente a la costa de Sicilia. Los dos botes de goma habían abandonado juntos la costa libia y luego perdieron el contacto por la noche. El primer bote de goma, con 101 personas a bordo, logra atracar en el puerto de Pozzallo el día siguiente, mientras el segundo, con 77 personas, llega a Capo Passero, la punta sureste de la Sicilia continental, la mañana del lunes.

Pero el centro del Mediterráneo no es un lugar de milagros, como bien saben los periodistas y los voluntarios que trabajan desde años en el área. Y las investigaciones de Scavo, basadas en testimonios directos de los solicitantes de asilo, revelaron unas semanas despues el incómodo truco detrás de estas llegadas milagrosas.

El sábado 11 de abril, las dos pateras acababan por separado en aguas maltesas. Aquí por fin una patrullera P02 de las Fuerzas Armadas de Malta abordaba el primer bote de goma, pero no para rescatarlos sino para redirigirlos a Libia. Algunas de las personas del bote de goma filman la escena por unos segundos: la secuencia es trágica, ya que varios se lanzan al agua negándose a volver a Trípoli. Muchos de ellos ni siquiera saben nadar. Finalmente, el motor del bote de goma se rompe. En este punto, los militares desisten y, una vez recolocados todos a bordo, entregan a los náufragos un nuevo motor y unos tanques de combustible, suficiente para prolongar la travesía otros 100 kilómetros, rumbo a Italia.

Mientras tanto, en la noche entre las dos llegadas milagrosas a la península siciliana, el pesquero Dar Al Salam 1 deja La Valletta sin declarar su destino y desaparece de las cartas marítimas justo después de su salida. Un helicóptero de las Fuerzas Armadas de Malta guiará el Dar Al Salam 1 y un segundo barco, el Tremar, hasta una tercera patera, a la deriva en en la zona SAR maltesa desde cinco dias.

El Capitán Abdelrazek, patrón del Tremar, declarará más tarde al New York Times que los dos arrastreros recibieron instrucciones de las autoridades en La Valletta de salir del puerto, interceptar el barco de los refugiados y traerlos de vuelta a Libia. Los 51 supervivientes serán embarcados en el Dar Al Salam 1 y llevados a Trípoli en la mañana del 15 de abril, junto con los cinco cadáveres de sus compañeros que murieron de deshidratación después de cinco días abandonados en el mar.

Una flota encubierta de barcos pesqueros organizada por las autoridades maltesas comete devoluciones ilegales, un crimen frente al derecho internacional

Pocos días después, Scavo revelará que el Dar Al Salam 1 y el Tremar forman parte de una flota encubierta de barcos pesqueros organizada por las autoridades maltesas para cometer devoluciones ilegales, un crimen tanto frente al derecho internacional como frente a las convenciones internacionales de búsqueda y rescate. 

Tras el descubrimiento de los acuerdos secretos con Trípoli, Malta decidió negociar abiertamente un memorandum con el presidente libio Faez al Sarraj, firmado por el primer ministro Robert Abela, recién investigado y destituido por cargos de devolución en caliente. Los dos países cazarán juntos a los migrantes en el Mediterráneo, con nuevos fondos de la UE que se asignarán a Trípoli.

En el Mediterráneo central, los síntomas de la fobia europea a la poblacion migrante son extremadamente intensos y capaces de desvelar el egoísmo de los miembros de la unión. Los países fronterizos se quedan solos frente a miles de llegadas, sin ninguna oferta de redistribución por parte de los demás miembros de la Unión, al amparo de la crisis en el centro del continente.

Los crímenes contra las leyes internacionales perpetuados entre el 10 y el 15 de abril por las autoridades maltesas nacen tambien de la falta de una propuesta concreta de redistribución de las demandas de asilo. La Unión Europea, obsesionada por sus fronteras, tolera y de facto autoriza prácticas de racismo institucional contra personas vulnerables en busca de protección.

Europa teme a la migración y la considera —sin ninguna evidencia— una verdadera “amenaza” para el continente, produciendo una verdadera compulsión por la protección de las fronteras. En lugar de apoyar una respuesta humanitaria a la crisis, la Unión aprobó el pasado diciembre un presupuesto de 10.000 millones de euros a la agencia Frontex. La misma agencia que vigila las pateras en el Mediterráneo con sofisticados aviones, sin ninguna capacidad —ni intención— de rescate.

Los crímenes contra las leyes internacionales perpetuados entre el 10 y el 15 de abril por las autoridades maltesas nacen también de la falta de una propuesta concreta de redistribución de las demandas de asilo

La obsesión europea por su frontera no sólo está empujando a los miembros de la Unión a encontrar soluciones ilegales y extraoficiales, como la flotilla de arrastreros malteses, sino que también le está costando a la UE una fortuna, que podría destinarse mas bien a recibir dignamente a las personas que huyen de las guerras, la miseria y la persecución.

Las autoridades europeas se presentan como persistentes defensores de los derechos humanos universales y fundamentales, pero autoriza practicas de verdadero racismo institucional contra los seres humano al otro lado de sus fronteras, convertidas en zanjas mortales.



Valeria Alice Colombo
Médica de Misión en Proactiva Open Arms y Sea Eye

El Salto

Créditos a la foto de cabecera: La tripulación del Sea Watch 3 muestra solidaridad con las movilizaciones por la muerte de George Floyd. / Imagen de Sea Watch

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