¿Quién me está gritando que no puede respirar?

“Gitanos y ‘moros’ siguen siendo los ‘otros’ paradigmáticos de nuestra sociedad. Hablar de #BlackLivesMatter en España es necesariamente hablar de esto”.

#BlackLivesMatter. “Las vidas negras cuentan”. Hace unos días, George Floyd murió asfixiado porque un policía le aplastó el cuello con la rodilla durante ocho minutos y cuarenta y seis segundos. Y la cuestión del racismo, esa corriente subterránea que nunca cesa, afloró. Mientras en Estados Unidos se multiplicaban las protestas (y también su represión por parte del mismo sistema al que estaban señalando), la solidaridad internacional mostraba su apoyo a toda pantalla. 

Pero en escandalizarse por la injusticia lejana siempre late una trampa. 

Sobre la contradicción de ver el racismo de allí, pero no el de casa, daba algunas claves Helios F. Garcés en un hilo de Twitter. Hay algo de fetichismo, explicaba, en nuestra mirada sobre la cultura afroamericana y sus luchas: “La influencia de la industria cultural yankee, con todos sus clichés, resuena en buena parte del imaginario europeo, especialmente el de determinadas generaciones. Para muchos, ver las imágenes de las revueltas es como ver una película de Spike Lee o algunas de esas series de tirón internacional que se venden en Netflix o HBO”. 

A menudo intentamos traducir opresiones y luchas de manera automática. Importamos imaginarios y debates como si se pudiesen trasplantar sin el esfuerzo que implica hacer una traducción entre contextos diferentes. Y, así, volvemos a dejarnos la realidad por el camino. Invisibilizamos, distorsionamos. Nos flipa Harlem, pero en nuestros pueblos y ciudades no hacemos caso a esos barrios que llamamos “las casas baratas”. Tarareamos hits chicanos, pero no oímos nada cuando habla ese idioma de frontera que nos dice “shukran” y “alhamdulilah”. Miramos con los ojos muy abiertos las protestas de estos días, pero no vemos que son las mismas en las que a menudo dejamos solos, bajo la lluvia, a nuestros compañeros y compañeras racializadas. 

Si algo deja claro la perspectiva interseccional es la importancia de la posición situada, de delimitar bien de qué estamos hablando en cada caso, cuáles son sus matices. De entender cómo el sistema actúa siempre de manera similarpero también diferente. El debate del racismo y de las identidades no se puede trasladar del contexto estadounidense al español buscando calcos de fotogramas, sino desentrañando cuál podría ser su correlato en esta parte del mapa. 

Una de las revelaciones más importantes del activismo negro tiene que ver con señalar lo que hay bajo la alfombra del sueño americano. Cómo la imagen idealizada de la democracia se apoya sobre una historia de expolio y violencia; cómo una construcción nacional que se jacta de su pluralidad y su inclusividad es sin embargo una historia parcial que ha ocultado la esclavitud y el genocidio que le son fundantes.

Esta perspectiva también es útil en el caso de España, pero hay que traducirla. Fue Patricia Caro Maya la primera que me contó, por ejemplo, que en nuestro país la discriminación a la población gitana se institucionaliza en época de Fernando VI, con una primera orden de persecución que tenía, por lo demás, todo que ver con una construcción de género que no estaba dispuesta a permitir el contrapunto de las mujeres kalís

Antes aún, el principio mismo de la idea de España está relacionado de manera determinante con una exclusión: la expulsión de moriscos y judíos en época de los Reyes Católicos y sus sucesores, que dio lugar, también aquí, a una construcción nacional enraizada en la diferencia, en la pureza de la raza, en el rechazo a la otredad. Esas dos identidades, gitanos y moros, siguen siendo hoy en día los otros paradigmáticos de la sociedad española. Hablar de #BlackLivesMatter en España es necesariamente hablar de esto.

En cuanto a las vidas negras propiamente dichas, repasar la historia también ayuda a entender una particularidad contextual forjada como mínimo en tres tiempos: el colonial más lejano, cuando este país se vio implicado en la esclavitud a través de las rutas americanas; el colonial del siglo XX, con el caso específico de Guinea Ecuatorial; y las actuales rutas migratorias. Repasar este entramado histórico (en el que también se entrelazan de manera ineludible lo latinoamericano y lo magrebí) es clave para entender por qué también hoy en España “la raza te extranjeriza”, como explica Lucia Mbomio, y de qué maneras específicas lo hace. Revisar desde este prisma nuestras narrativas, nuestras posiciones y nuestra propia identidad deja a la luz el hecho de que el racismo es estructural, sistémico, y no podemos reducirlo a casos o a comportamientos personales.

Y que de aquellos polvos, estas desigualdades. Otro de los elementos que vemos con mucha claridad en el caso estadounidense es que la opresión histórica no termina en el pasado, sino que se actualiza una y otra vez. Si estos días las calles se están llenando de manifestantes no es solo por la muerte de George Floyd, sino también porque el coronavirus se ha cebado particularmente con la población afrodescendiente, que ha sufrido un mayor impacto tanto de la pandemia como de sus consecuencias económicas. Una vez más, esto también es algo que podemos extrapolar a España, como explicaba Pastora Filigrana en una entrevista reciente: también aquí las vidas gitanas, árabes, bereberes, negras, latinas se ven más golpeadas por esta crisis. Como por todas las crisis. 

#BlackLivesMatter significa que cuenten las vidas de quienes no la tienen garantizada, de quienes saben que siempre podrían ser el próximo muerto. #BlackLivesMatter significa que cuenten las vidas de quienes saben que tienen más posibilidades que los demás de acabar en prisión; menos posibilidades que las demás de encontrar un trabajo. #BlackLivesMatter significa que cuenten las vidas de quienes saben que se emplean más recursos en su represión que en su apoyo. #BlackLivesMatter significa que cuenten las vidas de quienes saben que todo eso es no poder respirar.

A la vez que la huella de la opresión, en las protestas de EEUU también vemos la historia encarnada de una lucha, un legado que se vuelve a poner en pie. Para encontrar, también de esto, nuestra traducción, tenemos que escuchar. Tenemos que enriquecer nuestras genealogías con tantas líneas como han quedado ocultas en el trazado de nuestra memoria colectiva. Y, para los aliados y aliadas, hacerlo sin apropiarnos de las conclusiones ni llevarlas a nuestro terreno, como nos recuerda por enésima vez Gabriela Wiener.

El domingo, en toda España se han convocado concentraciones en memoria de George Floyd y contra el racismo. Pero decir #BlackLivesMatter, desde este aquí nuestro, no puede ser solo un gesto de solidaridad con algo que ocurre en otra parte. 

Decir #BlackLivesMatter, las vidas negras cuentan, tiene que ser decir: Samba Martine, muerta en el CIE de Aluche. Decir: Mame Mbaye, muerto durante una persecución policial. Decir Lavapiés en pie; decir Mohamed Abdoul Hossain, muerto en su casa tras seis días llamando al 112. Decir #BlackLivesMatter, las vidas negras cuentan, tiene que ser decir: temporeras de la fresa, niños y niñas cruzando la frontera sin compañía. 

Decir #BlackLivesMatter, las vidas negras cuentan, tiene que ser decir: el porcentaje de mujeres gitanas en las cárceles españolas multiplica por 20 su presencia en el conjunto de la sociedad. Tiene que ser decir: Lucrecia Pérez, Eleazar García Hernández. #BlackLivesMatter, las vidas negras cuentan: 150.000 refugiados saharauis en los campos de Tinduf. Decir: devoluciones en caliente, concertinas, El Ejido, CIE, CETI, porteadoras en Ceuta y en Melilla. Decir: 42 veces más probabilidades de ser parada por la policía en las calles de cualquier ciudad. #BlackLivesMatter, las vidas negras cuentan: la tasa de pobreza entre niños y niñas gitanas supera el 80%, frente al 30,7% del resto de la población.

Decir #BlackLivesMatter, las vidas negras cuentan, tiene que ser hacernos muy en serio y sin atajos una pregunta: ¿Sobre quién está mi rodilla? ¿Quién me está gritando que no puede respirar?



Laura Casielles

La Marea

Créditos a la foto de cabecera: Protesta en el barrio madrileño de Lavapiés por la muerte del mantero Mame Mbaye, en 2018. / Imagen de Eduardo Robaina

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