José Esquinas: “La pandemia es que entre 30.000 y 40.000 personas mueran de hambre al día”

Hijo y nieto de agricultores, el científico José Esquinas analiza las consecuencias de la COVID-19 y los sistemas alimentarios.

José Esquinas (Ciudad Real, 1945) es un científico de memoria tan prodigiosa como su carrera, dedicada a la investigación y a la concienciación sobre alimentación sostenible. Hijo y nieto de agricultores, Ingeniero Agrónomo, doctor en Genética, Máster en Horticultura por la Universidad de California y humanista gracias a décadas de investigación, reflexión y experiencia, dedicó 30 años a la Organización de la ONU para la Agricultura y la Alimentación, lo que le permitió recorrer más de 120 países y profundizar en las razones menos conocidas que llevan a la pésima distribución de alimentos que provoca decenas de miles de muertes al día pese a la sobreexplotación de los recursos del planeta.

Ese exhaustivo conocimiento es el que le permite denunciar con conocimiento de causa los desmanes de la agroindustria, las incoherencias y la inmoralidad de un sistema económico destinado al enriquecimiento ilimitado de unos pocos y a la insostenibilidad de un medio ambiente más frágil que nunca debido a la arrogancia humana, que pretende someter a la Naturaleza. Ha sido presidente del Comité de la FAO sobre Ética en la Alimentación y la Agricultura, puesto que le permitió profundizar en temas como la biodiversidad agrícola, la justicia distributiva, la contaminación del medio ambiente y la volatilidad de los precios de los alimentos.

En 2011 fue reconocido con el Premio FAO por la Lucha contra el Hambre por su trayectoria personal. Hoy en día, vinculado al ámbito académico en diferentes universidades, defiende la agricultura familiar e insta a poner sentido común sobre nuestro sistema de mercado para que sea sostenible, ético, distributivo y armónico. Porque, como recuerda, “Gandhi decía que Tierra tiene recursos suficientes para satisfacer las necesidades de todos, pero no la avaricia de algunos”. Y porque está en manos de cada uno de nosotros, según Esquinas, ser agentes del cambio.

La pandemia sucede justo cuando las economías emergentes habían ganado peso. Se estima que millones de personas volverán a la pobreza de la que habían salido años atrás. 

El mundo ha evolucionado a lo largo de la historia en ciclos de emergencia, crecimiento, plenitud y decadencia y creo que nos encontramos en un momento de decadencia de la cultura occidental. Decía Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. La COVID-19 puede considerarse uno de esos monstruos.

Para pasar a un nuevo mundo, deben cambiar las prioridades. Cuando éramos sociedades pequeñas y había muchas culturas, cada una de las civilizaciones tenía sus prioridades y la selección natural actuaba. Había miles de experimentos al mismo tiempo, de prueba y error, unos ganaban, otros perdían y se imponían los más exitosos. El gran problema es que ahora vivimos un gran experimento mundial. El proceso de globalización, que por otra parte es inevitable, ha llevado a que se unifiquen las civilizaciones, las culturas y las tendencias. Los medios de comunicación han logrado que las modas sean las mismas en todo el mundo, y eso implica un gran peligro: si fracasa, todos fracasamos.

«Decía Antonio Gramsci: ‘El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos’. La COVID-19 puede considerarse uno de esos monstruos»

Ahora sí que es verdad que somos ciudadanos del mundo, y por eso hay que pensar en una transición inteligente, liderada por el ser humano. Los grandes problemas medioambientales no existían antes, no se planteaban como una necesidad inmediata. ¿Es nuestro sistema, que destruye los recursos naturales sobre los que basa su propio desarrollo, válido para enfrentarnos a los grandes problemas que tenemos? Yo creo que necesitamos una transición hacia un modelo más ecológico, ético y justo.

¿Habría que crear un mecanismo de rescate que beneficie a todos los países según la incidencia de la pandemia, y no según su situación geográfica?

Creo que hay que exigir a cada país según sus posibilidades y darle según sus necesidades. No creo que haya países ricos y pobres, cada uno tiene recursos que otros pueden necesitar. Por ejemplo, creo que en Occidente necesitamos la ética que tienen muchas comunidades indígenas y países en desarrollo y también sus recursos naturales. La dependencia hacia ellos en diversidad biológica agrícola es enorme: el 85% de la diversidad que tiene el planeta está en las zonas tropicales donde están dichos países, y las necesitamos para comer porque ahí están las resistencias contra las enfermedades, el estrés, las altas o bajas temperaturas…

Un mecanismo de rescate puede ser un camino para llegar a una solución, siempre que no se utilice como arma política para crear mayor dependencia a los países, que es lo que ha pasado hasta ahora, que el que entra ya no sale porque su deuda crece. Creo que debería tener condiciones como la sostenibilidad, no destruir los recursos naturales, el desarrollo local y por tanto la conquista de la autonomía en la medida de lo posible en el ámbito agrícola, sanitario y energético. Esa serían las condiciones, que creo que son las contrarias a las actuales, y sería una forma de que las ayudas se canalicen de forma correcta porque evitaría que, en el futuro, nos encontráramos con los mismos problemas de ahora, si es que hay un futuro.

Al fin y al cabo, Occidente, China, Rusia y otros países desarrollados han obligado en cierto modo al resto a sumarse a su sistema económico, condenándolos ahora a la crisis.

No creo que haya que buscar culpables. Tenemos un problema global a resolver entre todos. En este mundo globalizado e interdependiente, si se hunde uno, nos hundimos todos, como suele decir Federico Mayor Zaragoza. Hay que ver la Tierra como una casa común: si se declara un incendio en la cocina, llámala África, no tiene sentido cerrar la puerta para que no entren los africanos, a riesgo de que mueran en el Mediterráneo o saltando concertinas criminales, porque las llamas van a extenderse a toda la casa. Aunque sea por egoísmo inteligente, tenemos que resolver el problema del planeta porque es nuestro problema. 

Me gustaría profundizar en la posición en la que van a quedar los países más vulnerables, obligados a afrontar gastos sanitarios inesperados y al mismo tiempo rehenes de sus deudas: los Estados africanos ya están solicitando una cancelación de deuda. Si le dedican entre un 15 y un 30% de sus ingresos a pagar los intereses de esa deuda, jamás podrá financiar un sistema de salud que prevenga los brotes de epidemias. 

El hecho de dividir el mundo en países deudores y acreedores es inadmisible e inasumible. Para mí, una cancelación de deuda es un buen comienzo, y además no hay alternativa aunque sea por egoísmo inteligente. Condonar la deuda sería responsable, porque si no aplicamos generosidad, los primeros en sufrir las consecuencias seremos nosotros. Si no, entre otras consecuencias, el hambre empujará a un aumento de la inmigración.

Aunque sea por egoísmo inteligente, tenemos que resolver el problema del planeta porque es nuestro problema»

La violencia internacional bebe de la pobreza: el riesgo de morir de hambre es mayor que el riesgo de coger una patera, de ahogarte, de saltar concertinas criminales… En las Torres Gemelas murieron unas 3.000 personas, algo inadmisible y digno de una respuesta firme, pero ese número representa un 10% de las personas que cada día mueren de hambre. ¿Por qué no hay una respuesta similar hacia ellos? Porque no son nuestros muertos. Y lo mismo ocurre con las pandemias. ¿Quién las sufre más? Los más vulnerables, los peor alimentados, los países pobres… Ahí se ceban las pandemias.

Si el caldo de cultivo está en la pobreza y las deudas alimentan esa pobreza, hay que aplicar ese egoísmo inteligente y promover una gran cancelación con condiciones, por supuesto, pero que no sea usada como arma política. Basta de chantajes, de convertir territorios en basureros o en cultivos de productos ajenos por intereses políticos. Estamos pasando de la explotación del hombre por el hombre, de la que hablaba Marx, corregida por las revoluciones y la aparición de los sindicatos, a la explotación del país por el país, y mientras no haya una verdadera gobernanza mundial eso va a seguir. 

Esos porcentajes que mencionas tienen una palabra: usura. Y se está aplicando sobre países que aportan algo tan fundamental como los servicios ambientales que no cotizan en el mercado: mantenimiento de recursos naturales, el paisaje, los bosques como sumideros de Co2, la purificación de las aguas… Gran parte de la biodiversidad agrícola y de la energía viene de esos países en desarrollo, sin los cuales no podríamos desarrollar nuestras variedades agrícolas que, para colmo de males, vienen patentadas y se les vende a aquellos que donaron el material original previo pago de derechos. Pero, como suele decirse, la avaricia rompe el saco, y creo que en este caso el saco es el ecosistema. 

¿Pero es viable cambiar completamente ese sistema de deudas e intereses?

Yo creo que es el momento adecuado. Tras cada pandemia, cada guerra, cada revolución o cada cataclismo llega el momento de hacer grandes cambios. El objetivo a corto plazo debe ser sin duda la cancelación de la deuda y la ayuda internacional para salvarnos nosotros mismos; a medio plazo se podría lanzar el mecanismo de rescate a través del cual comenzar esa transición que se culminaría a más largo plazo con ese sistema ético, de economía circular, sostenibilidad, justicia social, respeto al medio ambiente, donde se incluya una sanidad pública universal, porque los virus no entienden de fronteras. 

También me interesa saber su opinión sobre la cooperación humanitaria, que amenaza con colapsar ahora que la crisis está dentro de las fronteras europeas. Ya hay previsiones de millones de personas que retrocederán tras una efímera prosperidad económica, volviendo a situarse bajo el umbral de la pobreza.

La cooperación es un porcentaje del PIB con el que los países contribuyen. Cuando más se necesita, durante las crisis mundiales, bajan los porcentajes. España ha pasado del 0,55% en la mitad del mandato de Zapatero a hoy, que creo que no llegamos al 0,1%. La justificación es que tenemos una crisis económica, y que por eso debemos bajar el porcentaje, pero es que la crisis es mundial. Ya va a bajar la cifra absoluta porque tenemos un PIB más pequeño, pero rebajar el porcentaje es una mezquindad que volverá como un bumerán hacia nosotros. 

La cooperación bilateral se transforma con muchísima frecuencia en un arma política, especialmente a medida que aumentan las necesidades. Por ejemplo, en Tanzania se aprobó una ley para prohibir el uso de las semillas tradicionales de los agricultores bajo multas de hasta 200.000 euros o 12 años de cárcel. Con eso, va a desaparecer la agricultura tradicional, cuando ese país depende de sus cultivos. Y la razón es, como me comentó un delegado tanzano en Ginebra hace un par de años, que algunos países han condicionado su ayuda bilateral a que se apruebe esa ley, que beneficia a las grandes multinacionales que venden semillas modernas, quizás más productivas, con su lote de fertilizantes, insecticidas y agroquímicos, pero que no tienen capacidad de adaptación; por lo cual, cuando llega la primera enfermedad, hay que tirarlas y comprar otras.

Por eso prefiero la cooperación internacional que se materializa en aportaciones a programas regulares ordinarios, que son obligatorios y suponen un porcentaje del PIB, aunque cada vez más se han bajado los porcentajes e incluso los presupuestos regulares. Hay que dejar de calificar como un desastre a la ONU, y comenzar a entender que el problema lo generamos los países al reducir nuestras contribuciones a sus programas. En el caso del hambre, por ejemplo, el presupuesto regular de la FAO de dos años equivale a lo que dos países desarrollados gastan en comida de perros y gatos en una sola semana. 

La prosperidad económica no siempre lleva a vivir mejor, a veces nos lleva a un sistema que se retroalimenta donde se corre mucho sin saber a dónde»

Sobre la posibilidad de que haya un retroceso económico, a mí no me asusta que eso ocurra, lo que me asusta es que el bienestar se reduzca. Si la prosperidad económica está basada en la explotación irresponsable de los recursos naturales, bienvenido sea el decrecimiento. He visto mucha más felicidad en niños de países paupérrimos que en los niños de países occidentales. Esa prosperidad económica no siempre lleva a vivir mejor, a veces nos lleva a un sistema que se retroalimenta donde se corre mucho sin saber a dónde. 

¿Cree que hay un espacio para reconducir la oleada de solidaridad y conciencia social y transformarlo en un nueva sistema económico redistributivo?

Creo que es el momento ideal para un cambio profundo que no solamente redistribuya la riqueza, sino que sea sostenible, justo y determinado por los Derechos Humanos. Hay que generar un sistema redistributivo que esté basado en impuestos progresivos para quienes más tienen, hasta que llegue un punto de que a un señor no le interese ser más rico porque va a tener que pagar más de lo que gana. Es inadmisible que un pequeño grupo de familias tengan más riqueza que todo el PIB de los países africanos, y también es insostenible.

Otra condición fundamental es acabar con los paraísos fiscales, que deberían ser juzgados como un crimen contra la Humanidad no solo contra nuestra generación, sino contra todas las generaciones venideras. Hablábamos antes de justicia distributiva, pero hay que redefinir qué es pobreza, porque hay países pobres en dinero pero ricos en recursos naturales que luego los explotamos nosotros. En la redistribución todos podemos ganar si no se impone la avaricia de acaparar recursos.

Creo que el crecimiento tiene un límite, marcado por el medio ambiente, y por eso esa redistribución debe ser sostenible y, según los Derechos Humanos, sancionables y subsidiarios. Y con subsidiario, me refiero a que debe ser a todos lo niveles, desde municipal al nacional. Uno de los problemas a los que nos enfrentaremos será la robotización, que sustituye a parte de las labores del ser humano y que es positiva, porque trabajando menos producimos lo mismo o más, pero puede conducir a un aumento del paro. Por eso la renta básica universal es imprescindible, porque cubrirá las necesidades mínimas, pero quien quiera adquirir por encima de esas necesidades básicas tendrá que trabajar. 

¿Qué características debería tener para ser viable?

El objetivo debe ser el bienestar del ser humano en un planeta sano y en equilibrio. Para ello, habría que cumplir con dos criterios, los objetivos de Desarrollo Sostenible y los Derechos Humanos, pero su aplicación no puede ser voluntaria sino sancionable. Para ello, hay que cambiar el sistema de producción y consumo. Creo imprescindible hacer converger de nuevo dos cosas que nacieron juntas: la economía, entendida como la gestión de la casa, y ecología, que irrumpió cuando la economía se había pervertido y solo trataba de obtener beneficios mercantiles.

Hay que hacer unir ambos conceptos en una economía circular y solidaria. Por circular entiendo que transformemos los residuos en recursos, como se hace en la naturaleza, y con solidaria, del concepto de redistributivo. Para ello, hay que eliminar las externalidades. Determinados tipos de producción no son sostenibles porque causan daños. Cuando estoy produciendo sin respetar al medio ambiente o dañando la salud humana porque es más rentable y voy a ser más competitivo, ese daño va a repercutir en otros, por lo tanto los exporto a entes más desprotegidos o incluso a generaciones futuras.

Hay que entender que el medio ambiente o los recursos naturales no nos pertenecen, los tenemos en préstamos de nuestros hijos, y no podemos robarles. Un estudio dice que por cada euro que pagamos por un producto de la agroindustria, nosotros, a través de nuestros impuestos, necesitamos pagar dos euros más para amortiguar el impacto negativo sobre el medio ambiente y la salud humana que ha tenido ese producto de la agroindustria. El coste real es de tres euros. Si pago uno, ya no puede competir el pequeño agricultor que produce en pleno respeto al medio ambiente, y por tanto le cuesta más caro.

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¿Quién paga esos dos euros que no paga la agroindustria? Nosotros, con nuestros impuestos. Es decir, hay una subvención encubierta. No es que la agroecología necesite subvenciones, no las necesitaría si no hubiera subvenciones encubiertas a la agroindustria. Una de las sugerencias de la Conferencia de Río de 1992 fue internalizar las externalidades, es decir, internalizar esos daños en el coste de la producción. Debemos pagar no solo el coste de producción de la manzana que compramos, sino también los daños que inflige el sistema de producción al medio ambiente.

Debemos diseñar un sistema de mercado que no premie a quien destruye más bienes comunes de la Humanidad. Y eso es transferible a todo: electrodomésticos que no son reparables y que resultan más barato tirar que reparar, y que terminan en vertederos de residuos, o el plástico que es muy barato pero genera el desastre que estamos viendo… Hagamos que todo eso sea más caro porque para nosotros, para la Humanidad, es más caro.

Hay que poner los Derechos Humanos por encima del crecimiento económico. Hay que ir más allá de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y hay que cuestionar qué es el PIB»

Hace unos siglos, el daño ecológico que podía hacer una comunidad era limitado y era absorbido por el planeta, pero hoy en día lo hacemos a un nivel tan masivo que acelera el cambio climático. Y hay que poner los Derechos Humanos por encima del crecimiento económico. Hay que ir más allá de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y hay que cuestionar qué es el PIB. Estamos midiendo el desarrollo a través de un índice de crecimiento económico que no tiene en cuenta ninguna de estas cosas que hemos mencionado.

Hace unos años, chocaron dos grandes camiones, uno venía de España a Holanda, y el otro hacía la ruta contraria. La carga se desparramó, y ambos contenían tomates. Y le mencioné a un amigo, un economista, lo absurdo de la situación, y me dijo que económicamente era muy bueno, porque cuanto más vendemos y más compramos más sube el PIB. Ese PIB no mide el bienestar, ni la felicidad, ni la armonía, mide un crecimiento económico mercantil, por lo tanto deberíamos cuestionarlo. 

Si no es un indicador válido de nuestro bienestar, ¿con qué podría sustituirse?

A finales de los 90, Bután cuestionó en la ONU el PIB, aduciendo que era un país desarrollado en Felicidad Interna Bruta (FIB). Al principio hubo risas, pero al final se decidió poner a trabajar una comisión para trabajar en los posibles indicadores del FIB. Y cuando se aplicaron los nuevos indicadores, resultó que Bután estaba en los países más desarrollados del mundo, con diferencia. El problema es que esto asusta mucho, pero es una idea que está empezando a cuajar.

Otro elemento que no se tiene en cuenta en los indicadores son las generaciones futuras. Gran parte de esas actividades insostenibles actuales que afectan al medio ambiente o a la cultura, o la identidad, aquello que no se cotiza en el mercado, lo van a pagar nuestros hijos y nuestros nietos. Nuestro sistema económico y político, siendo seguramente los menos malos, han sido desarrollados sin tener en cuenta el interés de las generaciones futuras. Se basa en una persona, un voto, pero de esa forma sólo garantiza los derechos de una generación. Y el sistema económico solo se basa en oferta y demanda, pero si estamos hablando de bienes ambientales, ecosistemas, recursos limitados y perecederos del planeta como tierra, agua, aire, la oferta es la que hay, y es para todos, los actuales y las generaciones venideras, ¿cómo podemos medir la demanda de generaciones futuras? 

Eso es un tremendo handicap de nuestro sistema, porque estamos ignorándolas. Eso es otra externalidad del sistema, y por ello deberíamos tener la obligación de dejar el medio ambiente en las mismas condiciones que lo encontramos. Si los daños al medio ambiente son irreparables, no se pueden llevar a cabo. Si son reparables, debo pagar por esa reparación y eso debe quedar reflejado en su precio. Sin embargo, estamos en un mundo en el que cada vez cuestan las cosas menos, y quien pagará esa cuenta son nuestros nietos. Y en este contexto se incluye el problema de la España vaciada, completamente relacionado con las externalidades.

Estamos en un mundo en el que cada vez cuestan las cosas menos, y quien pagará esa cuenta son nuestros nietos»

La agricultura es algo multifuncional, interdisciplinario. El agricultor debe conocer un poco todas las ciencias básicas para prosperar. Cuando yo era niño, más del 60% de la población española vivía del campo; hoy en día, es solo un 2,5%, y los más grandes no pueden considerarse agricultores, sino terratenientes. La verdadera agricultura no sólo tiene la función de producir alimentos, también de mantener el agua cristalina, el aire limpio, de evitar la ruptura de los ecosistemas, permitir el desarrollo rural, garantizar la conservación de recursos incluida la tierra viva, con microorganismos, que permite que se cierren los ciclos, cosa que no ocurre cuando se abusa de los agroquímicos dado que estos matan los microorganismos… También son funciones de la agricultura, esenciales para la vida, pero no se pagan aunque sí pagamos la consecuencia de no tenerlas en cuenta.

La agroecología, con la diversidad de cultivos, con los animales que facilitan la fertilidad de la tierra, son además sumideros de Co2 y trabajan contra el cambio climático, pero como no cotizan, aquéllos que hacen agroindustria pueden permitirse el lujo de contaminar con monocultivos para producir mucho más barato. Si se internalizasen las externalidades, las personas no se irían del campo.

Desde el punto de vista político, también se habló en Río en 1992 de establecer un nuevo cuerpo de justicia intergeneracional, de establecer los derechos de las generaciones futuras. No ha avanzado mucho, pero al menos se habló de implantar la figura del Defensor de las generaciones futuras en nuestros órganos representativos como algo esencial, porque sin él, la mayoría de quienes sufrirán las consecuencias de las destrucciones actuales no estarán presentes. Creo que es fundamental. Hay una treintena de tratados internacionales que hablan de eso, pero solo se ha implantando en una docena de países en todo el mundo.

En 2014 me invitaron a una reunión de pueblos indígenas en Cuzco y me llamó mucho la atención que las decisiones importantes las adoptaban basándose en cómo afectarían a las próximas cinco, o siete, o diez generaciones. Y nosotros, en tiempos de cambio climático, ni siquiera pensamos en la siguiente generación. Quizás sea esa la clave de que esas comunidades hayan perdurado hasta nuestros días. 

En España, en las últimas décadas, la industria se transformó hacia el ladrillo y el turismo, abandonando los sectores que nos alimentan. ¿Habría que replantear la recuperación del sector agroindustrial, el energético, la industria farmacéutica o el sanitaria?

Absolutamente sí. El campo español está en buena parte abandonado pero, también hay que decir, está sobreexplotado en algunas zonas por parte de la agroindustria, esa agricultura intensiva que destruye los recursos naturales. Hay un informe de la FAO sobre la agricultura familiar muy interesante, de 2013, para saber quién alimenta al mundo y no quién produce más, sino de dónde vienen los alimentos que comemos. Y ahí aparece la gran paradoja: más del 75% proceden de la agricultura familiar y del pequeño agricultor. Por eso 2014 fue declarado como Año Internacional de la Agricultura Familiar, y tuvo tanto éxito que en 2019 se declaró la década mundial de la agricultura familiar, que consiste en reconocer que nos alimenta, frente a las multinacionales agrícolas que tiene como objetivo vender. 

El alimento ha dejado de ser sagrado, ahora es una mercancía. Un tercio de la producción mundial se pierde en el camino: 1.300 millones de toneladas métricas al año van a la basura. Hoy en día, tres grandes fusiones de multinacionales controlan el 75% de los alimentos y el 63% de los agroquímicos. Ellos toman las decisiones sobre los alimentos, dado que los agricultores pasan a ser robots en sus manos, con esas corporaciones decidiendo qué debe sembrarse y en qué condiciones. Y para esas multinacionales solo importa vender, no alimentar.

Ocurre que la moralidad y la ética no cotizan en el mercado de valores. Que entre 30.000 y 40.000 personas mueran de hambre al día es la mayor pandemia de la Humanidad, no el coronavirus. Y ni siquiera es nuevo, es un problema que arrastramos de antiguo. La FAO ha advertido de que el hambre en el mundo, que hoy afecta a 821 millones de personas, se puede duplicar por el coronavirus. 

España exporta muchos alimentos pero no produce los suyos. Hay un estudio de la Unión Europea que demuestra que el alimento medio que llega a boca del consumidor en España ha recorrido previamente entre 2.500 y 4.000 kilómetros. Por eso es imprescindible que la huella ecológica sea reconocida y que defina el precio, y al menos de forma indicativa el coste ecólogico debería figurar en las etiquetas de cada alimento. Cuando un país pierde la soberanía alimentaria, queda a merced de los demás.

El alimento ha dejado de ser sagrado, ahora es una mercancía. Un tercio de la producción mundial se pierde en el camino»

Tomemos el caso de Benín: tenía cientos de miles de campesinos y nunca había habido una hambruna. Pidió un estudio al Banco Mundial para mejorar la economía, y este les recomendó que dado su clima y las características del terreno, plantase algodón para vestir a Occidente, porque el dinero que obtendrían les permitiría comprar alimentos de forma más asequible y vivirían mejor. El Gobierno de Benín pidió un estudio a sus técnicos y llegaron a la misma conclusión, y lanzaron una política agroalimentaria de incentivos a la producción de algodón y de desincentivos a la producción de alimentos. Y fue un éxito.

El exagricultor que había vendido sus tierras a las grandes compañías de algodón no solo podía comer mejor, sino también adquirir otros productos. Todos estuvieron contentos hasta el 2008, con la gran crisis alimentaria mundial en la que en apenas tres meses, los productos básicos para la alimentación duplicaron e incluso triplicaron sus precios en el mercado internacional. Esos exagricultores de Benín tenían el mismo salario trabajando para el algodón pero ya no podían comprar alimentos. Y hubo revueltas.

Benín aprendió que había perdido soberanía alimentaria pero también política, porque puedes vivir sin coches ni televisores, pero no sin comer, y aquellos que proporcionan alimentos exigen un precio político a cambio. Por eso es fundamental mantener la soberanía alimentaria, y no me refiero solo a nivel de país, sino también de comunidades, pueblos, provincias… Cuanto más se acerca el alimento, mejor, por eso es importante la agricultura de proximidad. Acercarla al consumidor también es clave para ahorrar energía y minimizar las agresiones al medio ambiente, pensando incluso en prescindir de los preservantes que se usan para conservar los alimentos que recorren muchos kilómetros y que pueden dañar a la salud humana.

Eso no está reñido con la globalización, hay que exportar cuanto se pueda, pero garantizar lo básico es imprescindible.

Vivimos en un mundo con menos recursos debido al cambio climático y a las plagas, los incendios, las inundaciones provocadas por el desastre ecológico. ¿Es sostenible? 

Pongamos el ejemplo de la agricultura, que a nivel mundial vierte 11.000 millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero, el 27% del total. Según la ONU, estamos produciendo un 60% más de lo que necesitamos para alimentar a todos los habitantes del planeta. El problema es qué pasa con los alimentos, dónde va toda esa producción y por qué a pesar de ello 821 millones pasan hambre de forma crónica. Aunque fuésemos el 60% más de la población, hay alimentos para todos. El problema es que una tercera parte se pierde o desperdicia en el camino.

En Occidente, la mayor parte termina en la basura por parte de familias, restaurantes o supermercados. En los países en desarrollo también se desperdician pero por otras razones, por un deficiente mecanismo de transporte de mercancías, porque los camiones no son refrigerados, las carreteras son peores, no hay centros de distribución cercanos, etc. A nivel mundial se pierden 1.300 millones de toneladas métricas, una tercera parte de la producción. En el caso de Europa son 89 millones de toneladas métricas, y en el de España son 7,7 millones, lo que equivale a 169 kilos por habitante y año, y un 25-30% terminan en la basura con envases sin abrir porque han caducado.

Eso nos debe dar una idea de la enorme responsabilidad personal que tenemos, no podemos echar la culpa exclusivamente al mercado o a los gobiernos. Y otro tercio termina en la sobrealimentación o comida basura, que reporta problemas de salud. Un tercio de esos desperdicios envenena al medio ambiente, y otro tercio nos envenena a nosotros. Por otro lado, esos incendios e inundaciones tienen su origen en la alteración del medio ambiente, y todo está relacionado. Producir alimentos es transformar los recursos naturales del planeta en alimentos. Esos recursos son limitados, y están para uso y disfrute de nuestra generación y también de las venideras. En producir ese tercio de alimentos que no llega a la boca de nadie empleamos 1.400 millones de hectáreas, 28 veces la superficie de España si toda España fuera fértil, y 250 toneladas cúbicas de agua: una cuarta parte del agua dulce que el ser humano utiliza al año. Para producir ese tercio, se usan 300 millones de barriles de petróleo y se vierten a la atmósfera entre un 10 y un 12% de gases efecto invernadero, responsables del cambio climático. Es una barbaridad. 

No solo desperdiciamos alimentos que deberían ser sagrados, estamos agrediendo al medio ambiente y a nuestra salud. El número de personas obesas y con sobrepeso por problemas de malnutrición ha subido vertiginosamente a nivel mundial. Según los datos de la FAO, el número de personas con hambre hasta 2005 era muy superior al de personas con sobrepeso. En 2005, por primera vez se igualó la cifra, y en hoy en día, en 2020, el número de personas obesas y con sobrepeso a nivel mundial son 1.600 millones, casi el doble del número de hambrientos, sin que este haya bajado.

A nivel europeo, en torno al 65% de la población tiene sobrepeso y en niños de 3 a 9 años, el porcentaje es del 32%. Eso implica algo curioso: las enfermedades no transmisibles, como la diabetes, las cardiovasculares o las oncológicas, han crecido desproporcionadamente hasta el punto de ser causa de la muerte de una buena parte de la población, y son enfermedades favorecidas por la malnutrición. Además, los países europeos invierten 700.000 millones de euros en medicamentos y tratamientos para combatir esas enfermedades, 12 veces lo que cuesta la Política Agrícola Común.

Las enfermedades no transmisibles, como la diabetes, las cardiovasculares o las oncológicas, han crecido desproporcionadamente hasta el punto de ser causa de la muerte de una buena parte de la población, y son enfermedades favorecidas por la malnutrición»

Si estimuláramos una alimentación sana y sostenible, todos esos millones que se emplean en combatir las enfermedades provocadas por una mala alimentación podrían ahorrarse. De ese problema de obesidad se benefician las compañías farmacéuticas, que cada vez son más grandes pero menos. Se está mercantilizando también nuestra salud. Si consumimos solo lo necesario, entra en crisis la economía mundial. Pero, ¿en qué consiste el decrecimiento económico? Eso nos dejaría más espacio para los cuidados, para el tiempo libre, para desarrollarnos intelectualmente o espiritualmente, para nosotros mismos, para tener un mayor contacto con la naturaleza o con los nuestros. A lo mejor sería un retroceso económico, pero necesitar menos y vivir con menos implicaría vivir mejor. 

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¿Cuándo se pervirtió la racionalidad de la alimentación?

Ha sido un proceso lento que se ha desarrollado a lo largo del siglo XX y particularmente en la revolución verde de los años 70, que permitió producir mucho más gracias a nuevas variedades de semillas, abonos, maquinarias, fertilizantes, pesticidas y demás. A medida en que aparecían los adelantos, comenzaron a ser controlados y comercializados por grandes compañías que producían nuevas variedades más productivas, siempre y cuando tuvieran sus pesticidas, insecticidas, fertilizantes… Esas nuevas variedades de semillas, uniformes y estables, genéticamente no tienen resiliencia. Eso es una gran diferencia respecto a las variedades tradicionales, que se desarrollan paulatinamente desde hace 10.000 años, porque estas tenían una gran diversidad genética. Eso les permite seleccionarse ya sea por necesidades del clima o el medio ambiente o por el gusto de los seres humanos, y por eso evolucionaban y se adaptaban constantemente.

Todas esas semillas tenían una gran diversidad interna, que es la que usan también los científicos desde la revolución verde para “mejorar” la productividad en determinadas condiciones, en este caso con agroquímicos, pero el resultado es muy pobre en diversidad. Antes, cada semilla era un poco distinta de la otra, lo cual implicaba que algunas se dieran mejor que otras según la temperatura y las condiciones, y que siempre alguna semilla aguantara. Se garantizaba una producción estable, aunque no fuera muy grande. Pero cuando se sustituyen por una variedad comercial en la que todas las semillas deben ser idénticas por ley aumenta la vulnerabilidad.

Si todo va bien y le añades alimentos externos, y combates de forma externa las enfermedades pero no con una resiliencia genética, será productiva, sí, pero si aparece una nueva enfermedad toda la producción decae. En un cierto momento de la revolución verde, cuando se llegaron a duplicar la productividad de algunos cultivos siempre y cuando haya agroquímicos involucrados, se comprendió que, a pesar del éxito, estábamos perdiendo la diversidad agrícola seleccionada a través de 10.000 millones de años de agricultura, y es ahí donde residen los genes de resistencia a las enfermedades o el cambio climático. Cuando el agricultor comenzó a darse cuenta, ya había perdido la variedad milenaria.

Cuando hice mi tesis doctoral, recolecté para mi estudio más de 380 variedades de melones en toda España, y no recolecté todas. Hoy no se cultivan más de 10. La diversidad es lo que da estabilidad al campo y a los agricultores, y la estamos perdiendo. Según datos de la FAO, el ser humano ha utilizado para alimentarse entre 8.000 y 10.000 especies distintas. Hoy en día son solamente unas 150 especies las que se producen de forma comercial para alimentar a la Humanidad, y solo cuatro, trigo, arroz, maíz y patata, contribuyen con un 60% a la alimentación calórica humana. Pero de esas 150, se han perdido cientos de miles de variedades de cada una de ellas. Antes había tantas variedades de tomates como unidades agrícolas, ahora solo hay unas pocas comerciales, uniformes y estables, lo cual crea una dependencia permanente. No existe diversidad intervarietal.

En EEUU, de las variedades de frutas y verduras que había al principio del siglo XX se ha perdido el 93%. A nivel mundial, la media está sobre el 90% y en España, más del 85% de variedades perdidas. Y hay otra pérdida, la variedad intravarietal. Cada variedad local tiene una diversidad de genes que le permite adaptarse a nuevas enfermedades o condiciones ambientales. Cuando la ley obliga a que las semillas sean uniformes y estables impide que se preserven y favorece el uso de variedades comerciales que a menudo venden las mismas multinacionales.

¿Una vez perdidas esas especies, son irrecuperables?

En gran parte, sí. Cuando los países comenzaron a darse cuenta de la tremenda pérdida de la biodiversidad, que es la materia prima con la que trabaja el mejorador de plantas para encontrar la resistencia que va a introducir variedades nuevas, la FAO desarrolló un programa de recolección y conservación de variedades. En mi periodo en la FAO viajé por más de 120 países para, entre otras muchas cosas, recoger semillas. Se guardan en bancos de germoplasma a baja temperatura, pero con la semilla se congela su capacidad de adaptación a las nuevas condiciones ambientales. Puede que cuando la saques las condiciones hayan cambiado tanto que no sirvan o que no se adapten. La alternativa al banco de germoplasma es mantenerlas vivas en los campos de los agricultores. 

¿Cómo afecta la COVID al hambre?

En estos momentos, la restricción de movimientos tiene un efecto perverso en la distribución de alimentos y en la ayuda humanitaria. Si no queremos una crisis tremenda, se hace vital evitar la volatilidad de los precios de los alimentos en el mercado internacional y garantizar su llegada a los países que lo necesiten. Puede producirse un fenómeno parecido al de la crisis del precio de los alimentos en 2008: cuando la gente pasa hambre, hay revueltas callejeras.

En aquel entonces, fue como consecuencia de la especulación de la Bolsa de Chicago de Futuro de los Alimentos. Las entidades financieras, que vendieron propiedades provocando la burbuja inmobiliaria, adquirieron mucha liquidez, y alguien tuvo la perversa idea de invertir en el mercado de futuro de los alimentos dado que la gente siempre tiene que comer. Las entidades llegaban al agricultor o las cooperativas y compraban con antelación las cosechas, pagando por adelantado. Seis meses después, cuando el agricultor comunicaba que la cosecha estaba lista y la entidad financiera llamaba a posibles compradores, resultaba que los precios no compensaban respecto a las ganancias que estimaban. Y decidían esperar a que subieran los precios, pero las cosechas no aguantaban y preferían que se pudrieran antes que venderlas a menor precio. Fue el origen de que se multiplicara por dos o por tres el precio de los alimentos, produciendo escasez. 

Si no queremos una crisis tremenda, se hace vital evitar la volatilidad de los precios de los alimentos en el mercado internacional y garantizar su llegada a los países que lo necesiten»

Ahora las razones son distintas, pero el resultado puede ser el mismo: la restricción de movimientos implica que, por ejemplo, no lleguen alimentos a un país, lo que se puede traducir en especulación y desembocar en pánico y volatilidad de precios. Y eso nos puede volver a llevar a la crisis de 2008. Sus consecuencias en 2009 fueron que hubo revueltas callejeras en más de 60 países a raíz del encarecimiento de los precios de los alimentos, y cayeron algunos gobiernos. Esa especulación derivó en una desestabilización mundial.

En la actualidad, ya está habiendo, además, especulación de material sanitario, así que cabe la posibilidad no ya de revueltas, porque hay estados de excepción, sino de que se asienten los autoritarismos. Para evitarlo, es necesario una regulación de los precios de los alimentos a nivel internacional y asegurar el acceso para que no haya escasez y evitar la especulación. Ahí radica la importancia de reducir la dependencia del exterior e impulsar la soberanía alimentaria con producción local y consumo estacional, con cadenas cortas, consumo de proximidad, tiendas de barrio… 

Parece sentido común…

Hay que poner sentido común a lo que en este momento no lo tiene. En estos momentos, se gasta en armamento unos 40.000 millones de dólares. Podríamos alimentar durante 120 años a todos los que mueren de hambre hoy en día. El concepto de seguridad mundial no debería estar basado en defendernos unos contra otros: la seguridad mundial es comer todos. Si eliminamos el hambre y la pobreza, se ganaría en seguridad. Seguridad mundial es tener menos bombas y más cuidados sanitarios, es evitar los cambios climáticos, es enfrentarnos a virus que no conocen fronteras. Las grandes amenazas a la Humanidad vienen de fuera, y las bombas no nos pueden defender de ellas. 

El concepto de seguridad mundial no debería estar basado en defendernos unos contra otros: la seguridad mundial es comer todos. Si eliminamos el hambre y la pobreza, se ganaría en seguridad»

Ante esas amenazas globales, parecen más necesarias que nunca las instituciones internacionales capaces de informar y coordinar a todos los países para tomar decisiones, pero están desacreditadas por la clase política y por el público. ¿Cree que nos dirigimos a modelos de gobierno menos globales y más nacionalistas? 

El problema es que Naciones Unidas no es una gobernanza mundial completa. Hay que conjugar dos cosas, las identidades nacionales y su diversidad cultural y lingüística con la unidad, porque son compatibles. Como decía el poeta indio Rabindranath Tagore, “la unidad es siempre deseable, la uniformidad siempre detestable”. La globalización es irreversible y no es cuestionable. Lo que yo cuestiono es este tipo de globalización, que implica la uniformización de todo. Nos pasa como a las semillas, que cuanto más haya y más diversas sean, mayor capacidad de adaptarse a cambios impredecibles. 

Hoy jugamos a un experimento mundial único: si fracasa será un suicidio colectivo, y por eso es tan importante mantener la diversidad de las identidades culturales. Tagore hablaba de la necesidad de unirse en la diversidad, y yo creo que debemos transformar la globalización en glocalización, en un sumatorio de locales, manteniendo y si es preciso protegiendo las diversidades locales. Todo eso precisa un sistema de gobernanza mundial. Porque ¿quién gobierna al mundo? Antes lo hacían los grandes imperios, hoy grupos plutocráticos no electos que toman las decisiones políticas y económicas para proteger sus intereses a quienes se suman “filántropos” que condicionan el desarrollo de países o continentes completos según sus intereses. 

Frente a eso, necesitamos una verdadera gobernanza mundial. Naciones Unidas están desacreditadas porque hay muchos líderes interesados en desacreditarla, pero además hay otras razones, como que los intereses que algunos países defienden en el seno de la ONU son económicos y cortoplacistas. La ONU es un foro de Gobiernos, no de pueblos, que a menudo pone los intereses de su país o incluso del partido gobernante por encima de los intereses globales. Pero eso no quiere decir que no necesitemos a la ONU, necesitamos completarla con el espíritu contenido en el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, que comenzaba diciendo “Nosotros, los pueblos…”.

No hablo de un Gobierno mundial, sino de una gobernanza mundial que implique coordinación a nivel internacional y que sea compatible con los Gobiernos nacionales. El sistema actual equivale solo a un sistema ejecutivo, pero es necesario un legislativo en forma de Parlamento Mundial con los mismos criterios del Parlamento Europeo. Y como existe el Tribunal de la Haya podría haber un Tribunal Internacional encargado, por ejemplo, de juzgar los paraísos fiscales. Yo creo que debería crearse un marco de actuación basado en dos grandes pilares, los Derechos Humanos en lo social y los Objetivos de Desarrollo Sostenible en lo económico, este último sostenido sobre cuatro pilares esenciales, la sostenibilidad, la ética, la diversidad y la armonía.

A mi juicio, la diversidad es la que más protección necesita. La Unesco estima que en último siglo han desaparecido entre un 70 y un 80% de las lenguas, y son el crisol a través del cual se transmiten las culturas, de ahí su importancia. Es curioso que los pueblos indígenas sí conservan el concepto holístico de planeta integral vinculado a la naturaleza que en Occidente lo hemos perdido. 

Esta crisis ha revelado como esenciales a profesionales sin titulación universitaria, habitualmente relegados a un segundo plano por la sociedad –transportistas, basureros, cajeras, reponedores, celadores, cuidadoras– pero que durante la pandemia han sido la espina dorsal del Estado, permitido que el sistema funcione con su esfuerzo. ¿Debería valorarse con remuneración apropiada y con respeto? 

Lo que nos está enseñando la pandemia, entre otras muchas cosas, es que la vida enseña mucho más que las universidades. Por supuesto, la universidad es importante pero no la titulación y siempre como complemento de la escuela de la vida. Hoy, precisamente por la robotización, debemos evolucionar hacia la economía de los cuidados en dos vertientes, los cuidados a las personas, porque nunca se va robotizar el cariño y el afecto, y los cuidados al planeta, imprescindibles para sobrevivir.

Lo que nos está enseñando la pandemia, entre otras muchas cosas, es que la vida enseña mucho más que las universidades. No tienen sentido los salarios millonarios de los consejos de administración frente a los salarios de la gente que cuida a los demás»

Eso da trabajo, pero en estos momentos no resulta rentable a medio plazo pero sí a largo plazo, porque garantiza la subsistencia de un medio ambiente al que pertenecemos. La prepotencia de controlar a la naturaleza es una barbaridad de hace dos siglos que no terminamos de aprender. El pago a esas personas debe estar mejor remunerado, pero no sólo con un sueldo digno: hay que darles la consideración y el respeto social que se merecen, como demuestran los aplausos diarios. En los países en desarrollo donde he trabajado, en las comunidades locales, es más importante el reconocimiento al trabajo bien hecho que el dinero. La admiración hacia la ética y la buena reputación deberían sustituir a la avaricia por el dinero como motor de la sociedad. No tienen sentido los salarios millonarios de los consejos de administración frente a los salarios de la gente que cuida a los demás. 

¿Qué podemos hacer para combatir este sistema de forma individual?

Además de exigir cambios políticos, tenemos que cambiar nosotros, cambiar nuestras prioridades, y tenemos que cambiar nuestro corazón. Recuerdo el lema de la Cumbre de la Tierra de Río en 1992, Piensa globalmente y actúa localmente. Cuando hablábamos de la comida que se tira a la basura, hay una responsabilidad individual. También podemos actuar a través de Internet, buscando información horizontal y comunicándonos y asociándonos con personas en otras partes del mundo, dado que ahora los problemas a los que nos enfrentamos son idénticos y que ahora somos más ciudadanos del mundo que nunca.

A través de nuestras profesiones también podemos dar ejemplo y actuar en consecuencia, como podemos hacerlo a través de la sociedad civil y las ONG y a través de nuestro voto, al menos en los países donde tenemos la suerte de ser relativamente democráticos. Podemos hacerlo sobre todo como consumidores, porque consumir es un acto político. Yo incentivo o desincentivo determinados tipos de producción según lo que compro.  Debemos de transformar nuestro carro de la compra en un carro de combate por un mundo más justo, sostenible y distributivo, pensando en que lo que compramos sea bueno, limpio y justo: de buena calidad y saludable, que haya sido producido sin destruir los recursos naturales del planeta y justo desde el punto de vista social, por el que se hayan pagado salarios justos. Y yo añadiría local y estacional. Hay que mirar las etiquetas, ver dónde y cómo se han producido los alimentos que compramos. El poder del consumidor es inmenso, porque el consumo es el corazón de nuestro sistema.



Mónica G. Prieto

La Marea

Créditos a la foto de cabecera: José Esquinas

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