Winter is coming to Westworld

Hace un año terminaba la aclamada serie Juego de Tronos, ya con el invierno a pleno en el continente ficticio de Westeros y dejando instalado en el presente el temible vaticinio de la Casa Stark (la clásica profecía winter is coming, el invierno se acerca, cedió paso a winter is here, el invierno está aquí). Vencida la plaga de cuasi zombis y sus tétricos titiriteros, los espectros azules (white walkers) y con el Trono destruido, el gobierno del mundo quedó en manos de buenas y honradas gentes cuyo único objetivo era propugnar y mantener el bienestar social.

En la serie los malos mueren, dejando el camino libre a los buenos para que plasmen su labor en el mundo. Para el pueblo en general, sin embargo, la situación quizá no haya variado demasiado. Podemos especular que su vida mejoró en cierta forma y por algún tiempo, aunque también podemos acertar en que tales cambios fueron meramente esporádicos: sólo hace falta que algún otro malo se cuele en el poder para derrumbar tantas buenas obras logradas con tanto esfuerzo y basadas en las mejores intenciones.

Tanto en la ficción como en la vida real, los príncipes salvadores y héroes iluminados son efímeros. Mientras su visión y valores no sean compartidos por grandes mayorías, ambos mueren con ellos y rara vez logran continuidad en el tiempo. Por más bueno y visionario que sea un Rey ó Gobernante, sus obras difícilmente sean continuadas por un sucesor ladino y poco virtuoso. Muy por el contrario, tal sucesor arrasará toda la obra heredada en un abrir y cerrar de ojos a tal punto que hasta para los mismos contemporáneos de ambos el buen obrar quedará reducido a un borroso recuerdo.

Lo mismo ocurre con los horrores colectivos. Como reza la sabiduría popular: nunca subestimes la negación. No importa cuán terrible sea una vivencia colectiva (guerra, hambruna, peste): siempre queda supeditada a un borroso recuerdo al poco tiempo de ser superada. No es como si nunca hubiese ocurrido, sino como algo que ocurrió en una suerte de universo paralelo: a otra gente, en otra época, en otro lugar…Por cuestiones de mecánica psíquica humana reflectamos lo doloroso. En una suerte de exorcismo personal y colectivo, lo arrojamos al primer animal que encontramos y lo despeñamos por un barranco.

Hay quienes sostienen que la única forma de evolucionar como especie es a través de un horror colectivo: una Tercera Guerra Mundial, por ejemplo. Tal argumento se desmorona al mínimo análisis: en el Siglo XX sufrimos no una sino dos Guerras Mundiales, con sendas bombas atómicas arrojadas en Hiroshima Nagasaki a poblaciones indefensas y Holocausto incluidos. Si aprendiéramos a través de estas vivencias, como de las cuantiosas pestes que históricamente asolaron el planeta y dejaron a nuestra especie al borde de la extinción, el Liberalismo habría desaparecido de la faz de la Tierra y hoy tendríamos en todo el mundo países gozando a pleno del Estado de Bienestar. Como vemos, es todo lo contrario.

El mejor ejemplo es el británico. Luego de la Segunda Guerra Mundial, el pueblo británico reflexionó seriamente acerca de la importancia de la solidaridad para hacerle frente a momentos difíciles como los vivenciados en tal guerra y decidió que la Salud Pública era una prioridad indiscutible. Así nació la NHS (National Heatlh Service, Servicio Nacional de Salud) el 5 de Julio de 1948 con la premisa que “la atención médica nace de la necesidad de ésta y no de la capacidad de pago de cada individuo, por lo que su financiación proviene del pago de impuestos y el presupuesto nacional”.

Actualmente tal premisa se reduce a una “reliquia del pasado” ya que en décadas posteriores se ha desfinanciado al sistema de tal forma que hoy se ve reducido a una ínfima porción de lo que fue originalmente, de los primeros en el mundo en ofrecer un servicio de salud completo, universal y gratuito. Los grandes detractores de tal sistema sostenían una visión reduccionista comparándolo con un sistema de corte estalinista, pero en realidad disfrazaban con tales argumentos sus reales intenciones: obtener un rédito económico a costa de la salud pública.

Imagen de Free-Photos en Pixabay

El avance de la Idiocracia

En 2005 se estrenó una interesante película satírica de ciencia ficción dirigida por Mike Judge, el creador de Beavies and Butthead: La Idiocracia. La Fox le permitió rodarla por una suerte de deuda pendiente, pero le dio prácticamente nula difusión y la proyectó en una limitadísima franja (sólo 130 salas en escasas 7 ciudades). Se la acusó de, directamente, abandonar al film. Cualquiera que la vea se da cuenta inmediatamente del por qué.

Los tres primeros minutos establecen la base ideológica del director en un formato de pseudo-documental. Allí establece un paralelismo Darwiniano notando que la evolución humana, a diferencia de la natural, “no necesariamente premia a la inteligencia” y con el correr del Siglo 21, aunque muy pocos lo notaron, comenzó a convertir “a los inteligentes en una especie en vías de extinción”. Paralelamente, las grandes mentes científicas estaban abocadas a encontrar la cura para la calvicie y los problemas de erección, supeditando su sapiencia al mercado económico y dejando de lado los temas de real importancia para el avance humano, lo cual ayudó a profundizar el estado de idiotez que luego se convirtió en estándar mundial.

El Presidente de USA en este futuro distópico se llama Dwayne Elizondo Mountain Dew Herbert Camacho y es la imagen que automáticamente se me apareció al ver la foto de su contraparte real boliviana al frente del desquicio golpista reciente. Notoriamente, a millones de norteamericanos se les cruzó la misma imagen pero con Trump en épocas pre y post electorales, lo cual me llevó a pensar seriamente que tal película se está tornando peligrosamente profética…

Pero no, no es tal. Mike Judge más bien interpretó a su modo una serie de indicadores tempranos que estaban allí para quien quisiera verlos: mientras una parte del mundo trabaja para adentrarnos cada vez más en el Siglo XXI, los mismos retrógrados de siempre hacen lo imposible por retroceder al Siglo XII.

Tal es así que las grandes mentes científicas de nuestra era están supeditadas a los vaivenes del mercado financiero y son pocos los que logran dedicarse a estudiar problemas complejos que no necesariamente impliquen rédito económico pero son imprescindibles para mejorar problemáticas sanitarias. La medicina es hoy otro bien más de mercado. Todo aquello que no arroje cuantiosas ganancias sencillamente se descarta, por cuanto la ciencia de la salud ya no ofrece soluciones acordes al campo humano al hallarse vaciada de su propio sentido.

Un futuro cuasi distópico

Seguimos en el campo alegórico para enlazar realidades complejas con representaciones televisivas fácilmente reconocibles: la serie Westworld, cuya última temporada concluyó recientemente, nos muestra un futuro donde ya se han plasmado ideas vanguardistas interesantes del presente: viviendas y ciudades auto sustentables y ecológicamente amigables, aire limpio, espacios verdes por todos lados, etc. Paradójicamente, el aspecto material es el único avance en la especie ya que todo sigue igual en términos evolutivos. Sólo que en este futuro distópico la Idiocracia sí lo hizo, alcanzando niveles estratosféricos.

Tanto en esta serie como en otras de similar envergadura (ambiciosas en contenido y emplazadas en el futuro, como Star Trek), se parte de la premisa de cambio tras una guerra catastrófica, tras la cual los humanos “aprendieron” y se reorganizaron en forma solidaria y colaborativa, dando así lugar al Estado de Bienestar para toda la humanidad. En ninguna se plantea el avance evolutivo en la especie ni el absurdo de tal razonamiento, como establecimos más arriba. Muy por el contrario, tales cambios sólo se antojan externos y tecnológico-dependientes, cuando no imposibles por mera vía de la propia evolución humana.

En todas las épocas hemos visualizado un futuro con mejoras tecnológicas que arropan los cuerpos, haciéndolos mejores personas por una suerte de propiedad transitiva, pero albergando al mismo Ser Humano de hace diez mil años, con los mismos temores, las mismas mecánicas, el mismo nivel interno.

En esta época extraña de pandemia y encierro, de miedo e incertidumbre, seguimos buscando en el afuera, en el mundo externo, las respuestas y las guías de nuestros propios laberintos internos. Como hemos hecho históricamente, seguimos cargando al otro de la responsabilidad por nuestra propia vida. Ya sea Dios, un Rey, un Gobierno, un Estado, un Líder ó un arrojado héroe bondadoso, sabio y firme en la acción, depositamos en otros el curso de nuestro propio destino y reclamamos cuando los resultados no son los que esperamos, cuales niños de jardín de infantes que chillan por un juguete que no le es dado a su antojo.

Tal proyección hacemos también al visualizar el futuro: dependiente de objetos externos tecnológicamente avanzados para dar solución a nuestra vida, conflictos internos y sufrimiento incluidos.

«Qué mal estamos, cuando nuestra mirada externa no es sino proyección ignorada de la interna»

Así las cosas, el invierno se aproxima al mundo del Oeste. Con caminantes blancos y cuasi zombis del mundo real encarnados en adalides de la Idiocracia a pleno y sus seguidores-títere, dejando a su paso tendales de muertos, tumbas colectivas, abandono, miseria generalizada y todo el horror que desencadena en el mundo medio la infinita contradicción de un sistema inhumano, involutivo, cuya raíz violenta y destructiva se encamina directamente hacia el abismo disolutorio.

Difícilmente esta dirección cambie en manos de tales esperpentos. Muy por el contrario, podemos ver que sus reacciones en medio de la pandemia por la COVID-19 se orientan desesperadamente a la obtención de mayores ganancias aprovechando la situación angustiante de millones de seres humanos. No han ni habrán de aprender absolutamente nada, ni aún cayendo bajo los efectos del virus (caso Boris Johnson). Como desarrollamos en un anterior artículo: su respuesta violenta es mucho más peligrosa, máxime considerando el impacto que sus decisiones tienen en la mayoría de la población.

Está en cada uno de nosotros, pues, la tarea de encaminar el futuro hacia la coherencia y la evolución, avanzando en nuestro camino interno e impregnando a la vez nuestro medio inmediato de luz, sentido y coherencia.

Madurar, dejar de ser niños chillones que sólo apelan a la queja catártica y comenzar a construir con otros un futuro pleno de sentido, antagónico a la cáscara vacía de los futuros de ciencia-ficción que hemos plasmado hasta ahora en nuestro imaginario colectivo. Sólo así lograremos forjar un futuro realmente próspero y luminoso para todos que no dependa de héroes idealizados ni gobiernos azarosos.

Winter is coming: frase acuñada en la aclamada serie Juego de Tronos (Game of Thrones) inspirada a su vez en la serie de novelas Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin.

Westworld: serie de televisión de ciencia ficción distópica creada por Jonathan Nolan y Lisa Joy, basada en la película homónima de 1973 escrita y dirigida por Michael Crichton.

Vanina Santarceri

Pressenza IPA

Créditos a la foto de cabecera: Imagen de Andre Benz en Unsplash

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