El laberinto digital, información y contenidos en tiempo de exceso

La «Nueva Normalidad» que ahora comienza no va a distar mucho de la antigua en un aspecto. La humanidad va a pasar la mayor parte de su tiempo consciente con la cara metida en el smartphone/tablet/ordenador de turno, voluntaria u obligatoriamente, eso sí, en función de las circunstancias, necesidades u obsesiones de cada individuo.

Por tanto, en una época en la que el bombardeo de contenidos, estímulos y mensajes es constante en nuestro entorno y nuestra vida cotidiana, conviene tener en cuenta cómo funciona el flujo de información que recibimos, al igual que  vigilar de qué manera y dónde circula.

En otras palabras, es vital que seamos capaces de destilar lo que es información veraz de lo que es valoración, propaganda, análisis, publicidad, rumor o simple opinión.

Primeramente, descartemos de este análisis los contenidos de carácter artístico. Hoy día fotografía, literatura, música y diseño proliferan como nunca antes. Todo el mundo es un artista en potencia y se expresa como tal, con la amplia disponibilidad que ofrece hoy la banda ancha y el desarrollo e influencia de las redes sociales. Conviene por tanto que cada uno asigne el valor y la importancia que considere oportuno a cada comunicación y contenido de esta índole, tanto profesional como amateur.

Es vital que seamos capaces de destilar lo que es información veraz de lo que es valoración, propaganda, análisis, publicidad, rumor o simple opinión

Centrémonos por tanto en lo primordial respecto a lo que encontramos en los medios de comunicación social. Evidentemente, los anuncios y la publicidad, de cualquier tipo, no suponen información. Tan solo son segmentación de mercado y presentación de bienes y productos de consumo. Es algo que está claro para todo el mundo. Pero no nos llamemos tampoco a engaño: los editoriales, aunque provengan de personas de prestigio y puedan aportar un enfoque nuevo, no son información. Las tertulias televisivas y radiofónicas, por más que desmenucen y desgranen contenidos, no son información. Los debates, incluso si se alejan de la propaganda política o ideológica, no son información. Y las columnas de opinión, aunque supongan un agudo análisis, no son tampoco  información. Estas prácticas periodísticas disertan, conceptualizan y filosofan sobre conceptos informativos de los que previamente se nutren.

¿Dónde está entonces la información? ¿Dónde la encontramos? ¿Cómo la identificamos y, sobre todo, cómo deberíamos tratarla y consumirla?

Lo primero y más importante es tener en cuenta que la información está siempre en los datos, en los números, en las cifras.

Las estadísticas (atención, no confundirlas con los sondeos ni las encuestas, tan en boga hoy día) explican y representan, mediante modelos, diagramas y cifras cuantificables, la realidad; son creíbles y son difíciles de enmascarar, sobre todo aquellas en las que tras un número hay un individuo. Por eso son muchas veces evitadas u ofrecidas de manera incompleta o sesgada en los medios, y normalmente no suelen ser públicas. Los datos cuantificables siempre son fuente de información pura y son, por tanto, confiables. Pero en este punto, cuidado: se pueden manipular y, por eso, conviene nutrirse de los datos en bruto y los resultados objetivos, no de la interpretación de los mismos.

La información se encuentra también en las noticias, que son los hechos, aquello que está ocurriendo ahora, es inminente o ya ha sucedido.

La llegada y utilización de los medios digitales freelance, las redes sociales, los blogs temáticos especializados y los grupos de mensajería instantánea de temas específicos han eliminado en muchos casos todo rigor y filtro en el tratamiento y difusión de información veraz

Pero de nuevo, conviene saber distinguir cómo funciona el tratamiento de la mismas en los medios que las difunden y la orientación que éstos dan al mensaje, que puede desvirtuar el contenido de una noticia pura, un hecho objetivo, hasta profanarlo o convertirlo torticeramente en lo que no es. Conviene pues quedarse con el suceso, en esencia, conocer estrictamente lo acontecido, y no prestar solo atención a la valoración, al titular y/o encabezados o entradillas.

También es primordial ser consciente del canal en el que consumimos la información. La llegada y utilización de los medios digitales freelance, las redes sociales, los blogs temáticos especializados y los grupos de mensajería instantánea de temas específicos han eliminado en muchos casos todo rigor y filtro en el tratamiento y difusión de información veraz. Es por eso que cualquier noticia, mensaje o comunicación que recibamos por estos canales debe evitarse como principal medio de información, sin antes contrastar dicho contenido por varias otras vías.

Se considera a las nuevas tecnologías como responsables de las «Fake News» de las que tanto oímos hablar hoy día, y la realidad es que su difusión y consolidación se deben principalmente a que nosotros mismos eliminamos uno de los elementos primordiales en la fórmula del flujo de la información, contrastar la noticia. Muchas veces la notica no viene de fuentes fidedignas o no hay tratamiento, verificación y análisis de la misma, lo cual puede convertir su contenido en mero rumor, bulo o simple chisme sin aparente credibilidad.

Como norma general, apliquemos siempre la ciencia cuando sea posible. Einstein decía que «lo más importante es no dejar nunca de hacerse preguntas». Esa premisa también es aplicable al consumo de la información.

De esa manera, inmersos en la selva de contenidos multicanal que nos envuelve, seremos capaces de adquirir y discriminar eficazmente la información que necesitamos, siempre de manera precisa y útil.

Hagamos lo posible para que el tiempo que pasamos diariamente con la cara pegada a tanta pantalla sea siempre de provecho.



David Bazo

Pressenza IPA

Créditos a la foto de cabecera: Imagen de fancycrave1 en Pixabay

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