Lengua con Signos

Hasta los alrededores del siglo X, la música no adoptó un lenguaje codificado para poder transmitirse. No es que antes no fuera transmisible, pero la absoluta dependencia del modo puramente oral, obligó a los clérigos y sacerdotes, principales impulsores de himnos y ritos, a adoptar un sistema que, de algún modo, fijara los elementos fundamentales del contenido de la pieza.

Hasta ese momento, todo rigor posible consistía en fijar signos que indicaban las alturas relativas entre los sonidos que debían interpretarse y símbolos que sugerían las distintas duraciones de cada neuma. Por eso los estudiosos de la historia de la música antigua lo tienen realmente difícil, porque hay que especular mucho para poder llegar a alguna conclusión coherente.

Al desembocar en una representación codificada, como todo lenguaje, inyectó en el manejo de las músicas más cultas, un carácter de exclusividad oligárquica que, desde entonces, fracturó en diferentes géneros lo que antes permanecía envuelto en una suerte de inspiración más cercana a la pura creatividad de la gente.

Paulatinamente, a través de los pocos siglos que se sucedieron hasta el Renacimiento, se consolidó una utilización elitista y, por decirlo de algún modo, profesional, de la música. En paralelo, la expresión genuinamente popular se mantuvo en actos fundamentalmente de diversión o disfrute, entremeses, obras teatrales representadas en los festejos locales, etc.

Aprovechando el carácter tecnicista del lenguaje creado, la música que llamaríamos “cultivada” emprendió su desarrollo principal merced a los clérigos y escribientes de abadías y monasterios. Ese fenómeno vino a desembocar en la expresión propia de las diferentes facciones que se fueron decantando entre las diversas órdenes religiosas y políticas que sacudieron los reinos y abadías a partir del siglo XII. Un formidable ejemplo de ello lo constituyen los diversos códices que fueron encontrados en distintas de éstas, como la de Montserrat, o el llamado “Carmina Burana” hallado en Alemania. En estos códices, tanto se exalta el sentimiento religioso y místico, como la profunda rabia producida por la flagrante injusticia a que el pueblo era sometido, consecuencia de corruptelas y mentiras de los poderosos. Esas creaciones eran compartidas con la población general, en un intento de ganarse el apoyo y la popularidad de sus visiones del mundo.

De algún modo, podríamos asegurar que la música, en esos últimos siglos de la Edad Media y, en tanto se preparaba otro ámbito de presencia, como fuera el Renacimiento, constituía una poderosa munición empleada en las luchas de poder, frecuentemente fratricidas, que se sucedían sin tregua.

Al convertirse en un lenguaje y, por tanto, un código, fue apartada en su desarrollo de la creatividad popular que, meramente, habría de contentarse con disfrutarla, siempre que tuviera acceso a su representación, cosa que tampoco era muy frecuente.

En ese punto destaca, como un fascinante baluarte de la historia, la aportación del rey Alfonso X el Sabio, gracias a la creación de las llamadas “cantigas”, en las que las loas a los símbolos de la religión católica toman el protagonismo del mensaje.

Llegamos al Renacimiento, en donde la música, sin abandonar su tracto hacia la espiritualidad, que continuará conservando en todas las épocas, toma un nuevo rumbo y asume la condición de arte. El propósito de la expresión musical ya no es conducir al oyente por el camino del correspondiente rito y acompañar la expresión del ánimo popular, sino que crea una forma artística, con lo que ello conlleva de elaboración y codificación, más allá de lo inmediato.

Nace el género operístico, en la figura del italiano Claudio Monteverdi quien aúna la tradición de emplear ciertas piezas en el acompañamiento de obras literarias como entremeses y autos sacramentales, en una trama u obra propia, esta vez, ya compuesta indisolublemente por música y texto. A partir de ese momento histórico, nacerán los diferentes géneros musicales y los estilos caracterizadores de cada época del arte universal.



Fernando Fernández Fuentes
Fundador de la facultad de Ciencias de la Información del País Vasco

Pressenza IPA

Créditos a la foto de cabecera: Imagen de Arcaion en Pixabay

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