Inconsciencia de clase

“La ultraderecha española ha añadido a su repertorio tradicional de ruido de sables, el ruido de cacerolas, que consigue mantener una tradición arraigada en muchos de sus apellidos, en la lucha contra los gobiernos democráticos a base de golpes”, escribe el autor.

Nadie podía imaginar que, cuando el grupo de pop Carolina Durante cantaba Todos mis amigos se llaman Cayetano, iban a ser los autores intelectuales de una letra premonitoria de una rebelión pija en plena pandemia mundial.

Estamos en pleno pico de unas protestas que son inversamente proporcionales a la curva de contagiados. Cuanto más decrece la curva de contagiados y fallecidos, más aumenta, en la misma proporción, la curva de la agitación callejera.

Muchos medios conservadores, que ahora copan sus portadas con estas manifestaciones minoritarias, en el pasado se han apresurado para etiquetar de ‘kale borroka’ cualquier protesta ciudadana que amenazara, según ellos, las instituciones. Usando esa misma estrategia, creé el hashtag #CayeBorroka, que se convirtió en viral, gracias a la maravillosa gente de twitter, y del que se hizo eco en un artículo el medio inglés ‘The Guardian‘ definiéndolo como «a pun on the posh boy´s name Cayetano and kale borroka», es decir, «un juego de palabras con el nombre pijo Cayetano y kale borroka».

Una lucha callejera que comenzó hace semanas con las caceroladas, que ya habían sido usadas por muchos de los exiliados millonarios de la “Little Venezuela”chupito, que viven en el barrio de Salamanca.

La ultraderecha española ha añadido a su repertorio tradicional de ruido de sables, el ruido de cacerolas, que consigue mantener una tradición arraigada en muchos de sus apellidos, en la lucha contra los gobiernos democráticos a base de golpes.

Si se mantienen durante los años que quedan aún de legislatura, podemos prever un aumento en las clínicas privadas de una nueva dolencia, por exceso de uso de la muñeca al golpear la cacerola, al estilo del ‘codo de tenista”’pero que podríamos denominar como ‘muñeca de rentista’.

Poco se dice, pero las caceroladas son una apropiación cultural que, curiosamente, empezó como protesta contra una monarquía, la de Luis Felipe I de Francia, en 1820. 

Una forma de protesta que, siglos después, utilizaron las clases acomodadas en Sudamérica para luchar contra los gobiernos de Salvador Allende en Chile y Hugo Chávez en Venezuelachupito, y que tan bien reflejó el grupo Quilapayún en una de sus canciones: “La derecha tiene dos ollitas, una chiquitita, otra grandecita. La chiquitita se la acaba de comprar, ésa la usa tan sólo pa’ golpear”

El único I+D español que parecía haber creado esta Cayeborroka era usar palos de golf para golpear señales de tráfico, pero resultaron ser vulgares escobas, algo incluso más impensable en manos de estos milloneuristas con ascensor de servicio.

Aunque la imagen jesusgiliana de un protestante, ocupando los dos asientos traseros de su Mercedes descapotable, pidiendo la dimisión del gobierno con un megáfono, mientras conducía su chófer, ha dejado el listón muy alto. 

Ni a Berlanga y Azcona juntos se les hubiera ocurrido mejor retrato de estos patriotas de pandereta y cacerola.

Eso sí, siempre enfundados en su bandera de España, para que cuando los vídeos se viralicen fuera de nuestro país se pueda ver a primera vista que los que están haciendo el ridículo son muy españoles y mucho españoles.

Esta BorjaMarea se va extendiendo a otros barrios pudientes, ante la pasividad de los cuerpos de seguridad, que actuaron con contundencia cuando otra marea, la Marea Blanca, luchaba por la Sanidad Pública de todos o cuando se incumple el estado de alarma en barrios con menos renta per cápita.

Es bien sabido que la actuación policial va por barrios.

Cuando todo el mundo está confinado en sus casas, sin distinción de raza, credo, sexo o posición social, ¿Para qué queremos tanto dinero ganado con el sudor de otras frentes si no puedes malgastarlo, enseñarlo, restregarlo? ¿Qué nos distingue entonces de la gente normal? ¿Cómo podemos dejar clara nuestra superioridad patrimonial, que no moral? 

Nadie podía prever que estos Cayetaners un día emularían el discurso de William Wallace que popularizó la película ‘Braveheart’:

“Nos podrán quitar las tiendas de marca, nos podrán cerrar el Club de Golf, las tiendas gourmet, los brunchs, pero lo que jamás nos podrán quitar será la libertad…Para contagiar”.

Podríamos denominar a estas protestas como inconsciencia de clase

Quieren dejar tan clara su posición social, que no les importa arriesgar su salud ni la de los demás con tal de poder demostrarlo.

Unos suicidas víricos, que han sustituido el chaleco explosivo por el fachaleco y a los que no les importa inmolarse, y con ellos a todos los que estén a unos metros alrededor, para conseguir sus objetivos, suponemos que al grito de “Pachá es grande”.



Javier Durán

La Marea

Créditos a la foto de cabecera: Una de las manifestantes del barrio de Salamanca, en Madrid. / Imagen de Eduardo Robaina

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