Conspiraciones y coronavirus, una amenaza antidemocrática

Las conspiraciones tienen esa mística de lo invisible y de algún modo representan una falsa confirmación de superioridad, la del individuo que cree poder interpretar los mensajes que permanecen ocultos al resto y que, a él o a ella, le revelan cómo es la auténtica realidad.

Los demócratas están politizando el coronavirus, decía Trump a finales de febrero durante un mitin en Carolina del Sur. Pocos minutos después, sobre el estrado y rodeado de pancartas en las que se leía “Latinos por Trump” o el famoso “Keep America Great” —que ha evolucionado del antiguo lema “Hacer América Grande Otra Vez” con el que ganó en 2016— pronunció una palabra concreta: “hoax”. Farsa o mentira en español.

El coronavirus según Trump era una invención, una conspiración prefabricada por sus rivales políticos con un único objetivo: Arrebatarle la reelección en 2020. Las conspiraciones se le dan bien al presidente, y esta no es la primera ni, me temo, será la última que promueva. Entre sus favoritas se encuentran algunas como la que cuestiona la nacionalidad del Ex presidente Barack Obama o la del “Virus Chino” creado en un laboratorio de Wuhan. Esa es la más reciente de todas y ya ha causado agresiones a la comunidad asiática en ciudades como Seattle o Nueva York.

La tendencia que el presidente estadounidense tiene a crear y a creer en teorías inverósimiles —y ridículas— es compartida por muchos de sus compatriotas. Para entender esto tenemos que echar la vista al pasado, a los cimientos fundacionales de un país cuyo alma está confeccionada, en parte, por el influjo de complots, conspiraciones y bulos.

La tendencia que el presidente estadounidense tiene a crear y a creer en teorías inverósimiles —y ridículas— es compartida por muchos de sus compatriotas. Para entender esto tenemos que echar la vista al pasado

El país que conocemos como Estados Unidos tiene una historia breve que se remonta al Siglo XVII, a la creación por parte del imperio británico de Las Trece Colonias, una región en lo que hoy es el este del país. En las colonias la producción, el comercio y los impuestos estaban regulados por las leyes que llegaban del viejo continente. Esas “ataduras” fueron precisamente las que desencadenaron un cambio en la forma en que los colonos percibían el control británico. Un cambio que fue impulsado de una forma muy peculiar, mediante una farsa elaborada por uno de los padres fundadores de Estados Unidos; Samuel Adams. Según Adams todo parecía indicar que los planes del imperio británico pasaban por expoliar los recursos de las colonias y convertir a sus habitantes en esclavos de la corona.

A pesar de la falta de veracidad, la conspiración consiguió filtrarse por las grietas que el imperio británico había ido abriendo gracias a la mano dura aplicada sobre los colonos. La escasa libertad económica y el sentimiento de dependencia que tenían del imperio dotó de sentido a la teoría esclavista de Adams y los colonos terminaron impregnados de ella. Pero lo que verdaderamente hizo que la mentira se expandiese fue el miedo. El terror ante la posibilidad de verse sometidos —al igual que los siervos africanos que ellos mismos maltrataban— fue lo que verdaderamente causó pánico entre la población.

Las conspiraciones se extienden como un veneno que corroe todo fragmento de pensamiento racional. Tienen esa mística de lo invisible y, de algún modo representan una falsa confirmación de superioridad, la del individuo que cree poder interpretar los mensajes que permanecen ocultos al resto y que, a él o a ella, le revelan cómo es la auténtica realidad. Desde que llegué a Estados Unidos me he visto inundado por un incesante flujo de complots y conjuras ciertamente intoxicantes. Las conspiraciones tienen un atractivo que, si te descuidas, engancha.

En las últimas semanas amigas y conocidos de este país no han dejado de hablarme de los rumores que giran entorno al origen de la enfermedad covid-19, el más sorprendente uno sobre la tecnología 5G. Al parecer, según los afines a esta teoría, las frecuencias emitidas por el 5G debilitan el sistema inmunitario dejándolo tan débil que un simple virus que normalmente tan sólo causaría un catarro, termina produciendo un fallo respiratorio mortal. Tienen razón en lo último pero no en lo fundamental, el 5G no afecta a la salud o al menos no está comprobado. Las conspiraciones juegan con eso mismo: mezclan verdad y mentira en un cóctel perfecto.

Un estudio de la universidad de Chicago publicado en el año 2014 revelaba que la mitad de los estadounidenses, más de 150 millones de personas, creen en algún tipo de teoría de la conspiración

El mercado de las conspiraciones no es pequeño en este país y a pesar de lo descabelladas que puedan parecer algunas teorías, su adhesión a la psique de los estadounidenses es posible. Un estudio de la universidad de Chicago publicado en el año 2014 revelaba que la mitad de los estadounidenses, más de 150 millones de personas, creen en algún tipo de teoría de la conspiración. Este caldo de cultivo explica en parte algunos acontecimientos que han tenido lugar en el país, como por ejemplo la elección de Donald Trump. Un periodo durante el cual las conspiraciones y las mentiras florecieron promovidas incluso por el propio Trump, entonces candidato, que se encargó de sembrar dudas sobre la campaña de Ted Cruz, uno de sus rivales en las primarias republicanas insinuando una conexión —falsa— entre el asesino de John F. Kennedy y el padre de Cruz.

Pero seamos justos, el presidente no es el único que se encarga de dar pábulo a teorías imposibles —el actor Woody Harrelson parece dar crédito a la teoría del 5G. Todos hemos oído hablar alguna vez de los famosos Iluminati, del falso aterrizaje en la luna y de la nueva vida de Elvis, junto a Michael Jackson probablemente, en un rancho perdido de la geografía estadounidense.

Las conspiraciones son absorbidas de manera estoica. Es casi imposible usar datos para hacer entrar en razón a alguien que cree en ellas porque incluso los números “son manipulables en función de tu agenda”, como me dijo un votante republicano de Richmond (Virginia) durante las pasadas primarias demócratas. Precisamente, esas elecciones han acabado con la nominación de Joe Biden como el candidato para enfrentarse a Trump en 2020.

Un candidato que tras las acusaciones de acoso sexual de este pasado mes de abril también está siendo el centro de todo tipo de bulos y conspiraciones que parten de la premisa de que los demócratas no se pueden permitir un candidato acusado de acoso —ningún partido debería— y, en consecuencia, ya estarían buscando acabar con su candidatura.

Curiosamente, las teorías infundadas que giran en torno a este tema dicen que en vez de elegir a su contrincante y segundo candidato más votado en las primarias —el socialista Bernie Sanders— los demócratas van a sustituir a Biden o bien por el gobernador de Nueva York Andrew Cuomo, que ante los rumores ya ha dicho que no se presentaría, o por una candidatura conjunta de Hillary Clinton como presidenta y Obama como vicepresidente. Demencial.

En un país con una cultura del complot tan rica, las farsas se propagan a una velocidad absurda. Ayer mismo en Washington DC un conocido me contó que sus compañeros de trabajo piensan que el virus ha sido creado en un laboratorio de China con intenciones de comenzar una guerra bacteriológica y en el chat que comparte con sus colegas de profesión se podían leer mensajes como “we should nuke them” (“deberíamos tirarles una bomba atómica”) en referencia a China, que para algunos ha llevado a cabo un acto de guerra. Esta idea sobre el dudoso origen del virus es compartida por el treinta por ciento de los estadounidenses y también por el secretario de defensa de Estados Unidos Mike Pompeo, que piensa que el coronavirus fue diseñado artificialmente —lo que hace esta mentira más peligrosa aún si cabe al institucionalizarla.

Durante la pandemia el mundo entero esta asistiendo a un resurgimiento de los bulos y de las conspiraciones de rápido consumo. Algo que nos ha llevado a estar más polarizados que nunca

Durante la pandemia el mundo entero esta asistiendo a un resurgimiento de los bulos y de las conspiraciones de rápido consumo. Algo que no es nuevo por otra parte y que, consecuentemente, nos ha llevado a estar más polarizados que nunca. No podemos subestimar la virtud caótica y la capacidad de incitar a la violencia que tienen las conspiraciones, y si lo hacemos estaremos cayendo en su trampa.

La única manera de confrontar a los que enarbolan la bandera de las conjuras es con empatía —los voceros de las mentiras son la punta de lanza de un sistema complejo y elaborado con una clara intencionalidad política. Recordemos que no son los culpables de promover mentiras, son víctimas de la manipulación —ya que por desgracia los hechos y la ciencia no son suficientes para apagar la llama que alimenta las conspiraciones y el riesgo de confrontación violenta es demasiado elevado.

Estados Unidos tiene en su ADN la tendencia a creer en ellas. La Masacre de Boston de 1770 fue el estallido social que prendió la mecha para que cinco años después comenzara la guerra de independencia. Esa guerra acabaría con miles de muertos y con la creación de un nuevo país. Por eso las conspiraciones no son ideas divertidas o extravagantes, tienen consecuencias políticas graves e incluso históricas ¿Recordáis que fue lo que engendró el sentimiento de independencia en los colonos de las Trece Colonias? Efectivamente, la conspiración esclavista de Samuel Adams.

Debemos aprender de la historia de Estados Unidos y darnos cuenta de que las conspiraciones no son inofensivas ocurrencias si no un arma que puede usarse en contra del orden lógico establecido. En este caso, contra la democracia.



Ignacio F. Vázquez

El Salto

Créditos a la foto de cabecera: Donald Trump. / Foto de Brian Copeland

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