La libertad y el privilegio

El autor reflexiona sobre la libertad a partir de esta pregunta: “¿Ridiculizamos a los manifestantes del Barrio de Salamanca solo porque son de derechas?”.

En estos días extraños surgen imágenes que nos hacen detener lo que estuviésemos haciendo y volver a mirar: jabalíes caminando por la avenida de una gran ciudad; una sucesión de pequeños invernaderos de cristal que en realidad son habitáculos de un restaurante en los que no más de tres personas cenan aisladas del resto; aeropuertos vacíos; fotografías aéreas de enterramientos masivos en una isla de Nueva York; unidades de soldados con mascarilla patrullando las calles; un grupo de manifestantes clamando por la libertad en uno de los barrios más ricos de España.

En Europa occidental, donde los únicos regímenes dictatoriales y autoritarios que ha habido eran y son de derechas, reclamar libertad siempre ha parecido de izquierdas. Para tu libertad sangro, lucho, pervivo… Y tu nombre, libertad, / lo abaratan poco a poco, mi amor… Die Gedanken sind frei… Ma liberté / longtemps je t’ai gardée… La libertad de pensamiento, la libertad de reunión y manifestación, la libertad de orientación sexual, de religión, de expresión, divorcio y aborto libres. Europa ha crecido, y se ha roto a veces en ese proceso, en la tensión entre los derechos limitados por la tradición y por el poder político, económico y religioso, y la aspiración a obtener nuevos derechos que parecían esenciales a buena parte de los ciudadanos.

Y sin embargo no es tan insólito que en el Barrio de Salamanca, una zona con alto nivel de vida y votante tradicional de la derecha y de la extrema derecha, los vecinos se manifiesten exigiendo libertad, envueltos en banderas. Hace ya mucho que esa palabra y su adjetivo son parte del vocabulario esencial de la derecha supuestamente liberal, aunque casi siempre se entone más en el ámbito económico que en el político.

La izquierda solo sabe prohibir, hemos oído más de una vez en boca de políticos de derechas: quieren acabar con las casas de apuestas, prohíben fumar en lo espacios públicos, circular en coche por el centro de las ciudades, las misas en la televisión pública, la libre elección del colegio por parte de los padres, la libertad empresarial de contratar y despedir, y ahora, con la excusa de un virus, prohíben salir de casa, desplazarse de una provincia a otra, trabajar libremente. El Estado, ese leviatán socialcomunista, aparece como un opresor contra el que hay que rebelarse, y no son pocas las voces que se han alzado últimamente para llamar al golpe de Estado. Al fin y al cabo, Santo Tomás justificaba el tiranicidio.

No parece haber en el corazón de estos libertadores patrios ningún espacio para la perplejidad ante una contradicción evidente: que los partidos a los que votan defienden limitar un gran número de libertades y derechos. Es verdad que todos, yo también, tenemos nuestra propia jerarquía a la hora de decidir qué libertades y qué derechos nos importan y cuáles menos, como también nos rebelamos más ante unas injusticias que otras. Por poner un ejemplo: quizá debería haberme indignado por el atentado contra el derecho a la intimidad que suponía la filtración de fotos de Cristina Cifuentes en la oficina de seguridad de un supermercado después de cometer un hurto, pero confieso que me dejó indiferente.

Entonces, ¿es solo eso, que defendemos derechos y libertades acorde a nuestros prejuicios, nuestro rencor de clase, nuestras afinidades? Quienes hemos defendido manifestaciones y escrachesokupaciones y desobediencias civiles, ¿ridiculizamos a los manifestantes, desobedientes, desafiantes del Barrio de Salamanca solo porque son privilegiados, porque son de derechas, sin pensar un momento si están ejerciendo un derecho legítimo o si lo que reivindican tiene una justificación?

Sin duda es ese mi primer reflejo. Pero después de indignarme y de reírme me pregunto si no estoy reaccionando con profundidad de tuitero, encapsulando en una frase despectiva mi falta de reflexión.

Así que reflexiono. Y después de hacerlo dejo de reírme, pero me sigo indignando. Porque sí hay una jerarquía entre libertades, y su valor también depende del lugar desde el que se exigen. Aunque pudiese tratarse nominalmente de la misma libertad, no sería lo mismo exigir la posibilidad de salir a trabajar desde un barrio obrero que desde uno privilegiado. Pero lo más importante es que la libertad basada en la desigualdad es, casi siempre, injusta.

Lo pueden ser la libertad de contratación y despido; o el famoso libre mercado cuando unos participantes en él son vulnerables y otros poderosos –es decir, siempre–; o la libertad de alquilar un vientre. Y si faltaba algo para que me parezcan despreciables las manifestaciones de estos días en el Barrio de Salamanca, lo encuentro en quién exige tener en cuenta los intereses económicos por encima de los de la salud (oímos ahí ecos de Trump, Bolsonaro, Ayuso…); porque no lo están pidiendo aquellos cuya salud y su supervivencia depende de poder trabajar, sino quienes pretenden poner en peligro la supervivencia ajena para mantener el nivel de vida propio, a menudo a costa del trabajo y el riesgo de los demás.

Al final, decidir una jerarquía entre libertades no es tan difícil: la tendencia general debe ser concederlas todas, pero sacrificar antes las que pueden atentar contra el bien común y la vida. Justo lo contrario de lo que se empeña en hacer nuestra derecha, que defiende con furor la libertad de unos pocos (multinacionales de casas de juego, fondos de inversión que compran hospitales y residencias, comerciantes que quieren que los compradores lleguen en coche hasta las puertas de sus tiendas, etc., etc.), en lugar de pensar en la mayoría de perjudicados por esa defensa.



José Ovejero
Escritor. Algunas de sus obras son ‘La ética de la crueldad’ (Premios Anagrama, Bento Spinoza y Estado Crítico), ‘La invención del amor’ (Premio Alfaguara), ‘La comedia salvaje’ (Premio Gómez de la Serna), ‘La seducción’ y ‘Mundo extraño’.

La Marea

Créditos a la foto de cabecera: Imagen de Petr Ganaj en Pixabay

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