Ayuso: Fin de campaña (electoral)

El 1 de Mayo, día del trabajador y de la trabajadora, del sanitario y de la sanitaria que en precario perderán sus puestos como personal extra para luchar contra el covid-19, la máxima mandataria clausuraba el hospital de campaña del Ifema con un apretado festín en el que no faltaba nada, solo un pequeño detalle: las distancias de seguridad.

El #8M fue “el mayor infectódromo de Madrid”. Estas palabras, vacías de datos pero llenas de intencionado rencor, pronunciaba la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, horas antes de mostrarle al gran público lo que andaba barruntando. Ella tenía su propia convocatoria multitudinaria, pero aún no quería dar pistas. Prefería seguir cargando las tintas sobre la convocatoria feminista, chivo expiatorio del coronavirus en la región.

El 1 de Mayo, día del trabajador y de la trabajadora, del sanitario y de la sanitaria que en precario perderán sus puestos como personal extra para luchar contra el covid-19, la máxima mandataria clausuraba el hospital de campaña del IFEMA con un apretado festín que aglutinaba a miles a las puertas, entre facultativos que abucheaban y reclamaban sanidad pública, algún despistado que pedía fotos con la presi, el alcalde y compañero de partido José Luis Martínez-Almeida, consejeros y consejeras, concejales y concejalas, algunos miembros de la oposición, cinco enfermas y un food truck de fondo que vendía bocatas de calamares. No faltaba nada, solo un pequeño detalle: las distancias de seguridad, por las que clamaba durante su solemne mitin de despedida.

El hospital improvisado ha cerrado sus puertas porque “apenas hay contagios” pero “no es momento de relajarnos sino de ir preparándonos por si hubiera un repunte”, declaraba una Ayuso exultante ante unas personalidades políticas hiperrelajadas, mientras sus compañeros de partido no podían ocultar las comisuras de sus sonrisas asomándose tras las mascarillas.

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Este apoteósico final no podía darse más que en este apoteósico mastodonte, estandarte publicitario de una gestión sanitaria cuestionada por todos los frentes. “Queremos los test” gritaban los y las sanitarias, mientras Ayuso aplaudía. No sabemos muy bien si se estaba enterando de las demandas —posiblemente la mascarilla tape bocas y oídos— pero bien clarito se lo estaban diciendo.

Ayuso ha permanecido escondida —confinada por la enfermedad y por las críticas— mientras las muertes en las residencias se multiplicaban hasta superar las 5.000

La imagen de ayer no es más que el fin de una carrera contra el covid-19 en la que Ayuso ha permanecido escondida —confinada por la enfermedad y por las críticas— mientras las muertes en residencias de mayores públicas y privadas se multiplicaban hasta superar las 5.000. Mientras las UCIs y los respiradores se agotaban obligando a un personal híper recortado a aplicar criterios de selección de pacientes. Mientras los pasillos de urgencias de unos hospitales, que han visto sus camas recortadas año tras año, se veían superados por la pandemia.

Una carrera en la que la presidenta de la Comunidad solo ha hecho acto de presencia con apariciones fugaces para ir a la Almudena a llorar por las víctimas o para intentar conectarse en un fugaz pleno supuestamente zascadilleado por problemas de conexión. También para gritar alto y claro en la Asamblea de Madrid, en su única jornada presencial, que los menús de Telepizza y de Rodilla que suministra a los niños y niñas de familias vulnerables son mejores que los que suministraría Podemos, que serían “la nada” como los de “Venezuela”.

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Además su mano invisible le dio el estacazo final a las escuelas infantiles y repartió 1.000 tablets en una comunidad con más de 11.500 familias perceptoras de la Renta Mínima de Inserción (RMI).

Y así, tan rápido como llegó, se esfuma el Ifema, proyecto estrella que intentará vender para resolver la crítica situación de la sanidad pública madrileña ante la pandemia. Ayuso, impotente por su obscena desarticulación promovida por sus antecesores desde Esperanza Aguirre en adelante, quiso sacarse de la manga este talismán que se estrelló ante la contundencia de un sistema sanitario público devastado.

Más allá de lo estimulante que pueda haber sido como experiencia para algunos médicos que generosamente se prodigaron en él, este elefante blanco, improvisado, sobredimensionado y caótico, cierra sus puertas en la misma clave de marketing con que las abrió. El luctuoso balance de la Consejería de Sanidad madrileña será el toque de realidad para redactar su epitafio.



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