CRÓNICAS POR LOS CODOS

CINE POR LOS CODOS

Hola a todos!

Mi nombre es Toni, y junto a mi amigo Óscar, estamos llegando a un final algo extraño, dadas las circunstancias, de la cuarta temporada de nuestro podcast “Cine por los Codos”. Ahora, tenemos el honor de colaborar aquí en Unfollow, con crónicas variadas de este mundo del séptimo arte (por qué el séptimo?) que tanto amamos. Pero, ya que váis a usar vuestro tiempo valioso en leer lo que escribimos, digo yo que habría que presentar credenciales antes, no?

Antes de nada, sí, me paso los interrogantes inversos por el forro. Me explico. Soy guiri, de Escocia concretamente, y allí no tenemos de eso. Es más, no entiendo porqué tiene que haber. Da igual donde empiece la pregunta, digo yo! (Como veis, ídem con las exclamaciones inversas).

Tengo 43 años y, como una versión geek de Henry Hill de “Uno de los Nuestros”, desde que tengo uso de razón, siempre quise estar involucrado en el mundo del cine.

Tengo recuerdos muy vivos de mis primeros viajes a esos palacios de proyecciones. En Escocia, en mi cine local, había un viejo acomodador cascarrabias que te rompía la entrada en dos, mientras te miraba de arriba a abajo, dejando claro que solo le faltaría media excusa para echarte. Luego te acompañaba a la sala correspondiente (había 3), pero te amenazaba con cadena perpetua si se te ocurría entrar antes de empezar la sesión. Y tú te lo creías. Entonces, me pasaba media hora estudiando hasta el más mínimo detalle los carteles de los próximos estrenos, mis amados “quad” posters en horizontal, no en vertical, como el resto del mundo; cosa que nunca entendí del todo. Si esto es cine, por qué las películas no se promocionan como tal?

Mi cine local. Nótese que, y no está trucado, para el que no hable inglés, las tres películas en cartel forman un “gran, frenético polvo”.

Luego tocaba entrar, y disfrutar de ese olor a lejía y desinfectante (QUE NO SE INGIERE) y a esperar, con emoción, a esa gradual bajada de las luces y apertura de telón. Como Totó, el pequeño protagonista de mi película favorita, “Cinema Paradiso” (todo un topicazo, ya lo sé…), me encantaba mirar atrás y arriba al pequeño cuadrado de luz que prendía la cabina de proyección. En esa época, aún se podía fumar en los cines (solo en un lado), y el humo bailaba con la luz, mezclándose ambos en un cóctel que, en mi pequeño cerebro aún no formado del todo, nos iba a brindar las próximas horas de magia.

Es que te lo sabían vender!

Siempre empezaba el programa con un spot con mensaje del “gerente del cine”, dándote las gracias por venir, explicando en qué consistía el programa, mientras palabras volaban hacía nosotros como si de los títulos inciales de “Superman” se tratase (“DIVERSIÓN!” “COMODIDAD!” “RISAS!” “EMOCIÓN!”). Luego, unos anuncios locales (el del Tandoori a la vuelta a la esquina nunca faltaba), y también de productos a vender en el quiosco (perritos con pan de sésamo, Butterkist, mi perdición hasta hoy: unas palomitas cubiertas de toffee de mantequilla, y Kia-Ora, una especie de Capri-Sun con un spot cuyo racismo nuestra pequeñas mentes no apercataban). Los anuncios, de hecho, venían al principio y al final con la maravillosa cortinilla de “Pearl & Dean”, la empresa encargada de gestionar la publicidad. Al igual que con el equivalente español, ese maravilloso “Movierecord” ochentero, nunca olvidaré ese fondo azul con bloques negros y lineas trazadas en blanco volando hacía nosotros, como si fuéramos en un coche a toda leche por una métropolis en plena noche, ni esa sinfonía épica que le acompañaba (que, de hecho, fue la sintonía de nuestro podcast durante nuestras primeras temporadas).

Nuestro Movierecord británico: oír esto era entrar en un mundo de fantasía…

Tras todo eso, los trailers, y la que te había vendido la entrada se convertía en un ángel del consumo: bajaba las escaleras y se colocaba frente a la pantalla, con una bandeja colgando del cuello, vendiendo todo lo que habías visto anunciado. Agitabas a tu madre por el brazo hasta que te soltaba la pasta, e ibas corriendo a por tu tesoro. Y, como en esa época casi todos los trailers eran de Star Wars (porque lo proyectaban, o bien de estreno, re-estreno, o junta a una o dos secuelas CONSTANTEMENTE), pues recorrías los estrechos pasillos del cine como si fuese la mismísima Estrella de la Muerte, disparando con “dedos láser” a otros niños que iban a lo mismo. Y no les conocías de nada, pero como estabais todos allí, erais ya familia para siempre.

Al acabar los trailers, la amable voz “del gerente” te recordaba que convenía quedarse hasta el final del programa para ver más trailers. Y luego empezaba la película. El gran momento. El por qué de todo esto.

Y muy rara vez no te gustaba. Todo era tan emocionante, te llevaban a unos lugares tan imaginarios, que nada podía fallar. En el peor de los casos, era doble sesión, y si eras hiperactivo, como yo, aprovechabas esa, que siempre era un poco más “para mayores”, para echar una siestecilla. Ojo, cuando digo “para mayores”, no me refiero a guarradas o ultra-violencia, sino que hablaban de cosas serias y apenas sin naves espaciales. Al final del programa, los prometidos trailers extras, la voz “del gerente” dándote las gracias por venir y deseándote buen viaje a casa, todo un detalle comparado con esta era de “cinta de ganado”, como digo yo, donde entras por una puerta y te sacan por otra nada más empezar los títulos finales, porque entra la siguiente sesión. Porque claro, en los cines de barrio solo se limpiaba al final de la noche. Recuerdo llevar a mi primo a un pase de “Los Picapiedra” en Palma de Mallorca, y nos sentamos obligados todo el pase hasta las rodillas de palomitas abandonadas y cáscaras de pipa. El pueblo de Pedro y Wilma parecía más limpio.

3 en 1 !!

Si sois de mi quinta, en España recordaréis que se llevaba mucho la sesión continua, cosa que pude disfrutar cuando venía a visitar a mi familia española. Tú llegabas al cine, te daban la entrada y entrabas a la sala del tirón; a veces ni sabías cuánto llevaba la película. Si te daba por emprender la gran labor de investigación de preguntar al acomodador podías averiguarlo, y si quedaban veinte minutos pues te esperabas a que empezara la siguiente sesión. Que solo llevaba veinte? Pues pa’ dentro. El juego que más me gustaba era jugar con mis padres cuando entrábamos a una película ya empezada, al segundo pase, y hacerme el tonto para confundirles haciéndoles pensar que no habíamos visto escenas que ya habíamos visto, y así tragarnos la peli entera de nuevo. Ya cuando tuve edad de ir por mi cuenta era muy habitual que me quedara a ver una peli dos sesiones seguidas, o en el caso magistral de “Agárralo Como Puedas”, tres.

Por qué cuento todo esto? Bueno, para empezar, para advertir de que me enrollo bastante: nuestro podcast se llama “Cine por los Codos” por algo. Pero también para recordar que, al ver una película, la experiencia es lo que importa. Hoy en día hay muchos que se mueren de gusto buscando fallos de raccord, agujeros argumentales, o errores misceláneos. A veces los noto, y si me sacan de la película, los comento, pero no los busco. Lo que me importa a mí es la experiencia y, ya que empleo mi tiempo y dinero en ello, intento siempre que sea lo más positiva posible.

Y eso es un poco la idea con la que escribiré mis entradas aquí. Os traeré datos curiosos sobre películas. Intentaré evitar hablar de películas que ya habéis visto todos, porque no soy quien para cuestionar vuestro gusto. Si tenéis algún título borroso en la memoria (“cómo se llamaba esa peli con esa tía de esa serie?”) consultad, que haré lo que pueda por contestar, y con mucho gusto. Me encanta hurgar en el pasado y encontrar películas poco conocidas, pero muy válidas, para recomendaros, porque siempre es mejor descubrir algo nuevo, que el que te echen por tierra algo que has disfrutado. Nunca haré un artículo del estilo “por qué esa serie/peli que todos aman es una basura”.

Esto, en resumen, es un poco lo que pretendo conseguir con esta columna: un sitio de encuentro de amantes del cine, y espero vuestros comentarios (respetuosos!) tanto aquí como en nuestro podcast. Porque es bonito amar el cine en compañía.

Precisamente, y os dejo con esto, fue con esta filosofía que conseguí mi primer trabajo tras graduarme en la Universidad de Glasgow: fui al cine más grande de la ciudad, y les dije que me había inventado un trabajo que me podían dar. Tras dos semanas dando la lata, accedieron. Mi trabajo consistía en quedarme en la puerta y recomendar películas a los potenciales espectadores, y cuando había cola (y anda que la había, en un fin de semana podía tratar con más de tres mil personas), me ponía a contar chistes, bailar, cantar o hacerme el loco para entretener la espera.

Este trabajo me hizo celebridad local. Me llamaron para darme mi propio programa de radio hablando de cine, otro de tele, y nuestro cine se convirtió en el más rentable de Reino Unido. Se hizo una encuesta comparándonos con el otro cine de la cadena en Glasgow, y todos preferían el otro. Pero venían al nuestro. Resulta que porque “hay un tio en la puerta que nos recomienda cosas pensando en nosotros, y no en su ego. Convierte esto en una experiencia, y SIEMPRE está a la salida para darnos las gracias por venir, y desearnos buen viaje a casa”.

Así que… gracias por leer hasta aquí, y buen viaje a casa. Nos vemos en la próxima sesión.



Toni “McGinty” Rodriguez

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