Ante el colapso económico, levantar la bandera de la igualdad

La crisis está dejando una huella de desigualdad y pobreza mucho mayor que la dejada por las políticas neoliberales aplicadas en la última década, que ya fue muy importante.

Hace tan solo unos pocos días, cuando el coronavirus había irrumpido en nuestras vidas y eran evidentes las enormes consecuencias que estaba teniendo en las economías, algunas de las instituciones que se aventuran a ofrecer pronósticos apuntaban que la evolución del Producto Interior Bruto (PIB) podría seguir una trayectoria en forma de ‘V’; esto es, al retroceso del mismo le seguiría una enérgica y rápida recuperación de la actividad económica, hasta alcanzar en un corto periodo de tiempo los niveles de precrisis.

Quienes han matizado esta previsión, por considerarla excesivamente optimista, visualizan más bien una evolución de la economía en los próximos meses describiendo una ‘U’; es decir, que a la caída del PIB le sucedería un periodo de estancamiento y de lenta recuperación de la actividad económica, hasta recuperar los umbrales anteriores a la crisis.

Las instituciones que, en mi opinión, manejan previsiones más realistas, ponen sobre la mesa un panorama en forma de ‘L’, con la pata inferior de la letra con una leve inclinación positiva. Bajo este supuesto, los meses/años posteriores a la caída del PIB estarán dominados por el estancamiento o, en el mejor de los casos, por un crecimiento muy moderado y desde luego insuficiente para recuperar el nivel productivo existente antes del estallido de la crisis.

Las instituciones que, en mi opinión, manejan previsiones más realistas, ponen sobre la mesa un panorama en forma de ‘L’, con la pata inferior de la letra con una leve inclinación positiva»

Hoy me parece evidente que, de estos tres escenarios, el único que vale la pena considerar, el que más se aproxima a la realidad, es el tercero. De hecho, las actualizaciones de las previsiones que continuamente realizan las instituciones internacionales y las organizaciones especializadas sobre el rumbo que seguirá la economía mundial se sitúan cada vez más en estas coordenadas. Todo, con la debida cautela, pues hay que ser conscientes de que la situación es muy volátil y cambiante y que, de hecho, en la mayor parte de los países, la enfermedad todavía está muy lejos de haber sido controlada.

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Estamos ante las puertas de una recesión global, de dimensiones históricas. Una recesión que afectará, ya lo está haciendo, de manera desigual a los países y a la gente. España, Italia, Francia… están sufriendo la tragedia de la pandemia, pero nada será comparable al tsunami que arrasará a los países más pobres del planeta, que, con unas infraestructuras sociales y productivas muy débiles, con condiciones de salud pública claramente deficientes y asfixiados por el pago de la deuda externa, experimentarán un formidable aumento de la miseria y de la mortandad –tragedias que ya están instaladas en su mal vivir cotidiano–.

Estamos ante las puertas de una recesión global, de dimensiones históricas. Una recesión que afectará, ya lo está haciendo, de manera desigual a los países y a la gente»

Es igualmente evidente que el impacto de la enfermedad es muy diferente entre los distintos colectivos y grupos de población. En España, por ejemplo, las consecuencias son muchísimo mayores entre los trabajadores con contratos temporales y a tiempo parcial, los desempleados y los que reciben bajos salarios, entre los pobres y las personas migrantes y refugiadas, entre los autónomos y las empresas de tamaño pequeño y mediano, entre las mujeres maltratadas y las familias monoparentales, entre los que tienen menor nivel educativo y los que viven en condiciones habitacionales más precarias.

La crisis está dejando una huella de desigualdad y pobreza mucho mayor que la dejada por las políticas neoliberales aplicadas en la última década, que ya fue muy importante. Resulta intolerable que, con una fractura social de estas proporciones, los privilegios de los de arriba se mantengan intactos. No aprecio al respecto en los gobiernos que, como el nuestro, se reclaman de izquierdas, una posición clara, una exigencia de que las elites económicas contribuyan a la lucha contra la pandemia y a la reconstrucción económica y social; ni reforzar la progresividad tributaria, ni aplicar impuestos especiales a los ricos, ni grabar las transacciones financieras especulativas, ni limitar los ingresos de los ejecutivos de las corporaciones, ni prohibir el pago de dividendos a los grandes accionistas, ni recuperar el importe de los rescates bancarios… nada de nada. 

No levantar la bandera de la igualdad, la equidad y la solidaridad supondría para la izquierda perder una oportunidad histórica y abandonar la agenda política a los pies de los populismos de derechas y fascismos emergentes»

Yo me pregunto, en un escenario económico tan sombrío, si no se avanza en esta dirección, ¿cómo se hará frente a la desigualdad? ¿Cómo se fortalecerá el sector público? Hoy más que nunca, la equidad, la solidaridad, debe estar en el centro de la agenda política. Si las izquierdas no levantan con decisión esta bandera, además de haber perdido una oportunidad histórica, la dejaremos a los pies de los populismos de derechas y de los fascismos emergentes.

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Fernando Luengo

La Marea

Créditos a la foto de cabecera: Imagen de Engin Akyurt en Pixabay

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